En 1982, hace hoy 44 años, Eloy de la Iglesia estrenó su clásico Colegas, una historia sobre varios amigos adolescentes del Barrio de la Concepción (en Madrid) que se veían obligados a deshacer un entuerto (con consecuencias inesperadas). A través de su mirada única, el director vasco inmortalizó a una juventud obrera madrileña atrapada entre el paro, el desencanto y la heroína. Analizamos el impacto de esta obra cumbre del cine quinqui y su relevancia sociológica en la cultura urbana.
Estrenada en 1982, Colegas es, sin lugar a dudas, uno de los hitos fundamentales de la filmografía de Eloy de la Iglesia y, para muchos, su mejor película. Enclavada de lleno en el subgénero que solemos denominar como “cine quinqui” o de barriada (a su vez, producto último del cine de explotación de los setenta), la película destaca por ser un documento social vibrante y descarnado. En un momento en el que la Transición española intentaba vender una imagen de modernidad y progreso, el director vasco optó deliberadamente por apartar la cámara de los despachos ministeriales y las “Movidas madrileñas” y enfocarla hacia los márgenes, hacia las calles polvorientas de los barrios del extrarradio madrileño.
La trama nos presenta a un grupo de jóvenes de clase trabajadora - interpretados por unos debutantes Antonio y Rosario Flores, acompañados por el que sería icono indiscutible del cine quinqui de la época, José Luis Manzano, junto a rostros habituales como el Pirri (del barrio de Canillejas) - que se enfrentan a un horizonte vital desolador. El desempleo crónico, la falta de expectativas y el inicio de la terrible epidemia de la heroína que asoló a las clases populares marcan el compás de sus vidas. En este contexto, Colegas no es simplemente una historia de delincuencia; es, ante todo, una historia de supervivencia y de amistad juvenil.
Desde la perspectiva de la antropología cultural y el estudio de los fenómenos urbanos, esta obra de De la Iglesia es una mina de información sobre lo que podríamos denominar el “macarrismo” o la subcultura del macarra ibérico. De hecho, el llamado cine quinqui bien podría denominarse “cine macarra”, puesto que muchos de sus protagonistas no eran quinquis, sino macarras (como ocurre en este caso concreto). Lejos de los estereotipos maniqueos, los protagonistas de Colegas son personajes muy humanos, dotados de una gran dignidad a pesar de sus dificultades y errores. El “macarra” o el chaval de barrio que nos muestra el filme representa a una juventud desideologizada políticamente, pero consciente de su posición subalterna en la escala social. En este sentido, el propósito explícito de De la Iglesia a la hora de hacer su cine era netamente político, al modo de un Pasolini, no el ganar dinero por medio de la pura explotación. Es por ello que Colegas cuenta con un subtexto o moraleja claramente ideológica, y más concretamente de izquierdas.
Estos jóvenes expresan su identidad a través de códigos estéticos y formas de sociabilidad muy específicas: los códigos de la pandilla, la lealtad inquebrantable al “colega”, el desafío a una autoridad institucional o familiar que perciben como hostil y un lenguaje crudo y directo que no puede sino despertar el interés y la atención del espectador por vía del shock. Los “colegas” funcionan aquí como una verdadera familia sustitutoria, un espacio de refugio donde protegerse de un entorno hostil y desigual.
Uno de los logros del cine de Eloy de la Iglesia fue abordar temas tabú sin caer en la mera explotación sensacionalista. Cuestiones como el aborto clandestino y el tráfico de bebés son tratadas en Colegas con una crudeza que incomoda al espectador, obligándole a mirar de frente las consecuencias más oscuras de la pobreza. Sin hacer juicios morales, el director asume una postura de crónica social, donde la tragedia de los personajes representa el resultado inevitable de un sistema que les ha negado cualquier vía de escape.
El consumo de drogas, que es representado sin velos (los propios actores son filmados consumiendo drogas; por poner un ejemplo, se ve a Quique San Francisco soplar con un tubo metálico un tiro de cocaína en la garganta de un joven anónimo, al tiempo que los actores fuman porros y esnifan droga), se aborda no como una simple elección, sino como una forma de evasión ante una realidad insoportable. Los chavales de Colegas son, en el fondo, víctimas de un abandono institucional masivo durante los primeros compases de la democracia, convirtiéndose en los grandes olvidados del nuevo orden político y económico español.
Revisitar Colegas hoy en día nos permite comprender mejor las raíces de muchas dinámicas sociales que siguen presentes en nuestros barrios. La marginalidad ha mutado sus formas, pero las lógicas de exclusión y la construcción de identidades juveniles como respuesta a la falta de oportunidades continúan siendo temas de candente actualidad. Hay que decir, por otra parte, que la película no solo tiene un valor documental e ideológico, sino que, como suele ocurrir con el cine de Eloy de la Iglesia, es sumamente entretenida, al tiempo que estéticamente atractiva.
En conclusión, Eloy de la Iglesia demostró con esta película una gran audacia (como siempre) y una capacidad de observación sociológica al alcance de muy pocos. Colegas sigue siendo un testimonio fundamental, una obra de culto indispensable para entender las sombras de la Transición. Nos recuerda que la historia de España no solo se escribe en textos oficiales, sino también sobre el asfalto, en los bloques de viviendas construidos a toda prisa y en los rostros de una generación cuyos miembros fueron sistemáticamente silenciados (algo que no deja de ocurrir a día de hoy).
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