El libro de la selva, dirigida por Wolfgang Reitherman en 1967, fue una de las últimas películas de animación de la Disney que clausuraba una época dorada en el seno de la productora, que comenzó a finales de los años treinta, aunque no fue la primera adaptación de la novela de Kipling: en 1942 Zoltan Korda, con Sabu, ya realizó un acercamiento con actores. Tampoco fue la última ni en animación ni con imagen real. Pero ninguna, ni incluso la mediocre realizada por Stephen Sommers en 1994, que tomaba al personaje de Mowgli algo más mayor, consiguió hacer olvidar la película de animación, la cual, además, creó algunas imágenes que han permanecido en el ideario cinematográfico, sin olvidar los números musicales.
Que en 2016 la Disney haya decidido realizar una nueva adaptación de Kipling o, más bien, un remake de la película de Reitherman se puede entender desde diferentes perspectivas que acaban convergiendo. Si en 1967 había un trabajo innovador con la animación, en 2016 se trata de seguir trabajando los CGI y las posibilidades del digital y el 3D para crear una película en live-acting que sea fiel al original, para seguir con cierta idea de ‘marca’ del estudio y así mantener vivas algunas de sus imágenes, aunque con una diferente concepción visual, y a la vez llegar a un nuevo público mediante un relato que en su construcción nos trae el relato de Kipling adaptado una sensibilidad más contemporánea. Es decir, una película híbrida en la que se utiliza las nuevas tecnologías para desarrollar un relato de corte clásico, respetando elementos reconocibles del pasado pero con cierta personalidad como para presentarse como algo novedoso.
La película de Favreau, como cierto cine contemporáneo a la hora de elaborar sus imágenes, apuesta por un hiperrealismo que el cine digital parece estar propiciando. Así, el live-action permite plantear en El libro de la selva una película en la que los animales, en su supuesta imagen real, impacten por su creación visual –y sonora, claro, dado que hablan-. Ese realismo visual está puesto al servicio de una fantasía que, en manos de Kipling servía a modo de fábula literaria; en la película de 1967, al ser animación, no había problema para internarse en esos territorios imposibles. Sin embargo, la pretendida imagen real de la nueva versión crea una disociación francamente interesante en tanto a que nos sitúa frente a un imposible hecho realidad. Esencia del cine, en todo caso. De hecho, Mowgli, interpretado por Neel Sethi, llega a parecer más una imagen creada que un actor. Disney ha querido usar los CGi para realizar una aventura fantástica que haga real lo improbable y, a partir de ahí, es obligado el dejarse llevar y aceptar las reglas que impone la película y sus imágenes, con un 3D muy bien ideado para la ocasión, que aumenta, más si cabe, la sensación hiperrealista perseguida por los responsables.
El impactante diseño visual de El libro de la selva, aparte de esa dialéctica intrínseca en sus imágenes, también presenta una contradicción interna en tanto a su condición de híbrido: muestra una clara pleitesía con la película de animación y el recuerdo de ella (de ahí las dos canciones) y un intento de crear una visión diferente, más actual si se quiere. Así, la película entremezcla momentos infantilizados y simplistas con algunos apuntes más sombríos, incluso violentos, para narrar la historia de Mowgli, ese niño abandonado en la selva, criado por lobos y que debe internarse por la selva huyendo de ShereKhan, el tigre que quiere acabar con su vida. Llena de humor y de aventuras, la película acaba internándose por el sendero de los relatos de supervivencia, con algunos que otros discursos subyacentes a la trama, que si bien tarda en arrancar, cuando coge el ritmo adecuado, consigue avanzar de manera excelente aunque en ningún momento pueda evitar la sensación de que bajo toda esa superficie se esconde, en realidad, un más que medido vehículo de exhibición técnica. Un producto Disney, para lo bueno y para lo malo.