Hay una escena de Cinema Paradiso que probablemente ya forme parte de nuestra memoria sentimental. No es siquiera una escena concreta, sino una atmósfera: la plaza del pueblo convertida en sala de cine, las conversaciones que nunca terminan de apagarse, los niños entrando y saliendo de entre las filas, las sillas de madera, los vecinos comentando la película en voz alta. En tiempos no tan alejados en el tiempo, el cine no era solo un lugar en el que ver una película proyectada sobre una pantalla. Era un acontecimiento, quizá la excusa para reunirse.

Quizá por eso los cines de verano producen una nostalgia distinta a la de cualquier otro lugar de encuentro cultural. No remiten únicamente a películas, sino a una forma de estar juntos, de relacionarse. Representan un rito de comunión. Antes de que el entretenimiento se personalizara hasta el extremo —hoy vivimos como mónadas leibnizianas o aislados átomos en tantos sentidos diferentes—, existían espacios donde el ocio todavía era una experiencia compartida, incluso cuando el silencio era parte del espectáculo.

En España, durante décadas, el cine de verano fue un fenómeno social antes que cinematográfico. Bastaba un solar, un patio de colegio o una plaza. Las sillas de tijera, las pipas, los refrescos, el murmullo de fondo y los niños correteando entre las filas de asientos formaban parte del guion. Nadie exigía una experiencia inmersiva. El ruido pertenecía a la película tanto como la banda sonora.

Resulta llamativo que hoy consumamos más cine que nunca y, sin embargo, compartamos menos películas. Las plataformas han convertido lo audiovisual en una experiencia casi completamente individualizada. Cada miembro de la familia sigue una serie distinta, a un ritmo distinto y en una pantalla distinta. Incluso cuando recomendamos una película, el visionado ya no sucede al mismo tiempo. La conversación llega después, si llega.

Eso explica otra transformación menos evidente: ¿existe todavía la película del verano?

Durante los años setenta, ochenta y noventa parecía haber títulos destinados a monopolizar la conversación estival. Tiburón no solo cambió la historia del cine comercial; convirtió muchas playas en escenarios de paranoia colectiva. Después llegarían Grease, Dirty Dancing, Regreso al futuro, Ghost, Jurassic Park o Titanic. Eran películas que se confundían con la estación en la que aparecían. El verano tenía banda sonora, frases repetidas en los recreos y escenas que todo el mundo había visto. Este tipo de películas tenía un fuerte impacto cultural. Recordemos, por ejemplo, que tras estrenarse Grease en España en septiembre de 1978, las calles de nuestro país se llenaron de rockers, tribu urbana que gozó de gran prominencia durante la década de los ochenta —lo que, por otro lado, demuestra que el gusto por lo retro no es algo exclusivo de los años noventa y décadas sucesivas, sino muy anterior—.

Hoy siguen existiendo grandes estrenos, pero cuesta encontrar fenómenos culturales de esa magnitud. La lógica del streaming, como tantos otros inventos digitales de los últimos tiempos, ha fragmentado la atención. El algoritmo ya no necesita reunir a millones de espectadores alrededor del mismo relato. Le basta con mantener a cada uno encerrado en su propio catálogo —algo muy similar a lo ocurrido en el caso de los gustos literarios desde el surgimiento de internet—. Hemos pasado del éxito colectivo al consumo simultáneo de miles de pequeños éxitos.

Paradójicamente, cuanto más desaparece esa experiencia común, más crece la nostalgia por ella. No es casualidad que buena parte de la industria audiovisual viva instalada en el regreso permanente. Secuelas, remakes, precuelas y universos compartidos funcionan como máquinas de producir recuerdos. En este sentido, el verano parece haberse convertido en la estación ideal para reciclar los años setenta y ochenta: neones, bicicletas, cintas de casete, piscinas municipales y canciones producidas con sintetizador.

La nostalgia vende porque ofrece algo que el presente parece incapaz de garantizar: la ilusión de una comunidad perdida. Cuando vemos una película ambientada en un verano de hace cuarenta años, en realidad no echamos de menos exactamente aquella época. Echamos de menos la posibilidad de que existiera una experiencia generacional compartida —o quizá intergeneracional—.

Sucede algo parecido con la representación de las vacaciones. El cine clásico mostraba el verano como un tiempo suspendido. En películas como Verano del 42 (1971) o en muchas producciones españolas de los sesenta y setenta, las vacaciones significaban descubrimiento, primeros amores, largas tardes sin horarios y una cierta despreocupación económica. El verano aparecía como un espacio donde la vida cotidiana quedaba temporalmente interrumpida.

Hoy la relación con las vacaciones parece bastante más ansiosa. El turismo masificado, los alquileres disparados, las playas saturadas y la presión constante por aprovechar cada minuto han convertido el descanso en otra actividad sometida a rendimiento. Ya no basta con descansar. Hay que documentarlo, fotografiarlo y compartirlo. La experiencia corre el riesgo de desaparecer detrás de su propia representación.

Quizá por eso el pueblo ocupa un lugar tan importante en la memoria cinematográfica española. Para varias generaciones, volver al pueblo durante el verano significaba acceder a un territorio de libertad infantil casi absoluta. Los primos, la bicicleta, las noches en la plaza, las verbenas o el río componían un paisaje emocional que hoy aparece idealizado en muchas películas y series.

Lo interesante es que ese imaginario coincide con un momento en el que la “España vaciada” deja de verse únicamente como un problema demográfico para convertirse también en un espacio simbólico. Lo que antes representaba atraso ahora comienza a asociarse con calidad de vida, comunidad y ritmos más lentos. El pueblo cinematográfico quizá nunca existió exactamente como lo recordamos, pero sigue funcionando como una utopía cercana.

También debemos recordar que el cine de verano nació, en parte, por una razón mucho menos romántica: hacía demasiado calor. Antes de la generalización del aire acondicionado, las noches eran el único momento realmente habitable en muchas ciudades españolas —lo mismo ocurría con las iglesias—. Sacar el cine al exterior respondía a una necesidad física además de cultural.

En España, además, el verano cinematográfico fue durante la Transición un laboratorio de cambios sociales. El llamado cine del destape convirtió el bikini en símbolo de una libertad recién conquistada, aunque a día de hoy esa “libertad” a menudo no es contemplada como tal, sino como explotación. Aquellas películas, hoy vistas con distancia crítica, permiten observar cómo una sociedad negociaba públicamente sus nuevas costumbres después de décadas de censura. El cuerpo se convirtió en un indicador político antes incluso de convertirse en un reclamo de taquilla.

Y, como ocurre con todos los veranos memorables, quedan las canciones. Basta escuchar los primeros compases de algunos temas asociados a Grease, Dirty Dancing o tantas comedias estivales para evocar recuerdos que quizá ni siquiera pertenecen a nuestra biografía. Las bandas sonoras construyen una memoria colectiva más resistente que muchas imágenes.

Tal vez ahí resida el verdadero valor del cine de verano. No en la pantalla, sino en todo lo que ocurría alrededor de ella. Mientras las plataformas perfeccionan un entretenimiento cada vez más personalizado, los cines de verano siguen recordándonos algo fundamental: que una película puede verse en solitario, pero una época solo existe cuando alguien más la recuerda contigo.

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora