PUEBLOS VIVOS

La Seu D' Urgell, una ciudad que anuncia montaña en el norte de Lleida

Este núcleo urbano, articulado por su catedral románica, conserva su papel de cruce de caminos, sostenido por un convento convertido en Parador y por un valle que siempre fue paso natural

Ana Díaz

Custodiada por la silueta inconfundible de su catedral románica y atravesada por el curso sereno del río Segre, La Seu d’Urgell, en Lleida, se asienta como un punto de encuentro entre historia, naturaleza y vida cotidiana. Desde tiempos antiguos, creció en torno a su corazón religioso y urbano, tejiendo un entramado de calles, plazas y edificios donde el pasado sigue formando parte del presente. Entre conventos habitados, mercados significativos y caminos que se abren al Pirineo, La Seu invita a recorrerla sin prisa, a escuchar el paisaje y a saborear una identidad construida con tiempo, territorio y memoria.

La ciudad crece alrededor de su catedral

La silueta de La Seu d’Urgell se explica desde su punto más reconocible, aunque su historia viene de mucho más atrás. Está marcada por un cruce natural de caminos que la convirtió, durante un periodo decisivo, en un lugar de paso y asentamiento. Antes de que la catedral dominara el paisaje, hubo un poblado prehistórico en lo alto de Castellciutat, vigilando el valle del Segre y el tránsito pirenaico. También los romanos entendieron el valor estratégico de la zona y descendieron a la llanura, sentando las bases de un núcleo estable.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó con el cristianismo. La consagración de una primera catedral en el siglo V transformó el asentamiento en sede episcopal y en uno de los centros políticos y religiosos más relevantes de la Cataluña medieval.

La actual Catedral de Santa Maria d’Urgell, levantada en el siglo XII y la única catedral románica conservada en Cataluña, no es solo un monumento, sino el corazón simbólico y urbano de una ciudad que fue creciendo a su alrededor. Además, a pocos minutos a pie, se puede llegar al Museo Diocesano de Urgell, que reúne un valioso conjunto artístico procedente de parroquias de todo el obispado, con piezas que recorren casi ocho siglos de historia, del románico al barroco.

A su sombra se ordenaron calles, plazas y oficios, y se levantaron edificios religiosos que formaban parte de una misma lógica urbana. El antiguo convento de Sant Domènec, hoy integrado en el casco histórico, es uno de esos ejemplos de arquitectura pensada para convivir con la ciudad y no para aislarse de ella.

Durante siglos, la calle Canonges fue el eje económico que protagonizaba el comercio ganadero, la sal llegada desde Cardona y el tránsito constante de mercancías, moldeando un centro histórico pensado para vivir y trabajar. Esa lógica se mantiene a día de hoy, con un centro que no es solo un decorado, sino un espacio habitado, donde colegios, mercados, comercios y bares conviven con edificios que arrastran más de mil años de historia.

Un antiguo convento para ser habitado

El Parador de La Seu d’Urgell ocupa el que fue el antiguo convento, manteniendo esa relación directa con la catedral y el trazado histórico, y convirtiéndose en una pieza más del conjunto urbano. Pero su peso en la ciudad no es solo patrimonial: también desempeña un papel clave en la actividad cotidiana y en su tejido productivo. Solo en puestos directos genera 38 empleos, a los que se suma el impacto indirecto que impulsa en comercios y servicios, además del flujo de viajeros que atrae: sólo en 2025 recibió 19.136 clientes.“Como uno de los hoteles más grandes de la ciudad, el Parador se ha consolidado como un motor económico y cultural clave para la zona”, explica su directora, Verónica García González.

Tanto es así, que el período de cierre entre 2002 y 2004 tuvo un fuerte impacto que se notó en la calle. “Muchos comerciantes preguntaban cuándo volvería a abrir el Parador, porque echaban de menos la llegada de turistas. Durante ese periodo, el número de visitantes descendió notablemente”, recuerda.

No es casual: Paradores cuenta con el 70 % de sus alojamientos en poblaciones de menos de 35.000 habitantes, una implantación que explica por qué antiguos conventos, iglesias o edificios civiles continúan activos en la España interior. En La Seu, el antiguo convento de Sant Domènec conserva su claustro medieval y su presencia discreta, integrado en el entramado urbano y a escasos metros de la catedral románica.

El legado que define la ciudad

La vida en La Seu transcurre a un ritmo colectivo. Desde el entorno del Parador, basta con cruzar una calle para entrar en la red de plazas, comercios y espacios culturales que definen el día a día de la ciudad. Queserías, museos y calles históricas conviven con un turismo tranquilo, que no sustituye a la vida local, sino que se suma a ella.

“Muchos clientes valoran poder aparcar el coche y recorrer La Seu a pie, con tranquilidad”, señala García González, una idea que se repite tanto entre quienes visitan la ciudad por primera vez como entre quienes regresan.

Ese pulso cotidiano se percibe especialmente en la calle Canonges, eje central de la ciudad medieval durante una etapa de prosperidad ligada a la ganadería y al comercio de la carne. Allí se concentraban los carniceros, auténticos empresarios de la época, junto a infraestructuras clave como el matadero o el almacén de sal procedente de Cardona.

La calle Canonges, antiguo centro comercial de La Seu medieval (Foto: Ayuntamiento de la Seu d'Urgell)
La calle Canonges, antiguo centro comercial de La Seu medieval (Foto: Ayuntamiento de la Seu d'Urgell)

Hoy, ese pasado convive con espacios como el Espai Ermengol, que alberga la oficina de turismo y exposiciones dedicadas a la historia local, la cultura de la leche y el queso, y el entorno natural. Desde su mirador, con vistas a la catedral, el casco antiguo y la sierra del Cadí, se comprende la dimensión de una ciudad y la historia que la define. Finalmente, para quienes buscan una escena panorámica de todo el territorio, la Torre Solsona, fortificación del siglo XVII, ofrece una de las vistas más completas de La Seu y su entorno.

Un modelo de convivencia con el entorno

Respirar hondo, escuchar el río y dejar que el Pirineo haga el resto. En La Seu d’Urgell, la naturaleza no se entiende como un complemento ni como un simple telón de fondo, sino como una experiencia viva que atraviesa la manera de moverse, de contemplar, de habitar y, especialmente, de convivir. Aquí no se trata solo de enumerar actividades al aire libre, sino de comprender cómo el paisaje participa en el ritmo cotidiano.

De hecho, gracias al amplio abanico de actividades deportivas que pueden practicarse en su entorno, la Agencia Catalana de Turismo ha certificado el municipio como destino de turismo activo. El Parque del Segre, construido en 1992 con motivo de las competiciones de aguas bravas de los Juegos Olímpicos de Barcelona, es uno de los espacios protagonistas donde el río marca la actividad.

Pero más allá de la acción, La Seu d’Urgell propone una forma de viajar pausada, donde cada experiencia conecta con un sentido distinto y amplía la mirada sobre el paisaje y quienes lo habitan.

“Muchos visitantes repiten porque aquí encuentran tranquilidad y una relación muy directa con el entorno”, apunta la directora del Parador.

Prueba de ello, para quien visite La Seu d’Urgell, son las actividades que se enmarcan dentro del programa 'Naturaleza para los Sentidos' que promueve el Parador. Experiencias ligadas al territorio que suponen un revulsivo económico, cultural y social en zonas rurales como esta, con el objetivo de afrontar el desafío de la despoblación en los territorios de interior.

Dentro de este programa, agua vuelve a ser protagonista en propuestas que invitan a recorrer el pantano de Coll de Nargó en kayak, avanzando con calma entre orillas poco transitadas y pequeñas playas escondidas. También el paisaje se convierte en hilo conductor en recorridos por el valle de Castellbó, donde el paseo enlaza el núcleo medieval con el entorno natural del Parque Natural del Alto Pirineo, combinando historia y naturaleza en una misma experiencia.

“Trabajamos con productores locales y mantenemos acuerdos que vinculan naturaleza, cultura y economía del territorio”, subraya García González.

Sin embargo, más allá de esta intensa relación con el ambiente, la ciudad ofrece otras experiencias que amplían la mirada: las rutas del románico dentro del municipio, las ferias que marcan el calendario —como la Fira de Sant Ermengol en octubre o el Mercat Medieval en junio— y la vida cotidiana del mercado de la plaza Patalín, donde campesinos y productores locales se reúnen cada martes y sábado, reforzando el vínculo entre paisaje, tradición y comunidad.

El Parador tampoco se queda atrás en el recuerdo de sus tradiciones más arraigadas; cada año, la coral infantil y la de adultos pasan por allí para cantar las Caramelles, de origen medieval, con las que se celebra la resurrección de Cristo.

Sabores que nacen del valle

La gastronomía de La Seu d’Urgell es el reflejo directo de su paisaje. Una cocina nacida en valles de montaña donde, durante siglos, la autosuficiencia marcó la manera de cultivar, cocinar y compartir. Aquí, comer siempre ha sido una forma de entender el territorio y el respeto de sus habitantes, aprovechando lo que da la tierra, respetando fielmente los ciclos y transformando productos sencillos en platos llenos de identidad y sabor, porque muchas veces menos es más.

Verduras de huerta, cereales, legumbres y frutos del bosque han sido históricamente la base de la alimentación, acompañados por la caza y la pesca de río, presentes en muchas recetas tradicionales gracias al trabajo paciente de quienes han vivido de esta tierra.

Si hay un producto que define el Alt Urgell, ese es el queso. Vaca, oveja y cabra dan lugar a una amplia variedad de quesos, tanto tradicionales como de nueva creación, que han convertido a la comarca en un referente quesero del Pirineo. No es casualidad que, en el marco de una de las ferias más antiguas de Cataluña, la milenaria Fira de Sant Ermengol, se celebre cada octubre la Feria de Quesos Artesanos de los Pirineos. Durante el tercer fin de semana del mes, una cuarentena de queseros de todo el arco pirenaico se reúnen en La Seu para compartir saber, oficio y producto. Sin duda alguna, entre todos estos tipos de queso destaca el Urgèlia, el único queso con Denominación de Origen Protegida de Cataluña.

queso feria
La tradición quesera de La Seu d’Urgell sitúa a la ciudad como uno de los grandes referentes gastronómicos del Pirineo. TURISME DE LA SEU

La elaboración artesanal de embutidos, el uso de hierbas aromáticas de montaña y las conservas caseras completan un recetario donde el pasado sigue muy presente y donde el Parador ha continuado este legado, ofreciendo cocina regional en su restaurante Alt Urgell. Un espacio de ambiente moderno, acogedor y minimalista, abierto tanto a los huéspedes como a cualquier visitante que desee disfrutar de su propuesta gastronómica, basada en productos de proximidad y en la tradición culinaria del entorno, complementada con platos más clásicos.

“Trabajamos con proveedores de la zona: quesos de la Cooperativa Cadí y de L’Abadesa, pan y cocas de El Mos, embutidos de Buisan o fruta de productores locales”, detalla su directora.

Esa memoria culinaria se ha convertido también en la base de experiencias como Gastronomía y tradición: el Pirineo a través de sus historias, dentro de 'Naturaleza por los Sentidos'. Una cata guiada que invita a saborear el paisaje, escuchar las leyendas y comprender cómo cada bocado conecta con la identidad profunda de estas montañas.

Redondo de ternera bruneta del Pirineo con ciruelas y patatas. PARADORES
Redondo de ternera bruneta del Pirineo con ciruelas y patatas: un plato que refleja la gastronomía de La Seu d’Urgell. PARADORES