El servilismo a Washington y sus tensiones y purgas internas han penalizado electoralmente a un Vox al que se le ha pinchado el suflé en Castilla y León. La ultraderecha llegaba a estas votaciones con las expectativas muy altas, en situación de hipertrofia tras los grandes resultados obtenidos en Extremadura y Aragón, donde aumentaron significativamente su poder parlamentario. No ha sido así en Castilla y León, donde han mejorado, sí, pero tan solo un procurador más con respecto a 2022, con 14, y por debajo de los entre 16 y 19 que les otorgaban algunas encuestas.

El centralismo es el rasgo más diferencial de la estructura interna de Vox. La fidelidad y afinidad a su líder, Santiago Abascal, es crucial para cualquier dirigente que quiera prosperar en la formación, y aún con esas, el líder ultraderechista se ha empeñado, durante la campaña, en ser el protagonista. Ha pasado recientemente en Extremadura, en Aragón y como se suele decir, no hay dos sin tres: también ha pasado en Castilla y León, donde desde el comienzo de la campaña el pasado 26 de febrero el ultraderechista se ha paseado por las localidades de la región acompañando al candidato a la presidencia autonómica, Carlos Pollán, pero sin dejarle ser el protagonista de su propia campaña y relegándole a un segundo plano constante. Lo mismo que ocurrió en los comicios anteriores con los respectivos candidatos de Extremadura, Óscar Fernández, y Aragón, Alejandro Nolasco.

Vox se lanzaba a por los votos de los castellanoleoneses con un tipo de campaña que, más que explicar las propuestas de su candidato, consistió en una suerte de gira personal de Abascal, de manera idéntica a las dos campañas electorales anteriores. Un cesarismo que casa perfectamente con las voces críticas que señalan que acostumbra a acallar a los dirigentes con "capacidad de liderazgo", como ha ocurrido con varias figuras del partido que han destacado y han terminado purgadas o abandonando la formación por su propio pie. Ejemplos de este fenómeno son Iván Espinosa de los Monteros, Macarena Olona, Javier Ortega-Smith o Jose Ángel Antelo. Cualquier nombre que despunte y que amenace la supremacía de Abascal será eliminado. Esta tensión interna ha sido uno de los pilares no del fracaso de la ultraderecha en estas elecciones, porque tampoco puede llamársele así, pero sí del frenazo en seco que han pegado al respecto de la tendencia de las anteriores votaciones.

A rebufo de Washington e Israel

La política exterior es otro buen medidor de lo que termina ocurriendo a nivel local. Una parte importante de los votantes de Vox no simpatiza ni con Donald Trump ni con su política exterior agresiva, de la que Vox ha hecho seguidismo absoluto, con una estrategia consistente en asentir a lo que hagan Washington y Tel Aviv y aprovechar cualquier oportunidad para atacar al Gobierno. Al otro lado del muro, Pedro Sánchez ha tomado la iniciativa en Europa en condenar las acciones del imperialismo norteamericano y se negó a que Estados Unidos utilice las bases de Rota y Morón, propiedad del ejército estadounidense, para el conflicto. Aquel acto fue criticado por el Gobierno de Israel, con la derecha española a rebufo, reafirmando el lado en el que se posicionan.

A pesar del frenazo en las urnas, Carlos Pollán se ha mostrado alegre al terminar el escrutinio y ha sacado pecho, asegurando que el de hoy es "el mejor resultado de Vox en todas las elecciones" y defendiendo que su partido va a "influir de manera determinante en las políticas de Castilla y León". No está claro si esa afirmación va por la vía de la vicepresidencia, o por la de presionar a un Ejecutivo en solitario de Mañueco desde fuera. El ultraderechista ha señalado que "hoy es un día para celebrar el resultado, y mañana, para ponerse a trabajar". Solo el tiempo revelará las verdaderas intenciones de la ultraderecha en el territorio. Por lo pronto, y a pesar del pinchazo, vuelven a ser la llave para que Mañueco pueda volver a sentarse en el sillón presidencial.

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