¿Hay vida después de la muerte? ¿Puede alguien fallecido vivir en el cuerpo de otra persona? El psiquiatra estadounidense Ian Stevenson dedicó su vida a investigar si existe la reencarnación. Eligió una combinación que solo conocía él para cerrar una caja fuerte en la División de Estudios Perceptivos (DOPS) de la Universidad de Virginia con la idea de transmitir a alguien el código desde el más allá, una vez muerto. Falleció en 2007 y la caja sigue cerrada a cal y canto.
La reencarnación es precisamente el tema central de ’Lo inexplicable’ (Planeta), la nueva novela de Clara Sánchez (Guadalajara, 1955). Se trata de un sorprendente relato sobre un bebé que parece estar poseído por el espíritu de un adolescente muerto en extrañas circunstancias. La autora, en una entrevista para ElPlural, nos cuenta que no tiene miedo a la muerte porque es algo inevitable, pero sí le interesa el paso del tiempo, tanto que en su discurso de ingreso en la Real Academia Española (RAE) habló de la máquina del tiempo. Ningún invento ha conseguido revertir el hecho de que las personas envejezcan y mueran, dijo. Frente a ello defendió el poder de la literatura para mitigar esa "sensación tan insoportable de no poder volver atrás".
La autora no es una persona religiosa, pero sí se siente atraída por la idea de la reencarnación porque "nos alivia de esa presión tan terrible que es la muerte". Considera también que es un antídoto contra la soledad y que "nos abre a otras existencias, pues ya no sentimos ese agobio al vacío y la nada". Asimismo, reivindica una mirada abierta hacia aquello que escapa a las explicaciones racionales.
Entrevista con Clara Sánchez: "La reencarnación nos abre a otras existencias"
P.- ¿Cómo surge 'Lo inexplicable'?
R.- Me asombra mucho la noción del tiempo, no por el hecho de envejecer, sino porque es uno de los conceptos más inexplicables. Científicos como Carlo Rovelli cuestionan incluso su existencia. Para Newton era como un fluido, para Einstein el espacio-tiempo es relativo, ahora estamos con la física cuántica... El concepto tiempo ha pasado por muchísimos procesos, tanto filosóficos como científicos, algo muy determinante en nuestras vidas, pero no se puede ni formular. A mí me atrae mucho hablar de ello y, de hecho, en mi discurso de ingreso en la Academia hablé de la máquina del tiempo. La muerte está inmediatamente unida al tiempo, pero si la muerte no existe, el tiempo tampoco, lo cual nos aliviaría muchísima presión.
P.- ¿Te preocupa la muerte?
R.- Es inevitable. No me preocupa, me interesa porque es lo que nos hace humanos. Limita y determina absolutamente nuestra vida. La idea de la reencarnación en ese sentido, me parece maravillosa y fascinante. Hay dos ideas que atraviesan las culturas y las religiones, que son la resurrección y la reencarnación. La resurrección no me vale porque para ello necesitamos a un Dios u otro ser que nos resucite. Sin embargo, la reencarnación está en nuestra naturaleza y me encanta porque no se necesita de dioses para que surja y nos alivia de esa presión tan terrible que es la muerte. Nuestra vida es extraordinariamente breve, como decía Quevedo, ponemos un pie aquí y ya estamos en la muerte.
La reencarnación nos abre a otras existencias, pues ya no sentimos ese agobio al vacío y la nada. Nos libera también de la soledad ya que aporta la posibilidad de una pequeña compañía interna. Es algo así como una intuición, un sexto sentido que nos avisa.
En esta novela, a través de la reencarnación, he querido explorar esas preguntas, arrebatárselas a los lamas tibetanos y a las culturas orientales, para traerlas al presente a través de esta historia. Si esto es posible, tendría que serlo también para nosotros.
No salimos de la nada, venimos de ancestros que trasladan, por ejemplo, miedos atávicos, como el de la oscuridad
Hay otro tipo de reencarnación más imperceptible, pero muy real, que es la que se transporta en nuestro ADN. No salimos de la nada, venimos de ancestros que trasladan, por ejemplo, miedos atávicos, como el de la oscuridad. Eso es innegable. Haber descubierto, digamos, la reencarnación me aporta vitalmente alivio y desde el punto de vista literario me fascina.
P.- ¿Qué te ha aportado 'Lo inexplicable'?
R.- Me ha permitido ver la vida desde distintos ángulos y plantearme cómo sería ese espacio, ese nanosegundo, en el que podemos seguir existiendo un poquito después de la muerte,
En todas mis novelas, aunque sean realistas -existencialistas, las llamaría-, hay un toque sobrenatural
P.- Este tema se sale un poco de tus registros, ¿te ha sorprendido incluso a ti?
R.- Esta vez he ido un poco más allá. Ya en 'Presentimientos', que es una novela de 2008, exploraba el mundo del sueño y la realidad. Me costó 4 años escribir aquella novela, fue una época en la que yo soñaba muchísimo, los sueños son una manera que tenemos de no engañarnos a nosotros mismos, porque se percibe como otra realidad. No nos podemos mentir, hay lo que hay.
En todas mis novelas, aunque sean realistas -existencialistas, las llamaría-, hay un toque sobrenatural. En la realidad hay siempre algo que se escapa, que no sabemos lo que es. Desde niña, he visto en lo ordinario algo extraordinario. Quizá me venga de mi madre, que ponía muchas velas por la casa y tenía cierto toque espiritual, aunque no iba a misa ni mi familia fue religiosa. De hecho, me eduqué en un colegio laico y mixto. Soy la única niña de mi generación que no ha ido al colegio de monjas.
P.- ¿Y tú? ¿Eres una persona espiritual?
R.- No soy religiosa, pero sí me considero espiritual y hay algo que me atrae de este mundo. Leo mucha ciencia, pero también me interesa la vertiente esotérica. Pensar en la reencarnación, me permite hablar de estas cosas, pero desde el margen.
P.- ¿A qué te refieres?
R.- Desde el margen de la realidad. Fui una persona muy racional hasta los 30 años, pero a partir de ahí, me empecé a interesar por estas cuestiones y vi que muchísimos escritores recurrían a esto. Fernando Pessoa tenía una vertiente esotérica tremenda, también Dalí y Arthur Conan Doyle, que era espiritista. Era algo que latía también en mí y descubrirlo me pareció muy divertido. Hasta entonces sentía que me aplastaba la realidad.

P.- Introduces elementos de terror, juegas con el thriller, una investigación policial... ¿Te has divertido jugando con todos estos recursos?
R.- Sí, y era necesario introducir todas esas cosas para que Hugo, el chico muerto, pueda preguntarse desde ese miniespacio, en el que está, qué ha pasado. Él no entiende nada y procedía investigar qué le ha podido pasar. El suspense me encanta, no necesito escribir una novela policíaca para crearlo. Gestos, inquietudes, recelos, miradas, cosas que no se entienden, indican que algo ocurre. Es como en la vida, nos enteramos de muy poco de lo que pasa en nuestro entorno y hay una serie de cosas que van revoloteando por ahí, que quedan flotando y hacen que no estemos comunicados completamente con la realidad.
Necesitamos ser más críticos con todo lo que nos ocurre e incluso con lo que pensamos
P.- ¿Qué te gustaría provocar en el lector con esta novela, aparte de entretenimiento?
R.- Compartir mis incertidumbres, la sensación de que estamos hechos de emociones, pero que necesitamos ser más críticos con todo lo que nos ocurre e incluso con lo que pensamos. Me gustaría contagiar algo que me encanta y me ha aliviado a veces, que es ver la vida desde fuera, como Alicia hace con la familia del niño al que cuida, porque está en el punto de observación ideal. Me gustaría trasladar la necesidad de alejarnos de prejuicios e ideas preconcebidas para ver las cosas mejor.
P.- ¿Te ha costado construir este relato?
R.- Todo cuesta trabajo. Para mí es fundamental encontrar el tono y el espacio. Por ejemplo, para construir a Hugo era necesario situarlo en un mini-universo en el que pueda preguntarse cosas. Cuando tengo eso, le tengo a él y a su familia con esas circunstancias y en esa casa. Ahí ya tengo el tono y el resto es trabajo. Sin lo primero, se me podría haber ocurrido esta historia, pero no me habría gustado.
No soporto la retórica porque lo empobrece todo, ni las florituras
P.- Eres Académica de la Lengua, pero para leer tus novelas no es necesario recurrir al diccionario.
R.- Es algo que me he propuesto desde mi primera novela, que sea un lenguaje natural. No soporto la retórica porque lo empobrece todo, ni las florituras. La naturalidad es mi mayor reto.
P.- ¿Cómo se lucha por esa naturalidad desde la letra X en la Academia?
R.- Trabajamos mucho, aunque la gente piense que no. Nosotros y todos los lexicógrafos y la gente que está allí.
P.- ¿Hay muchas discusiones entre los académicos?
R.- Depende. Trabajamos las palabras en las comisiones y hay discusiones, si estuviésemos todos de acuerdo, nuestro trabajo no serviría de nada. En los plenos también las hay.
Me encanta estar en la Academia, aunque algunos lo vendan como un sitio horrible con peleas continuas. En el mundo adulto cada uno viene con su bagaje, su experiencia, su trayectoria y expone libremente lo que crea oportuno. Para eso estamos, somos elegidos, no nombrados, por votación secreta, libres de decir y hacer, pero hay un protocolo estricto en la academia al que te tienes que atener. No es un guirigai, se va a trabajar.
P.- ¿Alguna meta tuya personal en ese ámbito de la Academia?
R.- Que no metamos la pata con las palabras nuevas que vamos aportando al diccionario revisado y que sea lo más sensato posible.
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