Hay libros que se leen una vez y se guardan. Persépolis se queda dentro, como una imagen que no se borra, como una voz pequeña que sigue hablando cuando ya hemos cerrado la última página.

Marjane Satrapi construyó una obra aparentemente sencilla. Blanco y negro. Trazos limpios. Una niña que mira el mundo con ojos enormes. Pero bajo esa superficie late una de las narraciones políticas y emocionales más poderosas de las últimas décadas. Persépolis cuenta la infancia y juventud de Marji durante la revolución iraní, la guerra, la represión religiosa y el exilio. Sin embargo, reducirla a una historia sobre Irán sería empobrecerla.

La verdadera fuerza del libro está en otro lugar. Satrapi no explica la Historia desde arriba, sino desde abajo. No la cuenta desde los discursos oficiales, sino desde una cocina, un aula, una calle, una habitación adolescente. La revolución no aparece como una palabra solemne, sino como algo que cambia la ropa, el miedo de los padres, las conversaciones familiares y la manera de caminar por la ciudad.

Esa mirada convierte Persépolis en una obra universal. Porque todos los autoritarismos, aunque se disfracen de grandes ideas, terminan entrando en la vida privada. Primero prometen orden. Después regulan los cuerpos. Más tarde vigilan las palabras. Finalmente intentan colonizar la memoria.

Marji, la protagonista, crece justo en medio de ese proceso. Y lo hace con una mezcla irresistible de ingenuidad, orgullo, rabia y ternura. Quiere entenderlo todo, pero el mundo se empeña en volverse incomprensible. Quiere ser libre, pero cada día descubre una nueva prohibición. Quiere pertenecer a algún sitio, pero pronto entenderá que el exilio no empieza cuando uno cruza una frontera. Empieza cuando el lugar donde has nacido deja de reconocerte.

Uno de los grandes aciertos de Satrapi es no convertir a su protagonista en una santa laica. Marji se equivoca, exagera, miente, juzga mal, se pierde y vuelve a empezar. Esa imperfección la hace inolvidable.

También por eso la obra emociona sin caer en el sentimentalismo. Satrapi sabe que el dolor no necesita música de fondo. Le basta una viñeta. Una ausencia. Una frase seca. Un silencio familiar. Frente al exceso, elige la contención. Frente al melodrama, elige la precisión.

El blanco y negro de Persépolis no es una limitación estética, sino una forma de mirar. El mundo de Marji está lleno de contradicciones, pero el dibujo elimina adornos para que veamos lo esencial. La infancia frente al fanatismo. El deseo frente a la norma. El humor frente al miedo. La memoria frente al olvido.

Y ahí aparece uno de los elementos más hermosos del libro. Persépolis es una obra política, sí, pero también es una obra profundamente divertida. Hay ironía, descaro y una inteligencia cómica que desarma la solemnidad. Reír también puede ser una forma de resistencia. Cuando el poder exige obediencia absoluta, el humor abre una grieta.

Por eso Persépolis sigue hablando al presente. No solo por Irán, ni solo por el lugar de las mujeres bajo los regímenes fundamentalistas. También porque vivimos una época en la que vuelven los discursos que prometen seguridad a cambio de libertad. Una época en la que demasiadas identidades vuelven a ser vigiladas, juzgadas o convertidas en campo de batalla.

La obra de Satrapi nos obliga a hacer una pregunta incómoda. ¿Cuánto tarda una sociedad en acostumbrarse a lo intolerable? ¿Cuánto tarda una prohibición en parecer normal? ¿Cuánto tarda el miedo en convertirse en costumbre?

Persépolis no es una obra desesperanzada. Al contrario. Su belleza está en que nunca confunde lucidez con derrota. Marji pierde cosas, muchas cosas, pero conserva una mirada propia. Y en esa mirada está la victoria más íntima de la obra. El poder puede imponer normas, pero no puede controlar del todo la imaginación de una niña que se niega a dejar de preguntar.

La muerte de Marjane Satrapi añade una capa de emoción a la relectura de Persépolis, pero no cambia su sentido. Las grandes obras sobreviven porque no dependen de la actualidad, aunque la actualidad las vuelva a iluminar.

Leer hoy Persépolis es recordar que la Historia no solo la escriben los vencedores. También la dibujan quienes se niegan a olvidar. Y en esas páginas, Marjane Satrapi dejó algo más que una autobiografía. Dejó una brújula en blanco y negro para no perder de vista la libertad.

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