No es solo que el alquiler se haya disparado. No es solo que comprar una vivienda se haya convertido en una quimera reservada para sueldos altos, herencias o ayudas familiares. Lo que empieza a emerger con fuerza es otra factura menos visible, pero igual de devastadora: la que paga la salud mental de miles de jóvenes atrapados en un mercado inmobiliario que les expulsa de cualquier idea de estabilidad.
La profesora de Psicología de la Universidad Europea Mariola Fernández ha puesto nombre, en declaraciones a Europa Press, a esa herida silenciosa: “hipoteca emocional”. No habla de euríbor, ni de tipos de interés, ni siquiera solo de salarios insuficientes. Habla de algo más profundo. De la sensación acumulada de que, incluso haciendo “todo bien”, estudiando, formándose, encadenando trabajos y cumpliendo cada una de las etapas que la sociedad marca como correctas, la recompensa básica - un hogar, un espacio propio, una base mínima desde la que construir una vida - sigue estando fuera de alcance.
La expresión no es casual. Una hipoteca, al fin y al cabo, es una carga que condiciona el futuro. En este caso, la deuda no se firma ante notario: se instala en la cabeza. Se traduce en una incertidumbre permanente, en la percepción de que el suelo se mueve bajo los pies y de que nada termina de consolidarse. Fernández lo resume de forma clara: es “como vivir ante un peligro constante que no puede resolverse”.
La ansiedad de no poder empezar
La consecuencia de esa imposibilidad no es abstracta. Tiene rostro cotidiano. Es el joven que sigue compartiendo piso a los treinta porque no puede aspirar a otra cosa. Es la pareja que aplaza indefinidamente tener hijos porque no puede asumir un alquiler. Es quien enlaza contratos temporales mientras mira anuncios imposibles y acaba convencido de que el problema está en él, no en el sistema que lo asfixia.
La psicóloga advierte de que esta situación genera un desgaste continuo y una paralización de los proyectos vitales. No tener acceso a una vivienda no significa únicamente no poder mudarse. Significa no poder planificar. No saber dónde estarás dentro de seis meses. No atreverte a hacer cálculos a largo plazo. No poder imaginar una vida adulta con un mínimo de orden. La vivienda, en ese sentido, deja de ser solo un techo y pasa a ser el eje desde el que se articula toda la estabilidad emocional.
Ahí aparece una de las trampas más crueles del problema: la interiorización del fracaso. Muchos jóvenes sienten que ya deberían haberlo conseguido, que van tarde, que algo han hecho mal. La comparación con generaciones anteriores - que pudieron comprar con un sueldo, emanciparse antes o formar una familia sin dedicar la mitad del salario al alquiler - multiplica esa sensación de culpa. También lo hace la comparación con quienes sí han accedido a una vivienda gracias al respaldo económico familiar, una variable que marca cada vez más la diferencia entre quienes pueden proyectar futuro y quienes viven bloqueados.
Cuando un problema estructural se asume como culpa individual
Fernández señala que uno de los efectos más preocupantes de esta crisis es precisamente esa confusión entre contexto y responsabilidad individual. Lo estructural se vive como íntimo. El fracaso del mercado se transforma en autodesprecio. La imposibilidad de emanciparse se percibe como una carencia personal. No llegar a fin de mes, no poder firmar un contrato, no encontrar una habitación a precio razonable o regresar a casa de los padres acaba filtrándose como una sensación de inferioridad.
Ese mecanismo erosiona la autoestima y agrava la inseguridad. La persona deja de verse como víctima de una dinámica económica injusta para empezar a sentirse culpable de su propio atasco. Y ahí la vivienda ya no es solo una cuestión material: se convierte en una máquina de producir ansiedad, frustración y desvalorización.
La docente insiste en que la actual crisis habitacional revela una desconexión brutal entre las expectativas sociales y la realidad económica. Durante años se prometió a una generación que el esfuerzo tendría recompensa. Que estudiar garantizaba ascenso social. Que trabajar permitiría independencia. Que seguir el itinerario correcto abriría la puerta a una vida mejor que la de los padres. Hoy, esa promesa hace aguas para una parte enorme de la juventud.
La situación, además, se ha agravado con el empeoramiento del contexto internacional y económico. Según Fernández, el estallido de la guerra de Irán ha contribuido a deteriorar aún más un escenario ya muy tensionado. En un mercado golpeado por la inflación, la especulación y la falta de oferta asequible, cada nueva sacudida global se traduce en más precariedad y menos margen de maniobra para quienes ya vivían al límite.
Una pandemia emocional silenciosa
La expresión que utiliza la psicóloga no es menor: “pandemia emocional silenciosa”. Silenciosa porque no siempre se ve. Porque no ocupa titulares con la misma facilidad que una subida del euríbor o una estadística de desahucios. Porque muchas veces se vive en voz baja, entre ataques de ansiedad, sensación de fracaso, renuncia a tener hijos, retraso en la emancipación o imposibilidad de pensar el futuro más allá del próximo recibo.
Porque detrás de cada alquiler imposible no solo hay una cuenta que no sale. Hay una vida en pausa. Hay decisiones postergadas. Hay una generación que aprendió a cumplir con todo lo que se le pidió, solo para descubrir que ni siquiera eso basta para conseguir algo tan elemental como una casa.
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