Elvira Mínguez (Valladolid, 1965) todavía no sabe a sus 60 años qué quiere ser de mayor. Su curiosidad sin límites le ha permitido transitar por el cine, el teatro y la televisión, pero disfruta especialmente como escritora. "Espero que sufras", nos dice con ironía en una entrevista para ElPlural sobre su nueva novela, 'La educación del monstruo', con la que ha ganado el Premio Primavera 2026, otorgado por la editorial Espasa y Ámbito Cultural de El Corte Inglés, que este año cumple su 30ª edición. Se trata de una historia incómoda que obliga al lector a mirar de frente al miedo y al monstruo que todos llevamos dentro.

La presentación de la novela se ha celebrado por primera vez fuera de Madrid, en la Lonja de la Seda de Valencia, que ha abierto sus puertas de forma excepcional para acoger esta fiesta literaria. El edificio, considerado como uno de los mayores ejemplos del gótico civil de toda Europa, también celebra 30 años desde que fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Elvira Mínguez entre Nativel Preciado y Anabel Alonso durante la presentación en la Lonja de Valencia de 'La educación del monstruo' (Foto: ElPlural)
Elvira Mínguez junto a Nativel Preciado y Anabel Alonso durante la presentación de 'La educación del monstruo' en la Lonja de Valencia. (Foto: ElPlural)

Un viaje al pasado

'La educación del monstruo’, que llegará a las librerías el próximo 15 de mayo, se desarrolla a través de tres épocas distintas y con tres mujeres inolvidables: Matilde, su madre Águeda y Ólvido, la monja superiora del colegio religioso en el que estudió en los años 70.

La historia arranca cuando Matilde, ya en la cuarentena y volcada en la crianza de su hijo de cinco años, entra en pánico al perderlo de vista. Ese miedo, aparentemente irracional, la empuja a reconstruir un recuerdo que conecta con su infancia en Valladolid, en 1977, y con el pasado de su madre en la Alemania de 1963, antes incluso de que ella naciera.

A través de estos tres planos, la novela traza un recorrido por la memoria y los silencios familiares, en una historia que mantiene al lector en tensión mientras se adentra en las zonas más incómodas de la experiencia humana. El relato sitúa además al lector en dos contextos clave: la vida de los españoles que emigraron a Alemania en los años 60 en busca de un futuro mejor y el clima de miedo que se vivió en Valladolid en los años 70 ante la amenaza de un violador en serie que atacaba a niñas.

La violencia atraviesa toda la novela. Mínguez sostiene la tensión de principio a fin en un relato que no da tregua. Nos empuja a reflexionar sobre cuestiones como el origen del mal, el miedo, la culpa, los silencios familiares, el machismo y la religión. Hemos hablado con ella de todas estas cuestiones. 

Entrevista con Elvira Mínguez: “El malo podemos ser todos”

P.- Enhorabuena, Elvira, he disfrutado mucho de tu libro y eso que nos torturas como lectores, una tortura lenta y adictiva.
R.- No se puede decir 'espero que te guste'. No es el término que se puede aplicar a esta novela, con la anterior me pasaba lo mismo. Es como decir: 'espero que sufras'. Pero me alegro mucho de que la hayas disfrutando. 

Elvira Mínguez en la Albufera de Valencia ©Hugo G. Pecellín/Espasa
Elvira Mínguez en la Albufera de Valencia ©Hugo G. Pecellín/Espasa

P.- ¿Cómo recomendarías tu novela a un lector que no sabe nada de ella?
R.- ¡Qué difícil! Sería genial que al final de la novela los lectores reconozcan al monstruo que cada uno llevamos dentro, se familiaricen con él, sean capaces de mirarle y gestionarlo. Me preguntaban que definiera en tres palabras mi novela, sería como construir un recuerdo, es también una novela de investigación, he intentado escribir una novela negra, no un thriller, en la que desde el principio se puede intuir al malo, entre comillas, porque el malo podemos ser todos.

Las mujeres siempre estamos en tela de juicio

P.- La violencia contra la mujer en múltiples sentidos es una constante en todo el libro, nos llevas al pasado cuando muchas cosas se callaban e incluso eran invisibles. ¿Por qué has querido abordar este tema?
R.- Porque soy una mujer. Esa sería la respuesta primera. Porque las mujeres siempre estamos en tela de juicio, porque según van y están yendo las cosas, es importante que nos demos cuenta de que todos los pasos que hemos dado, que son muchos, sin duda, aunque nos queda mucho por recorrer, podemos perderlo en nada. En situaciones complicadas quien va a salir siempre perjudicada es la mujer. Por eso, de alguna manera, me gusta reflejar todo esto y hablar de las mujeres. 

El personaje de Águeda, del que podemos ver una parte en el 63 en Alemania, es una mujer, curiosamente, moderna para ese tiempo, supeditada a su marido, pero es capaz de denunciar de alguna manera lo que le está ocurriendo y enfrentarse a lo que siente. De ella también me interesa la sexualización que hace del personaje de Javier y su culpa.

La hermana Olvido, en el 77, también es una mujer adelantada a ese tiempo. Acaba de morir Franco, en aquel momento desarrollar una carrera era complicado, pero ella quiere estudiar psicología y hacer las cosas de diferente forma, por eso el comisario cuenta con ella para que le ayude en la investigación. 

El personaje de Matilde mayor, en el 2014, se da cuenta de que tiene que revisar lo que está haciendo. La sobreprotección de su hijo de cinco años es el eje central de la novela y el arranque también. También es un personaje valiente que decide encontrarse con el monstruo que tiene dentro. Le ocurre a las tres, que descubren su propio monstruo.

P.- De pequeña sufriste abusos sexuales por parte de tu padre tal y como contaste en una entrevista.  ¿Hay algo de autobiográfico en la novela? Un personaje de la novela, hablando de una de las víctimas, dice que las heridas externas sanan y que lo peor son las heridas psicológicas.

R.- No hay nada autobiográfico en la novela. De hecho, el personaje de Javier lo que sufre son malos tratos por parte de su padre. 'La educación del monstruo' plantea un ámbito de violencia distinto, la de un violador en serie. 

En relación a mi experiencia, no voy a volver a hablar jamás de eso. Quienes tienen que hablar de estas cosas son los especialistas en trauma y es a quienes hay que recurrir. 

La religión es uno de los temas fundamentales en la novela, seguramente uno de los temas fundamentales míos

P.- 'La educación del monstruo' refleja muy bien cómo era la educación y el ambiente en los colegios religiosos de los años 70. Encontrar a una monja como Olvido, que llega a plantearse a Dios, es más que adelantadísimo a su tiempo.

R.- La religión es uno de los temas fundamentales en la novela, seguramente uno de los temas fundamentales míos, y medida que voy escribiendo me voy dando cuenta más. Hace poco en una entrevista me preguntaban por uno de los libros que más me hayan removido y me vino a la cabeza 'Justine o los infortunios de la virtud', del marqués de Sade. En esta novela dos adultos introducen a una joven en el sexo y, al mismo tiempo, en la moral y la religión. Recuerdo que aquello, viniendo de un colegio de monjas y teniendo una educación religiosa en casa -mi padre era ateo y mi madre no practicaba, pero era creyente-, me desestabilizó. Era muy joven y descubrir el diálogo entre el bien y el mal fue como si alguien me pegara una bofetada en la cara.  Yo soy atea y lo que sí hay en mí es un diálogo bastante frecuente sobre cómo cojones se puede permitir todo lo que está ocurriendo y cómo alguien puede creer en un ser superior. ¿Existe alguna manera de poder darle una explicación?

Olvido se lo cuestiona porque es una mujer inteligente, porque vive desde niña con un monstruo que la persigue y porque creo que es monja debido a ese monstruo. 

La mayor parte de las cosas en la vida es una cuestión de fe, no de fe de creer en dioses, pero sí la actitud que tomas frente a determinadas cuestiones

P.- Hay personas que creen en un ser superior o en algo para no enfrentarse al vacío después de la muerte, prefieren creer en algo antes que aceptar que no hay nada. ¿Te has planteado alguna vez algo así?
R.- Cuando me lo planteo estoy convencida de que no hay nada. La mayor parte de las cosas en la vida es una cuestión de fe, no de fe de creer en dioses, pero sí la actitud que tomas frente a determinadas cuestiones, problemas o circunstancias en tu vida. Es lo de siempre, la botella llena o la botella vacía. Cada uno lo hace como mejor le viene.

Olvido no se cuestiona si Dios existe o no, ella cree que existe. Lo que descubre es que Dios también es el mal para poder amarle de forma completa y eso le confiere un carácter al personaje mucho más interesante. La pregunta es ¿Dios es malo? Y descubre que sí, claro.

P.- Yo me eduqué en un colegio religioso como el de la novela y todas estas cuestiones me las he planteado.
R.- Sí, a todas las que hemos estudiado con monjas nos han jodido con eso, con la obligación y la culpa.

Me echaron de la catequesis porque yo cuestionaba todo

P.- La culpa es lo peor.
R.- El limbo es una de las cosas que tengo grabadas. En el colegio me castigaban continuamente. Me echaron de la catequesis porque yo cuestionaba todo y me decían, 'Te vas a quedar en el limbo'. Me tenía aterrada. Para mí es un apeadero, un sitio donde estás solo, terrible.

Yo tuve esa sensación de que uno podría convertirse en un monstruo desde el miedo

P.- Matilde es una madre protectora, que deja todo para cuidar a su hijo. ¿Cómo has sido o eres tú como madre?
R.-  A la hora de escribir, estás en todos los personajes, porque eres tú, pero en lo que más me puedo reconocer es en la sobreprotección de Matilde. Llevo mucho, mucho tiempo trabajando con eso para frenarlo. Yo tuve esa sensación de que uno podría convertirse en un monstruo desde el miedo. A la hora de la verdad, esa manipulación que se hace para evitar el miedo es un ejercicio de egoísmo: mientras tengas al niño más controlado, menos preocupación. Cuando me di cuenta, empecé a trabajarlo para frenarlo, dejando que se escacharrara.

Todo está documentado psicológicamente. He buscado mucho y he aprendido mucho.

P.- Eres muy versátil y haces un montón de cosas, te abriste camino en el mundo del cine viniendo de Valladolid muy joven, con una mano delante y otra detrás.  
R.- No es es para tanto. La gente de ahora lo tiene peor. Yo no creo en la suerte, creo en el trabajo.

P.- ¿Cómo te sientes más cómoda: con la escritura, el cine, actuando o con todo a la vez?
R.- Son formas distintas de contar historias. Llevo 32 años en el mundo del audiovisual y vas acumulando experiencia. No hubiera llegado aquí si no hubiera hecho tampoco tanto trabajo con el análisis de guion. 

Me encanta la escritura: estar en mi casa con las zapatillas puestas, el poncho, levantarme temprano, ponerme a escribir... Esa libertad no la tienes interpretando ni como guionista ni con nada. Es verdad que dirigir 'La sombra de la tierra' [miniserie basada en su ópera prima del mismo título] me ha parecido un trabajo precioso. Tuve la suerte de que me permitieran rodearme de un equipo que sabía más que yo, de otra manera habría sido imposible. 

Tengo 60 años y sigo sin saber qué quiero ser de mayor

Siempre he sido muy curiosa y autodidacta, te diría. Cada día me interesan nuevas cosas e intento aprender de todo. Por eso no soy vocacional en lo de la interpretación, entré de rebote y me he ganado bien la vida en ello.  Si algún día aparece otra cosa, nunca se sabe. En este momento la escritura me encanta, si pudiera vivir solo de esto, seguramente no seguiría con la interpretación. Pero también te digo una cosa, si mañana la vida me coloca la cocina y me encanta, allí estaré. Tengo 60 años y sigo sin saber qué quiero ser de mayor. Hay tantas cosas por hacer. Por eso no hay que darle mucha importancia a lo que hacemos.