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Florencia, 1938. Benito Mussolini se dispone a recibir con todo tipo de honores a Adolf Hitler. A ambos les interesaba exhibir buena sintonía. El Duce, conocedor de las inquietudes artísticas del alemán, eligió a Ranucchio Bianchi Bandinelli (1900-1975), para hacer de guía. Era arqueólogo e historiador y parecía el candidato ideal, ya que hablaba alemán y estaba afiliado al Partido Fascista. En realidad, lo hizo para poder seguir dando clases. Era un marxista convencido, que acabó años después afiliado al Partido Comunista de Italia. Aceptó la propuesta, pero durante esos días, tal y como reconoce en su diario, soñaba con matar a los dos dictadores.
“Si un atentado doble puede ser organizado, esta es la ocasión”, se decía a sí mismo. Trazó varios planes para llevarlo a cabo y cambiar el rumbo de la historia, pero no se atrevió a dar el paso. Consciente de que realmente había tenido la oportunidad —solo lo registraron el primer día, llegó a compartir coche y estar muy cerca de ambos tiranos—, se justificó posteriormente con el argumento de que el régimen estaba tan consolidado que, si ellos desaparecían, otro habría ocupado su lugar. Su peripecia está recogida en un documental que se titula precisamente ‘El hombre que no cambió la historia’, de Enrico Caria.
Así es la nueva novela de Rafael Tarradas Bultó

Este episodio es también el punto de partida para ‘El falsificador’ (Espasa), la nueva novela de Rafael Tarradas Bultó (Barcelona, 1977), quien plantea una intriga histórica en la que unos aristócratas, un ladrón de guante blanco y un sacerdote maquinan un arriesgado plan para rescatar un valioso Botticelli arrebatado a una familia judía por el régimen italiano para agasajar a Hitler.
La historia transcurre en mayo de 1938 y apenas cuatro meses después, en septiembre, se aprueban en Italia las primeras leyes antisemitas. “Para el lector resulta muy emocionante saber más que los personajes de la que se les viene encima. La protagonista es judía y sabe que amigos suyos alemanes están huyendo de allí de la represión del régimen nazi contra ellos, pero piensa que en su país no puede pasar”, explica a ElPlural Rafael Tarradas Bultó.
Conspiración antifascista
Sin embargo, su padre, un rico empresario judío, sí comprendió desde el principio la amenaza fascista y decidió refugiarse en Suiza. Flavia, su hija, se niega a abandonar Italia y decide plantar cara a un régimen que pretende arrebatarle su libertad, su identidad e incluso su propia vida. La conspiración antifascista generará extraños compañeros de cama: organizaciones mafiosas, arístócratas, la Iglesia católica y la propia familia real. A todos les une el deseo de vengarse de Mussolini y de recuperar el cuadro.
El escritor combina realidad y ficción con el máximo rigor posible. Reconoce que le satisface al máximo tirar del hilo y fantasear con lo que podría haber sido, pero hay una frontera que no está dispuesto a cruzar: cambiar el destino final de los personajes históricos. "En mis libros la conclusión final es la real. En el viaje de Hitler a Italia no muere nadie, pero puede ser que hubiese muchos intentos de que muriera. La mafia, por ejemplo, intentó atentar contra Mussolini varias veces sin éxito”, subraya.
Hitler, su pasión por el arte y el deseo de posesión
El diario de Bandinelli descubre a un Hitler enamorado del arte, pero consumido por lo que los demás tienen y él no al entenderlo en términos de posesión. “El Hitler que aparece ante Botticelli puede resultar casi humano porque se emociona durante unos instantes. Es inquietante ver cómo la sensibilidad artística y la barbarie pueden convivir en una misma persona”, comenta.
En paralelo a la obsesión de Hitler por el arte, Mussolini no ocultaba el tedio que le provocaba. Para él era únicamente un instrumento de seducción política. “Durante las visitas guiadas por los museos, no disimulaba su fastidio e iba resoplando frente a cuadros espectaculares. Bandinelli lo describe en su diario como un ‘patán’ que no prestaba la menor atención a lo que contemplaba”, recuerda Tarradas.
En ese momento, añade el autor, los dos dictadores se encontraban en un periodo de intenso amor mutuo. "Es una relación de dos ególatras superpoderosos que están muy decididos a cambiar el mundo y piensan que van a hacerlo bien", comenta. Aunque sumaron fuerzas y compartieron ideología, su relación se resintió posteriormente. Mussolini nunca le aceptó como un igual y Hitler, que tenía un enorme complejo de inferioridad, lo miraba con resentimiento.
Un falsificador real
La trama se complica con la irrupción de Juan Rezola, un antiguo amor de la protagonista con quien rompió al enterarse de que se dedicaba a falsificar obras de arte. Aunque es un personaje ficticio, nace de una historia real.
Tarradas se inspira en el conocido como Falsificador Español o simplemente "el Español", un misterioso imitador especializado en arte medieval cuya identidad se desconoce. Entre finales del siglo XIX y principios del XX reprodujo cientos de pinturas con las que engañó a museos y coleccionistas. A día de hoy, su obra es muy preciada y se han subastado piezas en la prestigiosa Christie's.
“El falsificador de la novela de Tarradas ha utilizado su talento para engañar; sin embargo, aquí ese talento se convierte en una herramienta de resistencia frente a un régimen que utiliza la belleza para exhibir poder.”



