No llevaba capa negra, no juró proteger el Muro y, desde luego, nadie le dijo aquello de “no sabes nada”. Pero este médico británico del siglo XIX cambió para siempre la forma en la que entendemos las epidemias. Y lo hizo con un mapa, una bomba de agua y una intuición que valía más que todos los dragones de Daenerys.
Hay nombres que llegan tarde a la fama. O peor, que llegan antes, hacen historia, salvan vidas y luego aparece una superproducción de HBO para que medio planeta los confunda con un señor despeinado que mira al horizonte como si acabara de recordar que ha dejado el horno encendido en Invernalia. Ese es, más o menos, el destino pop de John Snow.
Sí, John Snow. Con hache. El de verdad. El original. El que no mató a ningún Rey de la Noche, pero sí ayudó a derrotar a un villano bastante más real, el cólera. Porque mucho antes de que Jon Snow -sin hache- se convirtiera en uno de los rostros más reconocibles de Juego de tronos, otro Snow ya se había ganado un lugar en la historia. No de Poniente, sino de la medicina.
Nuestro primer protagonista nació en York en 1813 y fue médico en una Inglaterra donde enfermar podía ser una experiencia bastante parecida a entrar en una taberna de Desembarco del Rey, peligrosa, sucia y con muchas probabilidades de acabar mal. En aquel tiempo, la teoría dominante para explicar enfermedades como el cólera era la del miasma, una idea según la cual los males se transmitían por el aire pestilente. Dicho en fino, si olía mal, mataba. Un razonamiento que hoy nos parece limitado, pero que durante años orientó políticas sanitarias, urbanismo y tratamientos.
John Snow, sin embargo, sospechaba que el problema no estaba exactamente en el aire, sino en el agua. Y aquí empieza la parte detectivesca del asunto. En 1854, un brote de cólera arrasó el barrio londinense del Soho. Mientras muchos seguían mirando al cielo, al olor y a las emanaciones invisibles, Snow miró al suelo, a las calles, a las casas y a una fuente pública situada en Broad Street. Fue casa por casa, recogió datos, localizó fallecimientos y los colocó sobre un mapa. Lo que encontró fue una concentración clarísima de casos alrededor de una bomba de agua concreta.
No necesitó un cuervo de tres ojos para ver el patrón. La enfermedad parecía estar vinculada al consumo de agua contaminada de aquella fuente. Snow convenció a las autoridades para retirar la palanca de la bomba, impidiendo que los vecinos siguieran bebiendo de ella. El gesto se ha convertido en una escena fundacional de la epidemiología moderna. Una especie de “el invierno se acerca”, pero en versión sanitaria. Si no entiendes cómo se propaga una enfermedad, la enfermedad gana.
Lo fascinante es que Snow no solo tuvo razón, tuvo método. No se limitó a tener una corazonada de médico iluminado, sino que utilizó datos, observación, cartografía y comparación. Por eso se le reconoce como precursor y padre de la epidemiología moderna. Un título mucho más útil que el de Rey en el Norte, aunque quizá menos vistoso para camisetas.
Además, John Snow también fue una figura clave en el desarrollo de la anestesia. Llegó a administrar cloroformo a la reina Victoria durante el parto de uno de sus hijos, contribuyendo a popularizar una práctica médica que todavía generaba recelos. Vamos, que el hombre no se conformó con una sola revolución científica.
Y entonces está el otro, Jon Snow, sin hache, hijo bastardo de Ned Stark, miembro de la Guardia de la Noche, heredero de secretos familiares imposibles y protagonista de una de las frases más repetidas de la televisión contemporánea, “You know nothing, Jon Snow”. En la serie de HBO, interpretado por Kit Harington, Jon es el héroe melancólico por excelencia. Noble, atormentado, con tendencia a tomar decisiones dramáticas bajo la nieve y con una vida sentimental bastante menos saludable que beber de una fuente contaminada del Soho victoriano.
La ironía es deliciosa. El Snow ficticio “no sabía nada”, mientras que el Snow real supo ver lo que casi nadie veía. Uno se enfrentó a muertos vivientes. El otro, a muertos muy vivos en las estadísticas. Uno defendió un muro. El otro derribó un muro mental, el de las teorías médicas equivocadas. Uno conquistó audiencias. El otro conquistó algo más difícil, evidencia científica.
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