Este martes 1 de octubre es el centenario de la entrada en vigor de la ley que introdujo la jornada laboral de ocho horas. Así como de la de 40 horas semanales. Una victoria para la sociedad que tanto había luchado por tener derechos también en el trabajo.

Como ha publicado La Vanguardia, España fue el primer país de toda Europa en implantar esta medida en 1919, como consecuencia de una gran huelga convocada en abril de ese año en la central eléctrica popularmente conocida como La Canadiense ubicada en Barcelona.

Sin embargo, el mundo ha cambiado. Factores como el aumento de la productividad, la división del trabajo que conlleva a la especialización, y los numerosos cambios económicos y sociales sufridos durante este siglo nos hace plantearnos si es necesario modificar la medida y adaptarla.

Aunque, todo sea dicho, hay lugares en el mundo en el que, no solo no han adoptado esta fórmula, sino que la Organización Mundial del Trabajo (OIT) tiene que instarles cada año en reducir las explotadoras jornadas laborales a las que se enfrentan sus trabajadores, sobre todo en el continente asiático, donde siguen sin implantarla.

Ahora preocupa más la precarización

La sociedad española ha mutado, pasando de ser industrial a una de servicios, incorporando de lleno a la mujer, que se encontraba en segundo plano, al mercado laboral.

Jordi Ojeda, profesor de la Universidad de Barcelona, en declaraciones para La Vanguardia, se pregunta porqué en España no se ha planteado reducir a 35 horas semanales la jornada laboral. Una medida que ya se ha tomado en nuestro país vecino, Francia, donde “nadie se plantea volver atrás” explica el profesor.

Ojeda forma parte de un grupo de trabajo que estudia la reforma laboral en Cataluña, y desde su punto de vista “aparte de introducir una jornada laboral más corta” baraja la idea de “compactar la semana en cuatro días y tener un tercer festivo”, una opción que “podría potenciar la industria del ocio de la cultura y generar beneficios económicos y sociales”.

Hoy en día el problema no radica en cumplir o no las ocho horas de trabajo establecidas, sino en la función que el trabajador desempeña. Cada convenio laboral es diferente: funcionarios con su régimen especial, autónomos que están obligados a cotizar aunque no cobren u obreros que tienen que desplazarse durante horas hasta el lugar de trabajo.

La investigadora del Instituto de Innovaciones Sociales de Esade, Liliana Arroyo explica que “antes tú aceptabas trabajar ocho horas, pero obtenías derechos básicos. Ahora hay más precariedad. Uno llega a ser pobre incluso trabajando” y sentencia “hoy la búsqueda de ingresos se ha convertido en la prioridad por encima de otras reivindicaciones sociales”. En otras palabras, ya no importa trabajar más horas del límite legal porque negarse a ello puede suponer la pérdida de trabajo y los ingresos, cada vez más difíciles de conseguir.

Las nuevas tecnologías lo han cambiado todo

El modelo a seguir de ocho horas puede suponer pérdida de productividad y de presencialismo. La revolución digital abre un nuevo debate sobre cómo deberíamos reorganizarnos como sociedad.

El consejero delegado de Glovo, Oscar Pierre, ha reivindicado que el uso del móvil “ha hecho emerger necesidades de flexibilidad que la legislación actual no entiende” y remarca que el sistema que tenemos actualmente no está pensado para la autoorganización de las horas laborales. “Hay gente que se levanta por la mañana y decide cuántas horas va a trabajar y quiere tener la capacidad de autoorganizarse para ofrecer sus servicios”.

De vuelta a la fórmula del país vecino, Francia ha establecido un modelo híbrido que regula el tiempo que se dedica al trabajo ocasional, lo que podría entenderse como un modelo con bolsas de horas que tendrían ciertas limitaciones.

Pero es notablemente difícil regularizar la flexibilidad horaria, así lo manifiesta el profesor de Esade, Carlos Obeso, que recalca que “la vida diaria todavía tiene horarios fijos, desde los colegios hasta la misa”. Asimismo, Mar Gaya, vicepresidenta de la asociación 50a50 y consultora en políticas de igualdad de género pone el foco en que la flexibilidad horaria o el teletrabajo puede “convierte en una trampa, en una doble o triple jornada para las mujeres”.

Conciliación un siglo después

En cien años las familias españolas y los trabajos existentes han evolucionado, hasta tal punto que ni una cosa ni la otra tienen nada que ver con lo que había en 1019. Los horarios laborales y familiares ya no encajan.

La organización familiar ha cambiado por completo. Esto se puede deber a que a pesar de que la mujer ha entrado en el mercado laboral, el hombre no lo ha hecho del todo en el trabajo doméstico.

Mar Gaya se cuestiona que, aunque la jornada laboral se reduzca a seis horas, o el modelo de horas se adapte o varíe, “¿estamos seguros de que los hombres dedicarían más tiempo a las tareas domésticas?”.