Fernando Bonete (Albacete, 1991) es uno de los bookstagrammers con más éxito de nuestro país, con casi 600.000 seguidores. Se define como 'bookbro' y aboga por la cultura como estilo de vida. Además, es profesor de Escritura y Argumentación en la Universidad de Nebrija, periodista y violinista. Ahora, después de haber publicado varios ensayos, se lanza también a la ficción. Acaba de publicar 'La hija del Fénix' (Espasa), una novela en la que recupera la figura silenciada de Marcela, la hija de Lope de Vega, heredera no solo de sus genes, también de su talento literario, mal que le pese a su padre. Y es que él, que soñaba con que uno de sus vástagos diera continuidad a su carrera literaria, nunca la contempló como tal por el simple hecho de ser mujer. Paradójicamente, tuvo que ingresar en un convento de clausura para encontrar la libertad que la sociedad le negaba.
No es una cifra enorme leer 140 libros al año
Hemos entrevistado al autor quién, además de hablarnos de 'La hija del Fénix', se ha referido a la polémica generada por unas declaraciones suyas diciendo que leía 140 libros al año. "No es una cifra enorme", nos ha confesado, máxime teniendo en cuenta que su vida, tanto la personal como la profesional está dedicada a los libros. "Para mí la clave de la lectura es que siempre llevo un libro encima y cada momento que puedo dedicar a la lectura, lo aprovecho. Soy un lector todoterreno, ya sea en papel, en el móvil o en un libro electrónico".
Marcela, la hija no reconocida de Lope de Vega
Sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega, poeta, dramaturga y religiosa, podría haber sido uno de los grandes autores del Siglo de Oro, pero ha quedado relegada a un papel secundario. La novela parte de una escena muy concreta, el paso de la comitiva fúnebre del autor por delante del convento de las Trinitarias Descalzas, visto por su hija desde el interior.

Es el gesto de una hija que anhela estar con su padre, ser querida por él y que le reconozca un don que comparten
El momento fue inmortalizado mucho después, en 1862 por el pintor asturiano Ignacio Suárez Llanos, una obra pictórica que se conserva en el Museo del Prado. Según nos explica Bonete, eligió ese comienzo por una razón documental, pero también por su fuerza simbólica: “Es el gesto de una hija que anhela estar con su padre, ser querida por él y que le reconozca un don que comparten, que es la escritura”. Esa búsqueda de reconocimiento, nunca satisfecha del todo, recorre el libro.
Una mirada diferente
Bonete no solo rescata a un personaje borrado por la historia y las circunstancias, sino que obliga a mirar desde otro ángulo. “Cuando desplazas el foco a Marcela, aparece también Lope como padre”, señala, una dimensión apenas explorada en las biografías del autor. En su lectura, el novelista y dramaturgo antepuso “la literatura, el arte y su propia genialidad” a las personas de su entorno, incluida su familia.
"Los grandes genios de la humanidad, en general, como personas han aportado bastante poco a los que les rodeaban. Esto decía Paul Johnson en la obra 'Intelectuales', que es un un reflejo de 16 grandes pensadores que como personas fueron terroríficas. Lope era así: primaba la literatura, el arte y su propia genialidad por encima de las personas, incluido su propia familia y sus propios hijos", argumenta Bonete.
Lope de Vega, un genio de las letras y muy deficiente en lo personal
Ese es uno de los aspectos más duros de la novela: la construcción de un Lope brillante en lo literario, pero deficiente en lo personal. El autor lo define como un hombre arrastrado por sus pasiones y por su ambición social. “Era consciente de los errores que cometía en su vida personal, pero le podían sus pasiones y también su afán de medrar” . Quería a toda costa ser reconocido por la nobleza y, aunque consiguió un gran estatus - entre otras cosas pudo comprar una casa en la calle Cervantes, 11, en el Barrio de la Letras de Madrid por 9.000 reales de vellón, un dineral para la época-, nunca llegó a moverse como un igual entre los grandes de España.
El origen del libro fue casi casual. Bonete contó que llegó a Marcela mientras preparaba otro proyecto y se sorprendió de no haber oído hablar de ella antes, pese a su formación en literatura. Lo que descubrió fue a “una escritora de primer nivel” cuya obra apenas ha llegado hasta hoy . De hecho, recordó que gran parte de sus escritos se fueron destruyendo por imposición del confesor de la religiosa y solo se ha conservado una parte mínima de su producción.
¿Qué siente una hija a la que su padre no reconoce su existencia?
Uno de los retos del autor fue dar voz a Marcela sin separarse por completo de los datos históricos. Según explicó, le interesaba partir de una experiencia humana reconocible: “Qué siente una hija cuando su padre no reconoce ni su existencia ni su talento”. A partir de ahí construye el personaje, con la cautela de quien sabe que se mueve en una zona donde la documentación es escasa y la ficción debe completar los huecos.
Ella adoraba a su padre, como lo adoraba todo el mundo y, además, compartían la misma pasión. Sin embargo, no le quedó otra que aceptar que para él no era nadie. "Es hija ilegítima y en su partida de bautismo pone que es de padre desconocido, pero a su hermano Lopito, también ilegítimo, sí lo reconoció", expone Bonete. Cuando Lope de Vega se queda viudo, tras la muerte de Juana de Guardo, con un bebé de apenas un mes, se lleva a Marcela y a Lope a vivir con él. "Se los trajo para no sentirse solo y creo que también para cubrir un poco los escarceos amorosos que volvían a producirse", añade. Y es que el escritor, pese a haberse ordenado sacerdote, siguió dando rienda suelta a su pasión por las mujeres.
El encierro en el convento y la libertad
La joven Marcela se autoeduca y acaba dándose cuenta de que su única salida es ingresar en un convento ya que, si la casaban, sería mucho más difícil poder escribir. Con 15 años ingresó en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid: “Gracias al encierro, encuentra una libertad que fuera no tenía”.
Bonete extiende esta paradoja más allá del contexto histórico: incluso hoy, en una sociedad que se percibe como libre, seguimos sometidos a formas de dependencia —del trabajo, de la tecnología— que dificultan la reflexión. En ese sentido, el retiro no aparece como una renuncia, sino como una vía para recuperar un espacio de pensamiento propio.
"¿Acaso encerrarse unos días no te harías recapacitar y pensar en cosas que no tienes la oportunidad de pensar porque estás esclavizado a tantas cosas? Incluso en los tiempos modernos hay un espíritu libre en el convento. Lo está explorando Rosalía en 'Lux' y Ruiz de Azua en 'Los domingos'. Es curioso que en un momento tan contemporáneo y tan alejado de aquel momento de profesión de fe como fue el Siglo de Oro, la novela también esté reflexionando sobre este tema", argumenta el autor.
La historia como punto de partida para explorar conflictos humanos
En lo formal, La hija del Fénix mezcla narración, cartas y poesía. No se trata, según Bonete, de un simple recurso estilístico, sino de una consecuencia de los materiales con los que trabajó. La correspondencia entre Lope y el duque de Sessa fue una de sus fuentes principales, junto con la obra conservada de Marcela. Pero Bonete también situó su novela dentro de una tradición concreta: la de autores que utilizan la historia como punto de partida para explorar conflictos humanos, más que como un fin en sí mismo.
"No es que me quiera comparar, pero mis influencias son la novela histórica que escriben Manuel Mújica, Marguerite Yourcenar y, si queremos un ejemplo contemporáneo, la de Maggie O'Farrell, que no están obsesionados con el contexto histórico, aunque lo respeten, sino que exprimen los aspectos literarios y personales de sus personajes. Esa es la obra a la que yo aspiraba, por supuesto, salvando las distancias con estos grandes escritores", enfatiza.
El resultado es una novela que reconstruye el Siglo de Oro desde una mirada lateral. Más que añadir matices al retrato de Lope, Bonete propone desplazarlo para hacer visible a quien había quedado fuera del foco: Sor Marcela de San Félix, la hija bastarda que tuvo con la actriz Micaela de Luján. Cuatro siglos después, esta mujer adelantada a su época habla desde el único tomo que se ha podido conservar de toda su producción literaria, que ella misma salvó de la quema. Contiene ocho loas espirituales y seis obras de teatro.