"Prefiero ser el primero en una aldea que el segundo en Roma". Pocas frases han quedado tan asociadas a la ambición de Julio César, cuya trayectoria política y militar estuvo marcada por una búsqueda constante de prestigio y poder que terminó llevándolo desde una posición relativamente secundaria dentro de la aristocracia romana hasta el control prácticamente absoluto de la República.

La frase no aparece en ninguno de los textos de César que han llegado hasta nuestros días, sino que la conocemos gracias a Plutarco, que la recogió en su Vida de César, escrita más de un siglo después de la muerte del general. Según cuenta el autor griego, César atravesaba los Alpes cuando sus acompañantes, al pasar junto a una pequeña población, comenzaron a bromear sobre la posibilidad de que incluso allí existieran rivalidades políticas, disputas por ocupar cargos y enfrentamientos entre quienes aspiraban a convertirse en los hombres más importantes del lugar.

César, lejos de seguirles la broma, habría respondido que preferiría ser el primero entre aquellas personas antes que ocupar el segundo puesto en Roma, una afirmación que, aunque no podemos saber si fue pronunciada exactamente en esos términos, terminó convirtiéndose en una de las anécdotas más utilizadas para explicar su personalidad.

Porque si algo atraviesa la biografía de Julio César es precisamente su capacidad para ascender dentro de un sistema político extremadamente competitivo hasta situarse por encima de quienes, durante buena parte de su vida, habían acumulado más riqueza, influencia y poder que él.

De perseguido por Sila a figura de la política romana

Cayo Julio César nació en Roma en el año 100 a. C. y pertenecía a la gens Julia, una antigua familia patricia que podía presumir de un origen prestigioso, aunque en aquel momento no se encontraba entre las casas más poderosas de la República. Su parentesco con Cayo Mario, uno de los grandes protagonistas de las luchas políticas de las décadas anteriores, y su matrimonio con Cornelia, hija de Lucio Cornelio Cinna, lo situaron desde muy joven cerca del sector enfrentado a Sila.

Cuando este último se hizo con el poder, César recibió la orden de divorciarse de Cornelia, pero decidió no hacerlo, una negativa que provocó su persecución y que le obligó a abandonar Roma mientras familiares y personas influyentes intentaban conseguir su perdón. La intervención de sus parientes y de las vírgenes vestales permitió finalmente que salvara la vida, aunque durante un tiempo consideró más prudente mantenerse alejado de la capital.

A partir de entonces comenzó una carrera en la que se combinaron el servicio militar, la oratoria y una creciente actividad política. Tras regresar a Roma después de la muerte de Sila, ejerció como abogado y empezó a adquirir notoriedad gracias a sus intervenciones públicas, antes de continuar avanzando por las distintas magistraturas que componían el cursus honorum romano.

Mucho antes de convertirse en el hombre que decidiría el destino de Roma, sin embargo, protagonizó uno de esos episodios que las fuentes antiguas utilizaron para construir la imagen de un personaje extraordinariamente seguro de sí mismo.

El día en que unos piratas secuestraron a Julio César

Mientras viajaba hacia Rodas para ampliar su formación en retórica, César fue capturado por unos piratas que exigieron veinte talentos por su liberación. Según el relato que ha llegado hasta nosotros, la cantidad le pareció tan pequeña que se burló de sus propios secuestradores y les dijo que pidieran cincuenta, mientras enviaba a sus acompañantes a conseguir el dinero necesario para pagar el rescate.

Durante los 38 días que permaneció retenido mantuvo con sus captores una relación insólita para alguien que se encontraba privado de libertad, ya que escribía discursos y poemas que después les obligaba a escuchar, se enfadaba cuando no mostraban suficiente entusiasmo e incluso les advertía de que, cuando fuera liberado, regresaría para castigarlos. Aquello que los piratas podían interpretar como la arrogancia de un joven aristócrata terminó convirtiéndose en una amenaza real, porque, una vez pagado el rescate y recuperada su libertad, César organizó una fuerza naval, persiguió a quienes lo habían secuestrado y consiguió capturarlos antes de ordenar su ejecución.

El episodio, transmitido por las fuentes antiguas y repetido durante siglos, contribuyó a construir una imagen de César que volvería a aparecer en diferentes momentos de su vida: la de un hombre con una confianza extraordinaria en su propio destino y poco dispuesto a aceptar una posición subordinada.

Una carrera política construida para llegar arriba

Su ascenso dentro de las instituciones romanas fue progresivo y estuvo acompañado de una enorme inversión en su propia popularidad, hasta el punto de que durante su etapa como edil organizó unos espectáculos de tal magnitud que terminó acumulando deudas de varios cientos de talentos.

El gasto tenía también una evidente dimensión política, porque los juegos públicos eran una herramienta para conseguir el favor de los ciudadanos, y César comprendió muy pronto que la popularidad podía convertirse en una forma de poder dentro de una República en la que las grandes familias competían permanentemente por magistraturas, prestigio y reconocimiento. Después de ejercer diferentes cargos, alcanzó el consulado en el año 59 a. C. gracias, entre otros factores, a su alianza con Pompeyo y Craso, los otros dos grandes protagonistas de lo que posteriormente sería conocido como el Primer Triunvirato. Aquella asociación informal permitió a los tres hombres condicionar durante años la política romana, aunque el equilibrio entre ellos estaba destinado a deteriorarse a medida que César acumulaba un poder propio cada vez mayor. La oportunidad definitiva para conseguirlo no apareció en Roma, sino al otro lado de los Alpes.

Las guerras de las Galias que cambiaron su posición en Roma

Tras finalizar su consulado, César recibió el gobierno de la Galia Cisalpina, la Galia Transalpina e Iliria, desde donde inició una serie de campañas militares que durante los años siguientes ampliarían considerablemente los territorios controlados por Roma y, al mismo tiempo, transformarían su posición política.

Las llamadas guerras de las Galias permitieron a César someter amplias zonas de los actuales territorios de Francia, Bélgica, Países Bajos y Alemania, además de realizar expediciones a Britania y cruzar el Rin hacia Germania. La gran resistencia encabezada por Vercingétorix terminó siendo derrotada en Alesia, una victoria que consolidó el prestigio militar de un general que ya podía presentarse ante los romanos como uno de los grandes conquistadores de su tiempo.

Pero aquellas campañas habían producido algo todavía más importante para su futuro político, porque César disponía ahora de un ejército experimentado que había pasado años combatiendo bajo sus órdenes y cuyos soldados mantenían una estrecha relación con su comandante. Mientras su prestigio crecía, la alianza con Pompeyo se deterioraba y una parte del Senado observaba con creciente preocupación la posibilidad de que César regresara a Roma acompañado por el poder que le habían proporcionado sus conquistas.

Cruzar el Rubicón y convertir una crisis política en una guerra

Cuando el Senado le exigió que abandonara su mando militar y regresara a Roma, César se encontraba ante una decisión que podía determinar el resto de su vida, ya que entregar sus legiones significaba perder la protección política que le proporcionaba el ejército y exponerse a las acciones judiciales que sus enemigos preparaban contra él.

Su respuesta fue cruzar el río Rubicón acompañado por sus tropas en el año 49 a. C., desafiando de esa manera las órdenes senatoriales y desencadenando una nueva guerra civil. La tradición situó en aquel momento la expresión "alea iacta est", habitualmente traducida como "la suerte está echada", aunque, como ocurre con tantas frases asociadas al general romano, resulta difícil reconstruir con absoluta seguridad las palabras exactas que pronunció.

Lo que sí conocemos son las consecuencias de aquella decisión, porque César se enfrentó al sector senatorial encabezado por su antiguo aliado Pompeyo y consiguió imponerse después de una sucesión de campañas y victorias, entre ellas las de Farsalia, Tapso y Munda, que terminaron convirtiéndolo en el hombre dominante de la República. La frase que Plutarco había situado años antes en aquella pequeña población de los Alpes adquiría entonces un significado diferente: el hombre que supuestamente prefería ser primero en una aldea antes que segundo en Roma estaba cada vez más cerca de conseguir precisamente el primer puesto en Roma.

Cleopatra y el "Veni, vidi, vici"

La guerra civil llevó también a César hasta Egipto, donde intervino en el enfrentamiento dinástico que afectaba al reino y apoyó a Cleopatra VII, con quien mantuvo una relación que acabaría convirtiéndose en uno de los episodios más conocidos de su biografía. Mientras todavía estaba inmerso en los conflictos derivados de la guerra civil, tuvo además que enfrentarse a Farnaces II del Ponto, al que derrotó en la batalla de Zela en una campaña cuya rapidez quedó resumida, según la tradición, en otra de las expresiones más famosas asociadas a César: "Veni, vidi, vici", es decir, "Vine, vi, vencí".

Cuando regresó definitivamente a Roma después de derrotar a sus principales enemigos, ya no quedaba ninguna figura capaz de competir con él en igualdad de condiciones, de modo que el problema político de la República dejó de ser quién podía vencer a César para convertirse en qué hacer con un hombre que había acumulado una cantidad de poder desconocida dentro de un sistema construido precisamente para impedir que una sola persona pudiera ejercerlo de manera permanente.

El hombre que terminó siendo primero en Roma

César fue acumulando cargos y atribuciones hasta ser nombrado dictador perpetuo, mientras impulsaba reformas económicas, administrativas y urbanísticas que modificaron diferentes aspectos de la vida romana. Entre ellas estuvo la creación del calendario juliano, que sustituyó al antiguo calendario republicano y cuya estructura, con posteriores modificaciones, continúa estando en el origen del calendario utilizado actualmente.

Su influencia fue tan profunda que incluso su nombre sobrevivió a la persona. "César" dejó con el tiempo de funcionar únicamente como un apellido familiar para convertirse en un título vinculado al poder imperial, del que posteriormente derivarían términos como "káiser" y "zar", mientras que el mes de julio conserva todavía el nombre de la familia a la que perteneció.

Sin embargo, cuanto mayor era su poder, mayor era también el temor que provocaba entre aquellos senadores que consideraban que la acumulación de honores y atribuciones estaba vaciando de contenido las instituciones republicanas y podía desembocar en la restauración de una monarquía, una posibilidad especialmente sensible en una cultura política que había construido buena parte de su identidad sobre el rechazo a los antiguos reyes de Roma. De ese temor nació la conspiración que acabaría con su vida.

Los idus de marzo y el asesinato de Julio César

El 15 de marzo del año 44 a. C., durante los célebres idus de marzo, César acudió a una reunión del Senado en la que un grupo de conspiradores, entre los que se encontraban Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, lo rodeó y lo asesinó.

Quienes participaron en el magnicidio pretendían acabar con el poder personal de César y preservar la República, pero su muerte no consiguió devolver a Roma al equilibrio institucional anterior, sino que abrió un nuevo periodo de enfrentamientos y guerras civiles en el que terminarían imponiéndose quienes se presentaban como sus herederos políticos. Entre ellos se encontraba Cayo Octavio, sobrino nieto de César y heredero adoptivo, quien después de años de enfrentamientos terminaría derrotando a sus rivales y concentrando el poder bajo el nombre de Augusto, considerado el primer emperador romano.

La muerte de César, por tanto, no consiguió detener el proceso político que sus adversarios asociaban con él, sino que terminó formando parte de la transformación definitiva de la República romana.

"Prefiero ser el primero en una aldea que el segundo en Roma"

Cuando Plutarco escribió la biografía de César más de un siglo después de aquellos acontecimientos, encontró en la anécdota de la pequeña población de los Alpes una manera extraordinariamente eficaz de condensar la personalidad que las fuentes antiguas habían construido alrededor del personaje. Según su relato, mientras sus acompañantes se preguntaban en tono de broma si incluso en un lugar tan pequeño habría hombres disputándose los primeros puestos, César respondió que preferiría ser el primero allí antes que ocupar el segundo lugar en Roma.

Resulta imposible saber si la conversación ocurrió exactamente así o si las palabras fueron pronunciadas de la manera en que Plutarco las transmitió, especialmente porque existe una distancia temporal considerable entre la vida de César y la redacción de su biografía. Sin embargo, la frase ha sobrevivido durante siglos precisamente porque encaja con una trayectoria en la que el militar romano fue superando uno tras otro los escalones de la política republicana, primero compitiendo por las magistraturas, después construyendo su prestigio mediante las conquistas militares y finalmente enfrentándose a quienes podían impedirle ocupar la posición dominante.

El joven aristócrata que, según Plutarco, prefería ser primero en una pequeña aldea antes que segundo en Roma terminó consiguiendo aquello que la anécdota parecía anticipar, aunque cuando finalmente llegó a ser el primero en Roma, la concentración de poder que había hecho posible su ascenso también contribuyó a crear las condiciones que acabarían conduciéndolo hasta los idus de marzo.

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