La gestión de la sanidad gallega no pasa por su mejor momento con el nuevo hospital de Vigo en el centro de la polémica. Al dispendio que supondrá para las arcas públicas (más de 1.200 millones de euros), hay que añadir la “estafa”, expresión utilizada por los trabajadores, del Álvaro Cunqueiro. Denuncian que lo prometido por el PP en dotaciones no solo no se ha cumplido, sino que muchos de los servicios que se prestaban en los centros desmantelados se han visto mermados. Es la consecuencia, denuncia la plantilla, del modelo público-privado.

Imagen del hall situado en la entrada principal.



La hasta este domingo conselleira de Sanidad, Rocío Mosquera, es, junto al presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, la gran valedora de este tipo de gestión. En julio de este año, en Santander, insistió en una idea que ya había anunciado como gerente del SERGAS, Servicio Galego de Saúde. “La sanidad pública” tiene un coste “social y económico imposible de asumir”, salvo que se adopte alguna “medida correctora” ¿Se refería entonces -2011 y hace 3 meses- a la gestión público-privada?

¿Hospital 100% público?
Mosquera siempre se ha sentido a gusto en medio de la polémica. Sin ir más lejos, la semana pasada los trabajadores anunciaron más paros contra la privatización; ella insistió en que el tiempo “demostrará” que el hospital “es 100 por cien público”. Tras su destitución y con las cifras en la mano, la afirmación parece temeraria, sobre todo si tenemos en cuenta el modelo por el que se rige.

No obstante, si esto es así, resultan curiosas las dotaciones no médicas que la empresa gestora ha incorporado al Álvaro Cunqueiro. Responden a todo menos a necesidades reales con un coste que se antoja superfluo.

Tres de los murales que decoran algunas de las salas de espera.



Entrada principal que no es
Lo primero que llama la atención es la recepción. Muy amplia pero poco utilizada. Su conexión con el parking subterráneo es complicada. La mayoría de los usuarios acceden a través de las consultas externas, entrada más pequeña y de mayor accesibilidad. En ella se encuentra una de las tres cafeterías existentes (hay dos para el público y una para el personal) muy similares a las de un aeropuerto y con precios que nada tienen que ver con los que se pagan en otros hospitales.

Imagen de uno de los jardines zen y de la tv de los ascensores.



Grandes murales
Destacan también las salas de espera, varias en cada una de las plantas. Dominadas por grandes murales propios de otro tipo de recintos, cuentan con sillones en los que el diseño está reñido con la comodidad. Del mismo modo, entre las pasarelas que se reparten a lo largo de cada altura, el usuario puede disfrutar de la visión panorámica de una serie de jardines estilo zen cuya utilidad, con seguridad, se contrapone a su coste.

Multimedia pero sin cobertura
Las nuevas tecnologías están muy presentes en todo el recinto, tal y como se vendió antes de su apertura. Los ascensores disponen de una pantalla de tv en la que, además de informar del piso en que uno se encuentra, se muestran las noticias del día. Una curiosidad (suponemos que cara) teniendo en cuentra que los trayectos duran entre 10 y 15 segundos de media. Las habitaciones están dotadas de televisiones multimedia con grandes brazos para que el paciente, además de entretenerse, pueda conectarse a internet... a precios nada baratos. A pesar de todo este 'despliegue' tecnológico, en el Álvaro Cunqueiro la cobertura de telefonía móvil es más que deficiente.



Grifería “de la cara”
Otro detalle que, con seguridad, no ha salido barato se encuentra en la zona menos noble de todo el hospital: los servicios. Cuando uno entra en ellos, además de por la amplitud, se ve sorprendido por la marca que ilustra tanto la grifería, como los urinarios y lavabos; nada más y nada menos que Porcelanosa, una de las empresas más prestigiosas y costosas del sector. Las pocas personas que han caído en este detalle utilizan para identificarlo dos palabras: caro y Preysler.

Imagen dañada
La imagen de Núñez Feijóo se ha visto muy tocada con todo lo que rodea al Álvaro Cunqueiro, de ahí la destitución de Rocío Mosquera, una operación de maquillaje bien orquestada, por estar escondida tras una remodelación de Gobierno, pero mal gestionada. Es evidente que la herida abierta con los habitantes de la ciudad más grande de Galicia (y otras como Pontevedra cuyos vecinos también tienen que desplazarse a Vigo para algunos tratamientos) a propósito de esta materia está lejos de cicatrizar.



Aquella insostenibilidad de la sanidad pública a la que aludía la ex conselleira -con el permiso del presidente gallego- no debe ser consecuencia de este tipo de dotaciones superfluas. Sin duda alguna, sus afirmaciones se refieren a lo que tiene que ser un uso adecuado del dinero público, algo que, sin embargo, se da de bruces contra el camión instalado en el exterior del hospital de Vigo. No es para extracciones de sangre. Es el lugar donde se realizan algunas pruebas radiológicas.