Hay algo profundamente paradójico en ver a Rosalía tumbada sobre la arena, sola frente a la inmensidad mineral del desierto, mientras un Rolls-Royce se detiene ante su cuerpo como si la opulencia hubiera perdido de pronto el rumbo. Esa tensión -entre lo terrenal y lo trascendente, entre el lujo y el desasimiento- sostiene los 2 minutos y 48 segundos de Sauvignon Blanc, el nuevo videoclip con el que la artista catalana continúa desplegando el imaginario de Lux, su último trabajo discográfico.
No es un vídeo pensado para el consumo rápido ni para la coreografía viral. Es, más bien, una pieza de contemplación breve, casi una estampa mística comprimida en formato digital. Bajo la dirección de Noah Dillon, Rosalía aparece desprendida de todo salvo de un collar de perlas que recuerda tanto a un rosario como a una reliquia mundana. El coche de alta gama, la copa de vino blanco, los encuentros insinuados con un amante invisible: símbolos de abundancia que, lejos de celebrarse, parecen convocados para ser abandonados.
La escena central del videoclip -la levitación progresiva del cuerpo de la cantante mientras la música crece- no oculta su genealogía espiritual. La referencia a Santa Teresa de Jesús resulta explícita tanto en la letra como en la iconografía. “Ya no quiero perlas ni caviar, tu amor será mi capital”, canta Rosalía, reformulando la doctrina teresiana del desasimiento en clave pop contemporánea. El gesto no es nuevo en su trayectoria: desde sus primeras exploraciones del flamenco hasta la electrónica más experimental, la artista ha buscado siempre dialogar con tradiciones culturales profundas para traducirlas a un lenguaje propio. Pero aquí la apuesta es más desnuda, casi ascética.
La mística, sin embargo, no se presenta como un ejercicio de solemnidad religiosa, sino como una experiencia sensorial. El éxtasis no llega en forma de iluminación divina, sino como contacto amoroso invisible. En ese desplazamiento -de lo divino a lo íntimo- se juega buena parte de la potencia simbólica del vídeo. Rosalía no levita hacia el cielo: levita hacia unos brazos que no vemos. La trascendencia adopta forma de relación.
Ese cruce entre espiritualidad y deseo culmina en la escena final: el cuerpo terrenal en llamas, el coche ardiendo, el fuego como purificación. La imagen remite inevitablemente a la transverberación descrita por Santa Teresa, ese episodio en el que un ángel atravesaba su corazón con un dardo de fuego. Aquí, el dardo se convierte en combustión estética. Lo material se consume para dejar paso a otra cosa que no se nombra, pero que se intuye.
Sony ha subrayado precisamente esa idea: la renuncia a lo material en favor de una conexión emocional y espiritual más profunda. Pero más allá de la lectura promocional, Sauvignon Blanc parece dialogar con una inquietud generacional más amplia. En una cultura saturada de imágenes de éxito, riqueza y exposición permanente, la fantasía de abandonar todo adquiere un atractivo inesperado. Rosalía convierte esa pulsión en narrativa visual: el lujo está presente solo para ser negado.
También en lo visual hay una voluntad de depuración. Tras la sencillez de La Perla y la densidad simbólica de Berghain, este tercer videoclip apuesta por el vacío. El desierto funciona como escenario absoluto, un espacio sin distracciones donde cada gesto adquiere peso. No hay coreografías multitudinarias ni narrativas fragmentadas: solo cuerpo, arena, fuego y silencio alrededor. La espectacularidad, paradójicamente, nace de la contención.
Quizá lo más interesante del videoclip sea su tono emocional. No hay dramatismo excesivo ni grandilocuencia espiritual. La historia de amor que se sugiere es tranquila, casi silenciosa. Incluso el fuego final carece de violencia: parece más una liberación que una tragedia. En lugar de gritar la trascendencia, el vídeo la susurra.
Tal vez por eso la figura de Santa Teresa resulta tan pertinente. La mística española describía sus visiones con un lenguaje que oscilaba entre lo corporal y lo espiritual, entre el dolor y el placer. Rosalía recoge esa ambigüedad y la traslada al presente digital, donde el éxtasis ya no pertenece al convento sino a la pantalla.
Con esta pieza breve y contenida, Rosalía confirma que su ambición artística no pasa solo por expandir fronteras sonoras, sino por tensionar el imaginario visual del pop hacia territorios más simbólicos y menos inmediatos.