En un momento en el que Rosalía ya no es solo una cantante, sino un fenómeno cultural global, escribir sobre ella exige algo más que una cronología de hits, portadas y premios. Exige contexto, mirada, intuición periodística y, sobre todo, una conciencia clara de que alrededor de la artista catalana existe ya una mitología en marcha. Ahí es donde se sitúa Oriol Rodríguez (Barcelona, 1976), periodista musical de larga trayectoria, vinculado durante años a cabeceras y proyectos de referencia como RockZone, Què Fem? de La Vanguardia, Enderrock o Rockdelux. Rodríguez, especializado en cultura popular y con una obra previa muy pegada a la historia musical catalana, acaba de firmar junto a Yeray S. Iborra el libro Buscando a Rosalía, publicado por Libros del Kultrum el 16 de marzo de 2026 en castellano y catalán.
La propuesta no es menor. Perseguir a Rosalía no solo como estrella del pop, sino como símbolo de una época, como artista que ha reformulado la relación entre tradición, ambición, formación musical, relato visual y mercado global. La Rosalía que buscan Rodríguez e Iborra no es únicamente la mujer detrás del personaje, sino también la suma de todas sus capas. La promesa, la voz, la autora, la icono, la “Motomami”, la figura casi sagrada que hoy proyecta su era Lux. Así se describe también el propio volumen en su lanzamiento, una búsqueda periodística y literaria para explicar cómo una artista del Baix Llobregat acabó convertida en referente internacional.
Pregunta (P): ¿Por qué el título es Buscando a Rosalía y no simplemente Rosalía? ¿Qué estabais buscando exactamente: a la artista, a la persona o a la idea que hemos construido colectivamente sobre ella?
Respuesta (R): Tiene que ver un poco con todo eso. Rosalía es una persona muy bonita de observar porque sabemos mucho y, a la vez, sabemos poco. Tiene muchas capas, muchas piezas de un puzle que nosotros hemos intentado reconstruir. También hay algo de nuestra propia relación con ella como periodistas: hubo un tiempo en que estuvo más cerca, en sus inicios, y ahora, con el estrellato mundial, esos caminos se han separado. De ahí sale esa idea de búsqueda: la de unos periodistas que intentan reencontrarse con la artista que conocieron hace diez años y explicar quién es hoy.
P: ¿La imposibilidad de entrevistar hoy a Rosalía ha terminado mejorando el libro?
R: Más que mejorarlo, lo ha convertido en otro libro. Evidentemente, nos habría encantado contar con su voz directa, pero al no poder hacerlo hemos tenido que tirar de ingenio periodístico y literario para construir un relato atractivo. De algún modo, hemos hecho virtud de esa limitación. El resultado es un libro diferente, y creo que precisamente por eso acaba siendo interesante como lectura.
P: ¿En qué momento comprendisteis que una biografía convencional se quedaba pequeña para este proyecto?
R: Prácticamente desde el principio. Hoy, en 2026, una biografía al uso basada solo en acumular datos no tiene demasiado sentido: todo eso ya está en internet para quien quiera dedicarle horas. Nosotros queríamos hacer algo periodísticamente fiable al cien por cien, pero con una ambición literaria, con una voz propia. No bastaba con ordenar información: había que construir un relato.
P: En un personaje tan observado y discutido como Rosalía, ¿dónde pusisteis la línea roja entre licencia literaria y rigor periodístico?
R: La línea estaba clarísima: todo lo que se contase debía ser real. La principal licencia fue crear una especie de narrador único a partir de nuestras dos voces fundidas en una sola. Pero no hay ficción en los hechos. No hemos hecho una novela sobre Rosalía; hemos utilizado herramientas narrativas para contar algo verdadero.
P: En el libro parece sobrevolar una pregunta central: cómo se pasa de tocar en salas muy pequeñas a convertirse en referente global en menos de una década. ¿Cuál fue el punto de no retorno?
R: Para mí, sin duda, El mal querer. Ahí es donde Rosalía despega internacionalmente y empieza a jugar en otra liga. Después Motomami amplifica ese salto y la etapa Lux lo lleva todavía más lejos, pero el gran punto de inflexión es El mal querer.
P: ¿Crees que estaba destinada a convertirse en una estrella mundial o que todo ha sido una cadena de decisiones acertadas en el momento justo?
R: Hablar de destino es complicado, pero sí creo que había algo determinante desde el principio. Una ambición enorme, entendida en el mejor sentido de la palabra. Rosalía tenía clarísimo hasta dónde quería llegar. A eso hay que sumarle una ética del trabajo brutal, muchísima resiliencia y una formación musical extraordinaria. Empezó tocando en salas minúsculas, se pateó el circuito, se formó en el Taller de Músics y en la ESMUC, y nunca ha dejado de estudiar. Esa combinación de hambre, trabajo, curiosidad y valentía es fundamental para entender todo lo que vino después.
P: Es decir, no estamos hablando de una estrella prefabricada.
R: En absoluto. Rosalía no le debe musicalmente nada a nadie. Evidentemente se ha rodeado de gente muy valiosa, pero la primera artesana, la primera visionaria y la principal responsable de su obra es ella misma. Basta con escuchar Los Ángeles para entender que ahí ya había una artista enorme.
P: En el libro habláis de varias “Rosalías”. ¿Cuál ha sido la más difícil de atrapar por escrito?
R: La Rosalía más reciente, seguramente, porque es la más lejana. Cuanto más ha crecido, más difícil es acceder a ella y, por tanto, más difícil resulta explicarla con fuentes de primera mano. Pero, precisamente, ese ejercicio de intentar comprenderla desde la distancia también es fascinante y muy enriquecedor para un periodista.
P: Quería preguntarte por esa ruptura entre Motomami y Lux. Hay quien la percibe como un giro radical, casi como si apareciera una “Rosalía santa”. ¿Cómo interpretas ese cambio?
R: La ruptura existe, claro, y es muy visible. Motomami era un disco explosivo, extrovertido, y Lux es mucho más introspectivo y espiritual. Pero, si miras con atención toda su discografía, verás que hay muchos elementos en común. Los Ángeles ya tenía algo espiritual; la iconografía religiosa ya estaba en El mal querer. Lo que sucede es que ahora esa dimensión está más recogida, más concentrada. Rosalía es una artista muy libre: pertenece al sistema pop, sí, pero se toma sus tiempos, desaparece cuando lo necesita y reaparece cuando encuentra el camino exacto para llevar una intuición artística hasta el final.
P: ¿Es difícil ser Rosalía en 2026?
R: Muchísimo. Se espera de ella que cada disco sea una epifanía y que cada concierto sea extraordinario. Eso habla del nivel que ha alcanzado. Pero no es solo una percepción local: en el libro hablamos con periodistas de otros países, también de Estados Unidos, y la sitúan entre los grandes nombres que están marcando el camino del pop mainstream del siglo XXI.
P: En el libro abordáis también la relación con C. Tangana, pero evitando el enfoque de prensa rosa. ¿Por qué era importante hacerlo así?
R: Porque lo verdaderamente interesante no es el cotilleo sentimental, sino la conversación artística entre dos creadores que se encuentran en un momento decisivo de sus carreras. Son dos símbolos generacionales, dos personas con un hambre creativa enorme, y lo relevante es cómo se nutren mutuamente, cómo dialogan y cómo después sus caminos se separan. Reducirlo a corazón sería simplificar demasiado una relación artísticamente muy fértil.
P: ¿Qué parte del fenómeno Rosalía sería posible sin redes sociales, plataformas y cultura visual?
R: La voz y el talento existirían igual. Rosalía habría sido una artistaza en otra época también. Pero ella es una artista de su generación, y por eso el uso de las redes, de la imagen y del relato visual es fundamental. La iconografía forma parte de su obra. No es un adorno: es lenguaje artístico.
P: ¿Hubo algún prejuicio tuyo sobre Rosalía que se desmontara durante la investigación?
R: Más que desmontarse, se confirmó hasta el extremo algo que ya intuía. El grado de trabajo, talento y estudio que hay detrás de todo. Cuando tienes un fenómeno tan grande cerca de casa, casi puedes normalizarlo. Pero cuando te detienes durante años a estudiarlo, entiendes que no, que no hay nada normal en lo que ha conseguido. Es real. Está ahí. Y se lo ha ganado.