Con el estreno de Primate, una de las películas que más sensación causó en el último Festival de Sitges, volvemos a mirar a uno de los subgéneros más fascinantes y, en ocasiones, malinterpretados del cine de terror: el de los animales asesinos. Un tipo de historias que suelen funcionar como un recordatorio de que la naturaleza no es cruel, solo se defiende.

El cine lleva utilizando a los animales como catalizadores del miedo colectivo desde hace décadas, muchas veces criticando la invasión humana de territorios o la contaminación de estos, entre otros. Cuando hablamos de animales asesinos, una de las películas que más rápido nos viene a la cabeza es Tiburón (Jaws). Steven Spielberg convirtió el mar en muerte segura, pero el verdadero terror no residía únicamente en el escualo, sino en la decisión consciente de anteponer los beneficios económicos del turismo a la seguridad de los ciudadanos. El monstruo no era el animal, sino el sistema que prefería mirar hacia otro lado.

Anteriormente, Alfred Hitchcock fue aún más lejos en Los pájaros (The Birds), donde la naturaleza se rebela sin previo aviso. No hay justificación racional, ni origen claro del ataque. La violencia irrumpe como una fuerza inexplicable, casi cósmica, que coloca al ser humano en una posición de absoluta vulnerabilidad. Una idea inquietante que conecta con uno de los grandes miedos primarios: la pérdida total de control.

Todo lo opuesto sucede en Cujo, donde la amenaza está dentro del hogar. El perro, símbolo de fidelidad y familia, se transforma en un peligro mortal tras contagiarse de la rabia. El animal es la consecuencia trágica de un virus y de una cadena de negligencias humanas.

Infierno bajo el agua (Crawl) propone una experiencia de supervivencia cargada de dinamismo cuando unos caimanes escapan de su cautiverio tras una tormenta. Un ejercicio de tensión donde una surfista profesional tiene como misión salvar a su padre y a su perro de una muerte segura. En una línea más autoconsciente y satírica, Perezoso Amoroso (Slotherhouse), slasher de serie B, utiliza el humor para criticar la captura de animales salvajes y su posterior condena a la vida doméstica. El perezoso, convertido en mascota dentro de una sororidad universitaria, se vengará de quienes le arrancaron de su entorno natural y lo hará valiéndose de sus garras como si de un cuchillo se trataran, pero a un ritmo muy lento.

Primate entra en esta categoría compartiendo premisa con Cujo, pero reforzando la crítica de Slotherhouse. Una familia será víctima de su propia mascota cuando ésta se contagie de la rabia: Ben, un chimpancé alejado de su hábitat natural. Con un tono festivo, cargado de tensión y gore, esta cinta de acción no pierde de vista su mensaje de fondo: el animal no es un monstruo, sino una consecuencia. Una más de las muchas historias que el cine de terror ha utilizado para hablarnos del egoísmo de nuestra propia naturaleza.

Todas estas películas comparten un mismo núcleo: la crítica a la arrogancia humana, a la invasión del territorio y al pánico que surge cuando dejamos de estar en lo más alto de la cadena alimenticia. El terror animal, lejos de ser simple espectáculo, funciona como un espejo incómodo de nuestras propias decisiones. Y Primate llega para recordárnoslo a base de puñetazos.