Con las manos blancas de ayer y el dolor procesional de miles de vidas rotas sacudidas por la lotería amarga de su posición democrática es muy difícil, por no decir imposible, pasar página  y olvidar de un plumazo un capítulo amargo de la historia reciente de este país marcado por la sin razón del fanatismo  y las armas como instrumentos de solución.

Mendigar la calma,  o dicho en otras palabras, esperar que la quietud de las armas llegue a los formalismos del papel impreso como “prueba de paz”,  implica al sentido común de ”los de a pie”,   hacer un acto de fe en los dogmas irracionales del “hacha y la serpiente” con el objeto de anestesiar el dolor de su veneno,  y celebrar con la ”sonrisa mediática” del mañana la ecuación de su final.

La ansiedad por el manifiesto unilateral de su  final,  ha puesto  la mirada internacional en  la eficacia de las élites policiales y políticas. Mientras,  las “víctimas”  continuarán encarceladas en los barrotes de su dolor sin la válvula del escape mediático y social que las libere de su prisión. La “puerta del recuerdo” debe permanecer siempre abierta para que la fuerza colectiva haga de guardian de la verdad e impida las intromisiones del olvido. A través de la custodia del recuerdo conseguiremos mantener viva la censura crónica del terror.

El “fax de la paz”,  que tanto han anhelado las “élites tóxicas” para poder extrapolarlo al discurso del 20-N y obtener el correspondiente rédito electoral en  sus cuotas de urna, debe servir a la soberanía popular para reflexionar sobre la supremacía del interés maquiavélico de unos pocos en detrimento del dolor irreversible de los elegidos.

El final de ETA, como ha sido comunicado por Gara,  a un fenómeno sostenido con los frágiles mimbres de la intuición invita a la cautela a no volver a tropezar en los espejismos de la desesperación.

Es de recibo recordar la ruptura de la tregua en tiempos de Aznar, así como, el rubor de ZP cuando engañado por las palabras del terror cayó en los abismos de la intuición. Sus declaraciones de paz fueron, desgraciadamente sepultadas por el terror y la traición de aquellos que  decían ir en son de paz.

Desde la crítica intelectual debemos hacer una llamada a la razón y analizar los hechos con su debida correlación empírica. Hasta hoy, y a pesar de la puesta en escena del diálogo internacional de paz, debemos apoyarnos en las siguientes premisas de verdad:

- El último atentado de la banda en suelo español fue el 31 de julio de 2009 cuando murieron dos guardias civiles.

- Un víctima mortal en Francia en 2010.

- Caída reciente de la última base logística en Portugal.

- Más de medio centenar de detenidos desde enero del presente año.

- 20 de octubre, anuncio de su final.

La evidencia empírica pone de manifiesto la existencia veraz de un paréntesis de calma y un debilitamiento neurálgico de las estructuras del terror.

Ahora bien, ¿puede deducirse con rotundidad que estamos a las puertas de su final? Probablemente sí.

¿Supondrá esta noticia un cierre de un capítulo marcado por cuarenta años de tensión terrorista? Posiblemente sí. Pero para las “víctimas” evidentemente no. El final de ETA no cierra el capítulo del dolor.

¿Se pondrán los partidos políticos la medalla de esta supuesta “manifestación unilateral de la paz”? Probablemente sí.

¿Se producirá la legalización de Sortu y el acercamiento de los presos a las cárceles vascas? La democracia lo dirá.

Abel Ros es autor del blog "El rincón de la Crítica"