En la cartelera estadounidense rara vez aparece una película capaz de concitar un consenso tan amplio… en direcciones opuestas. Melania, el documental centrado en la figura de la primera dama Melania Trump y financiado con una inversión cercana a los 75 millones de dólares, se ha convertido en un fenómeno cultural difícil de clasificar. Para la mayoría de críticos, es poco menos que un desierto creativo; para miles de espectadores, en cambio, representa una reivindicación emocional y política.

Las reseñas profesionales han sido especialmente duras. Algunas lo califican de propaganda sin disimulo; otras hablan de un “vacío arrogante” o de dos horas de tedio sin redención posible. Sin embargo, mientras los textos críticos se acumulaban con tono demoledor, en las salas ocurría algo distinto: los seguidores de Donald Trump acudían en masa, empujando la taquilla por encima de los siete millones de dólares en su estreno y convirtiéndolo en el mejor debut de un documental en la última década.

La respuesta del público no se limitó a comprar entradas. También se trasladó a las plataformas de valoración, donde los mensajes de apoyo se multiplicaron. Uno de los comentarios más celebrados defendía que “todo estadounidense de pura cepa necesita ver esta película para reconocer la gracia, la sofisticación y el poder de la primera dama”. Ese entusiasmo ha tenido consecuencias medibles: Melania ha establecido un nuevo récord de distancia entre la opinión de la crítica y la del público en el histórico agregador Rotten Tomatoes.

Una brecha sin precedentes

Las cifras resumen el choque cultural. En el llamado Tomatómetro -que recoge el porcentaje de críticas profesionales favorables- la película apenas alcanza un 5%. En el indicador del público verificado, el Popcornmeter, roza el 99%. Nunca antes una producción había mostrado una divergencia tan extrema entre ambos mundos.

Paradójicamente, esa valoración popular sitúa al documental por encima de títulos aspirantes a grandes premios cinematográficos, algunos con más del 90% de aprobación crítica. La lectura es inevitable: el éxito de Melania no depende del canon artístico, sino de su capacidad para movilizar a una audiencia concreta.

La propia plataforma de reseñas insiste en que no existe manipulación en los datos y subraya que las valoraciones del público proceden de usuarios que realmente compraron entradas. Aun así, el precedente recuerda a otros títulos asociados a sensibilidades conservadoras que también registraron diferencias notables entre crítica y espectadores, confirmando que el fenómeno no es aislado, sino parte de una tendencia cultural más amplia.

La batalla simbólica de la cultura popular

En Estados Unidos, el entretenimiento se ha convertido en otro campo de confrontación política, donde cada estreno puede funcionar como declaración ideológica. El documental dirigido por Brett Ratner -quien regresa al cine tras años apartado por acusaciones de conducta sexual inapropiada- parece encajar en esa lógica: más que persuadir a los escépticos, refuerza la identidad de quienes ya se sienten representados.

En IMDb, decenas de miles de usuarios han puntuado la película, hasta el punto de activar una alerta por “actividad inusual”. La distribución de notas resulta igualmente polarizada: una gran mayoría concede la puntuación mínima, mientras una minoría muy motivada otorga la máxima calificación. No hay término medio, solo bandos enfrentados.

Entre los comentarios favorables, algunos destacan la emoción colectiva vivida en las salas y presentan la historia como una versión del sueño americano vinculada a la experiencia migrante de la familia Trump. Más allá de la valoración artística, el documental funciona para estos espectadores como relato identitario.

Un rodaje envuelto en sombras

La controversia no termina en la pantalla. Informaciones procedentes del equipo describen una producción marcada por el caos organizativo y por la incomodidad de algunos profesionales, hasta el punto de que varios habrían preferido no aparecer en los créditos. Ratner, preguntado por estas versiones, defendió que comprende las reticencias ideológicas de ciertos trabajadores, aunque restó importancia a la situación.

El resultado final, sin embargo, parece haber cumplido un objetivo distinto al estrictamente cinematográfico: convertir el estreno en acontecimiento político. Cada crítica negativa alimenta la narrativa de agravio entre los seguidores más fieles de Trump, mientras cada aplauso del público refuerza la idea de resistencia cultural frente a las élites mediáticas.

En ese sentido, el documental actúa como espejo de un país fragmentado. Para unos, simboliza propaganda y oportunismo; para otros, orgullo y reconocimiento. Entre ambas miradas no hay diálogo, solo coexistencia tensa.

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