El verano ya no es lo que era. Aunque las olas de calor siempre existieron y, ya mucho antes del calentamiento global, cada verano era “el más caluroso” de la historia o, al menos, de los últimos treinta años (es lo que tiene el sensacionalismo mediático, con el que llevamos conviviendo los españoles desde hace ya muchas décadas), el modo en que nos relacionamos con la temporada estival es totalmente distinto. Pensemos en Madrid durante el mes de agosto. Antaño, en los años ochenta y noventa, la ciudad quedaba por completo despoblada ya que los madrileños se iban en tropel de vacaciones, ya fuese al pueblo, la playa o la montaña. Sin embargo, desde hace casi veinte años uno apenas sabría distinguir el Madrid agosteño del de mayo: en el metro o en la calle uno ve casi la misma cantidad de gente en una temporada que en la otra. Esto, probablemente, se deba, entre otras cosas, a un descenso en el nivel de vida. Digan lo que digan algunos, antes con un sueldo podía fundarse una familia y realizar toda una serie de actividades con esta (ya fuese de ocio o de cualquier otro tipo) que resultan hoy totalmente insostenibles con dos.
Por otro lado, en las ciudades españolas cada vez hay más turistas, y no me refiero a ciudades costeras o lugares con grandes monumentos históricos, sino a centros urbanos repletos de cemento y hormigón. Lo peor es que muchos de estos turistas usurpan las viviendas que habrían de ocupar los nativos, aquellos que habitan la ciudad en el día a día. El turismo es una fuente de ingresos importante para los españoles (o, al menos, para algunos de ellos), pero no está de más que los referidos viajeros se alojaran en hoteles, práctica habitual desde tiempos inmemoriales que, por alguna desastrosa razón, ha dejado de practicarse. Los turistas actuales serían algo así como una nueva tribu urbana en el panorama nacional, no contentos con invadir nuestras calles han de apropiarse de gran parte del espacio habitacional que debería ser de uso exclusivo y necesario: garantizado para aquellos que necesitamos un techo para vivir, no para irnos de vacaciones.
Por otro lado, está el macarrismo piscinero, que ya no es lo que era. Para ir a la piscina pública es necesario comprar una entrada “online” tiempo antes de llegar al lugar y ya no se ven esos quinquis de los ochenta y noventa saltando vallas para darse un chapuzón. Recuerdo en 1991 ir a la piscina de Barrio del Pilar y encontrarme con multitud de gitanillos colándose en la misma, alguno de ellos, de once o doce años, llegaban al lugar en motos de cross. También recuerdo darme un paseo nocturno y vislumbrar a través de la valla de esa misma piscina a una pareja gitana haciendo una barbacoa mientras su hija se daba un chapuzón. Por mí, estupendo, olé sus huevos. Es bien sabido que en Estados Unidos las barbacoas en sitios públicos son cosa de chicanos y afroamericanos o que la apropiación de parques públicos en ciertos países latinoamericanos son cosa de “cholos”. Naturalmente, aquellos que carecen de espacios privados para disfrutar de dichas actividades habrán de hacerlo en otros que pertenecen a todos. Para eso está lo público, ¿no? Para que cualquiera de nosotros podamos hacer uso de ello. No obstante, y a pesar de las transformaciones sociales acontecidas en los últimos tiempos, esperemos que el clásico “chulo piscina” siga existiendo, y por mucho tiempo. “Macarra” y “piscina pública” han sido siempre dos conceptos muy bien avenidos.
Visto lo visto, sin embargo, parece que no todo está perdido. En los tiempos que corren hay quien se quita redes sociales en verano o que, incluso, compra un “móvil tonto” para librarse del ruido de internet. Uno no sabe lo pernicioso que es el referido ruido hasta que se deshace por completo de él, al menos durante unos días. Ciertamente, el verano es una estación que merece ser vivida in situ, sin pantallas ni móviles de por medio. Uno ha de sentir, experimentar y percibir sus olores, colores y sabores de primera mano, no por medio de filtros que alelan, aturden y acontecen. De hecho, quizá habría que intercambiar el nombre de unos móviles con el de otros. Quizá los móviles “inteligentes” no lo sean tanto, puesto que cuanto más los usamos más obtusos nos volvemos. De ello tenemos pruebas más que de sobra. Así que, dicho esto, poco queda ya por decir, si acaso solo: ¡feliz verano a todos! ¡Pásenlo bien y disfruten!
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