Hay una estafa sentimental que se repite cada 31 de diciembre y que aceptamos con una docilidad casi conmovedora. Consiste en creer que a medianoche, con una copa en la mano, doce uvas haciendo atasco en la boca y alguien desafinando una canción de fondo, la vida nos concede una especie de amnistía. Como si el calendario fuera un juez benévolo. Como si bastara cambiar de número para cambiar de piel. Como si el año nuevo no llegara, en realidad, cargando con todos los cadáveres diminutos del anterior.

Los años nuevos empieza exactamente ahí, en ese engaño brillante, en la liturgia de la promesa colectiva. La serie de Movistar Plus+, creada por Rodrigo Sorogoyen, Sara Cano y Paula Fabra, entiende algo que pocas ficciones se atreven a mirar de frente. La Nochevieja no es solo una fiesta. Es un examen oral con música alta. Una auditoría emocional con purpurina. El momento en el que todos fingimos celebrar el futuro mientras, por dentro, hacemos cuentas con lo que no salió, con lo que se rompió, con lo que dejamos pasar y con lo que todavía no sabemos nombrar.

En ese territorio tan reconocible y tan incómodo aparecen Ana y Óscar, interpretados por Iria del Río y Francesco Carril. Se conocen en una Nochevieja, justo cuando ambos cumplen 30 años, esa edad que durante mucho tiempo nos vendieron como una meta y que ahora se parece más a una sala de espera con alquiler caro. Ella llega con la vida sin domesticar del todo. Él parece traer algunas casillas más marcadas. Se miran, se tantean, se eligen o se equivocan con entusiasmo, que muchas veces es lo mismo. Y a partir de ahí, la serie los sigue durante una década, de año nuevo en año nuevo, como quien abre una cápsula del tiempo cada doce meses para comprobar cuánto queda de aquellas primeras promesas.

Pero Los años nuevos no va exactamente de una historia de amor. Va de algo más escurridizo y bastante más peligroso. Va de la manera en que el tiempo nos corrige sin levantar la voz. Va de esa década entre los 30 y los 40 en la que uno descubre, con una mezcla de alivio y espanto, que madurar no consiste en encontrar respuestas, sino en aprender a convivir con preguntas cada vez mejor formuladas. Va de mirar alrededor y comprobar que nadie tiene la vida tan ordenada como aparenta.

La gran virtud de la serie está en no convertir a sus personajes en símbolos rígidos. Ana y Óscar no son una tesis, son dos personas intentando no hacerse demasiado daño mientras aprenden a vivir. Ella no representa simplemente la libertad ni él la estabilidad. Ambos se contradicen, se buscan, se hieren, se necesitan, se expulsan y vuelven a encontrarse en ese territorio ambiguo donde tantas relaciones reales se quedan atrapadas. La serie evita el juicio fácil. No reparte santos y culpables. Prefiere observar cómo una pareja puede ser refugio durante un tiempo y convertirse después en una habitación sin ventanas.

La serie sabe que las relaciones casi nunca se rompen por una gran explosión. Se van resquebrajando por acumulación. Por las cosas que no se dicen para no estropear la noche. Por las renuncias que nadie agradece. Por esa forma tan humana de pedirle al otro que adivine lo que ni siquiera nosotros sabemos explicar.

No habla de grandes tragedias sino de pequeñas derrotas reconocibles. De esa sensación de estar viviendo una vida que no se parece del todo a la que imaginamos. De los propósitos que regresan cada enero como facturas impagadas. De la fantasía de pensar que el próximo cambio de año nos encontrará más sabios, más libres, más valientes o menos rotos.

Al final, lo más inteligente de la ficción es que no pregunta si Ana y Óscar deben acabar juntos. Esa sería la pregunta pequeña, la de siempre, la que buscan quienes necesitan que el amor tenga forma de destino. La pregunta verdadera es otra. Qué hacemos con el amor cuando ya no nos sirve para aplazar la conversación con nosotros mismos.

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