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Cada cierto tiempo en esto del rap, alguien llega con un sonido que no encaja en los dogmas de la secta, y de inmediato se activa la maquinaria del menosprecio y el etiquetado. No es un boicot formal: es algo peor. Es la construcción de un canon que decide quién pertenece al movimiento y quién es una anomalía a corregir.
Esto no es nuevo. Ya lo vimos en Estados Unidos cada cierto tiempo y, por supuesto, también aquí.
A principios de los 80, Too Short empezó a vender cintas desde el maletero de su coche en Oakland. No había industria en la Bay Area para un rapero que hablaba de pimpin' y sexo sin tapujos. Era pura supervivencia. Eso le valió el desprecio de la Costa Este, que lo veía como irrelevante, y le ningunearon durante mucho tiempo. No realizó un concierto en solitario en Nueva York hasta 2012, casi treinta años después de empezar.
La prensa neoyorquina lo ignoró. Él mismo lo dijo: "Los medios siempre pensaron que yo no era relevante para el hip-hop y, por eso, no tenían por qué nombrarme". Nueva York se veía a sí misma como la creadora del género y, desde esa "arrogancia justificada" —como la describió Too Short—, se permitía ignorar todo lo que venía de fuera.
En 1984, en California, se formó 2 Live Crew, que poco después se trasladó a Florida y se convirtió en la punta de lanza del Miami Bass. De nuevo, el rechazo. Run-D.M.C. se peleó con ellos en el escenario de Biloxi. Eric B. & Rakim intentaron recortarles el show en Memphis. Salt-N-Pepa y Kid 'n Play fueron a BET a decir que "eso que hacen en Miami no es hip-hop".
En 1986, en Texas, aparecieron Geto Boys. Geffen Records se negó a distribuir su álbum por "violento, sexista, racista e indecente", obligando a Rick Rubin a buscar otro sello. Las tiendas se negaban a almacenarlo. Los promotores cancelaban sus shows. En su primera actuación en Nueva York, en 1990, fueron abucheados por el público. Un año después llenaron el Madison Square Garden.
La industria no los defendió. Los medios los ridiculizaron. Los propios raperos ejercieron de aduaneros culturales. El resultado fue un ecosistema donde el Sur y la Costa Oeste vendían millones pero no recibían respeto.
Cuando en los 2000 llegó el crunk de Lil Jon y Three 6 Mafia, se repitió el guion. PopMatters argumentaba que los beats eran "vacíos y sonaban falsos", las estructuras "pobres y predecibles" y las letras "simplemente malas". Todo sin ser conscientes de que el crunk era una respuesta performativa al "acoso policial sobre la juventud negra en espacios públicos" en Atlanta.
Años después, con el trap pasó lo mismo. En este caso, el argumento se basaba en la calidad y en decir que no era real. Tanto el trap como el drill se han considerado una desviación del canon establecido que sitúa a Nueva York como el centro legítimo del hip-hop.
Y aquí llegamos a lo nuestro.
Cuando Madrid Pimps empezamos a hacer sonido Dirty South en España, la peña no lo aceptó. Nos acusaron de no hacer rap, porque nuestros beats no eran los cuatro por cuatro básicos del sonido canónico de NY. Nos miraban las pintas y alucinaban. Éramos la New School en un país que todavía miraba a Francia y a la Vieja Escuela como únicos referentes válidos. Se nos boicoteó por parte de artistas que decían que se negaban a compartir escenario con nosotros porque nuestro royo era distinto al suyo.
Llegamos dos décadas antes de tiempo. Esto no es una queja, es un hecho. El rap en España debía seguir unos cánones impuestos por los grupos y sellos que estaban, y todo lo que no encajara en ese molde era basura comercial o frivolidad. La secta decidía qué era rap de verdad y qué no.
Pxxr Gvng llegaron a principios de los 2010 y recibieron el mismo trato, solo que amplificado por internet. Eran "blanco de las críticas de los puristas del hip-hop", y YouTube llegó a banear su canal por contenido explícito y violento. Practicaban un híbrido de rap, reggaetón y electro latino, y sus letras hablaban de drogas, dinero y sexo sin corrección política. La prensa generalista los describía como algo que producía "la misma sensación que en los noventa generaba el bakalao. Es decir, asco".
Pero en este caso, sí era el momento. Consiguieron crecer de forma independiente, sin necesitar a nadie. Cuando el éxito rugía en internet, Sony les licenció su primer disco. No pidieron permiso. No esperaron validación.
Y ahora le toca a Disobey. El colectivo —Cybernene, Roomtrash, 8belial, Ynestrosa— acaba de protagonizar Red Bull Espiral #06, una sesión grabada en una única toma, y la respuesta de cierta parte de la escena ha sido la de siempre: "esto no es hip-hop".
Han aparecido críticas en varios medios y redes sociales generando una corriente de opinión que, en cuanto ve algo que no encaja en su algoritmo de lo que debe ser el rap, activa la maquinaria de la exclusión. Disobey combinan trap, drill, electrónica y una estética que bebe del swag de 2010, de los rótulos del GTA, del shitpost y del fronteo yanqui. Su música es pegajosa, ocurrente, y conecta con una generación que no necesita permiso de nadie para hacer lo que le da la gana. No necesitan competir en "skills": ellos crean su propia competición.
¿Os suena? A mí sí. Es la misma película que vi con Too Short, con 2 Live Crew, con Geto Boys, con el crunk, con el trap. La misma necesidad de etiquetar, de excluir, de decidir quién es digno de llamarse hip-hop y quién no.
Han pasado cuatro décadas desde que Too Short vendía cintas desde el maletero de su coche en Oakland y desde que Geffen rompía contratos por miedo a Geto Boys. Han pasado tres desde que 2 Live Crew ganó en los tribunales el derecho a que su música no fuera declarada obscena. Ha pasado más de una década desde que Pxxr Gvng fintaron a Sony.
Y seguimos con lo mismo.
Las mismas etiquetas, los mismos catecismos, los mismos "entendidillos" que, en cuanto algo no encaja en su algoritmo de lo que debe ser el rap y el hip-hop, activan la maquinaria de la exclusión. La secta. El linaje. Los guardianes del templo.
El hip-hop nació como la voz de los que no tenían voz. Se construyó desde el margen, desde el Bronx quemado, desde los sound systems de Kingston, desde los maleteros de Oakland y las tiendas de discos de Houston. Su ADN es la resistencia a la norma, no la imposición de una nueva. Cada vez que alguien decide que hay una forma correcta y una forma incorrecta de hacer hip-hop, solo está contradiciendo lo que hizo grande a este género.
No necesitamos más guardianes del templo. Necesitamos gente dispuesta a escuchar antes de juzgar, a entender antes de etiquetar, a reconocer que el rap que no te gusta también es rap, y que la música que no entiendes también puede ser música.
Madrid Pimps rompimos una puerta que nadie quiso cruzar. Purp Gang fintaron a la industria. Disobey se mantiene al margen de las reglas. Todos ellos, como Too Short, como 2 Live Crew, como Geto Boys, construyeron su propia puerta porque nadie les abrió la suya.
Lo mínimo que podemos hacer es no cerrarla.



