En 1991, Metallica ya no tenía nada que demostrar dentro del metal, pero parecía decidida a demostrar que podía conquistar mucho más.

Hasta entonces, James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett y Jason Newsted habían construido una reputación a base de riffs vertiginosos, estructuras complejas y una agresividad que había convertido álbumes como Ride the LightningMaster of Puppets o ...And Justice for All en textos casi sagrados para los aficionados al thrash metal.

Pero repetir la fórmula habría sido demasiado sencillo. Metallica eligió complicarse la vida. Y, de paso, cambiarla para siempre.

Metallica baja las revoluciones

El cambio se escucha desde los primeros segundos de Enter Sandman. No hay una carrera desesperada. No hay una sucesión de riffs diseñados para poner a prueba las cervicales del oyente. Hay, en cambio, una guitarra que avanza lentamente, casi con arrogancia, hasta construir uno de los riffs más reconocibles de la historia del heavy metal.

Era Metallica, sí. Pero también era otra cosa.

La banda había comprendido que la contundencia no dependía necesariamente de tocar más rápido. Aquella idea atravesó todo el disco. Canciones como Sad but TrueWherever I May Roam o The God That Failed apostaron por ritmos más pesados, estructuras más directas y un sonido mucho más accesible que el de trabajos anteriores.

Incluso la duración de las composiciones se redujo en numerosos casos. Después de la complejidad casi laberíntica de ...And Justice for All, Metallica empezó a escribir canciones que podían entrar cómodamente en la programación de una emisora de radio. Para millones de personas, fue una puerta de entrada. Para otros, una traición. 

Bob Rock y la batalla por el sonido perfecto

Buena parte de esa transformación tuvo un responsable externo, el productor canadiense Bob Rock. Metallica quería un álbum capaz de sonar enorme. Rock quería algo todavía más complicado. Pretendía que, además de sonar enorme, las canciones tuvieran claridad, dinámica y una presencia casi física.

El proceso de grabación fue agotador. Las sesiones estuvieron marcadas por discusiones, perfeccionismo y una cantidad considerable de tensión entre el productor y los músicos. Pero el resultado terminó redefiniendo la identidad sonora de Metallica.

Uno de los grandes cambios estuvo en la batería de Lars Ulrich. Frente al sonido relativamente seco de algunos discos anteriores, el Black Album convirtió cada golpe en un acontecimiento. También las guitarras adquirieron un peso extraordinario, mientras el bajo de Jason Newsted, prácticamente sepultado en la mezcla de ...And Justice for All, recuperaba presencia.

Y por encima de todo apareció una versión distinta de James Hetfield. Seguía siendo el vocalista capaz de escupir letras con la autoridad de quien parece estar discutiendo con el mundo entero, pero ahora también se permitía mostrar fragilidad.

Nothing Else Matters, la balada que Metallica casi no quería enseñar

Si existe una canción que resume la metamorfosis del grupo es Nothing Else MattersJames Hetfield comenzó a escribirla como una composición extremadamente personal, alejada de la imagen de dureza asociada a Metallica. Durante un tiempo ni siquiera estuvo convencido de que debiera convertirse en una canción del grupo.

Metallica ya había explorado territorios melódicos anteriormente, pero nunca se había expuesto de aquella manera. Nothing Else Matters introdujo arreglos orquestales, una interpretación vocal mucho más íntima y una estructura que podía emocionar tanto al adolescente que llevaba una camiseta de Master of Puppets como a alguien que jamás había escuchado metal voluntariamente.

Los puristas protestaron. Naturalmente. Los puristas siempre protestan cuando una banda descubre que existe vida fuera de su propio género. El tiempo, sin embargo, convirtió la canción en uno de los grandes himnos de Metallica.

El disco negro que terminó estando en todas partes

La portada parecía una declaración de intenciones. Prácticamente negra. En ella apenas podían distinguirse el logotipo de Metallica y una serpiente inspirada en el símbolo de la bandera de Gadsden. No había ilustraciones espectaculares. No había cruces blancas como en Master of Puppets. No había una estatua de la Justicia como en su álbum anterior. Solo negro.

El álbum alcanzó el número uno en numerosos países y convirtió definitivamente a Metallica en una banda global. Enter SandmanThe UnforgivenNothing Else MattersWherever I May Roam y Sad but True se transformaron en piezas habituales de radios musicales, televisión y conciertos.

Metallica pertenecía a la cultura popular.

Metallica simplificó algunas estructuras, ralentizó buena parte de su música y compuso canciones con un potencial comercial evidente. Pero también produjo un disco extraordinariamente sólido, reconocible desde el primer acorde y construido con un nivel de precisión casi obsesivo.

1991 fue uno de esos años que parecen diseñados retrospectivamente por un guionista demasiado ambicioso. Mientras Metallica publicaba su álbum negro, Nirvana estaba a punto de lanzar NevermindPearl Jam debutaba con TenGuns N’ Roses publicaría los gigantescos Use Your Illusion I y Use Your Illusion II.

El rock estaba cambiando rápidamente. El glam metal que había dominado parte de la década anterior empezaba a perder terreno. El grunge preparaba su asalto definitivo a la cultura juvenil y las fronteras entre la música alternativa y el gran público comenzaban a desaparecer.

Más de tres décadas después, el Black Album continúa ocupando un lugar extraño y privilegiado dentro de la historia del rock. Demasiado comercial para algunos puristas, demasiado pesado para buena parte del pop y demasiado importante para ignorarlo.

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