Esta semana tenía planeado escribir en Café con Hennessy sobre el rapero Coolio y su relación con Stevie Wonder y su colosal álbum Songs in the Key of Life, que cumple la cifra redonda de medio siglo. Desde el domingo lo tenía todo planeado, consultado y esquematizado para darle teclazos al folio en blanco. Pero, como en muchas ocasiones pasa en esta profesión, sobre todo a los que nos comprometemos a la puntualidad de escribir un texto semanal, lo planeado puede romperse por el sincero impulso de escribir sobre otro tema cuando ves algo que te hace clic. El resorte fue un artículo publicado este lunes por Sustrato, firmado por Javier Pomares, bajo el título La banalidad de la cultura, con un subtítulo que decía: Todo acto de inteligencia ha de apuntar contra un hijo de puta. En el texto, Pomares desarrolla una tesis tan clara como honda: la importancia de posicionarse, señalar y estar dispuesto a ganarse enemigos como indicador de orgullosa distinción y salubridad en la crítica, la sociedad y los ambientes culturales, en demasiadas ocasiones borrachos de cursilerías y vacuidad.
“La cultura ha olvidado cómo tener enemigos. Ha olvidado para qué sirven y por qué es necesario tenerlos, y en la misma medida en que se ha desacostumbrado a odiar, ha perdido también su habilidad para relacionarse críticamente con su época. La cultura es hoy, y de manera además decidida, inofensiva [...] La banalidad de la cultura es el entretenimiento, el comentario sin fin o la cháchara. La cultura es hoy, y de manera además decidida, inofensiva [...] Cuando una cultura carece de enemigos carece también de propósito y, por lo tanto, está condenada a la banalidad, a ser mediocre”, escribe lúcidamente Pomares en su diagnóstico. La corrosión clientelar, amable e inofensiva de la cultura tiene que ver, entre otros elementos, con la cobardía para no asumir molestias ni fricciones que desencadenen en posibles enemigos. Los alimentos se curan con sal, no con azúcar. Y la cultura no necesita más dosis de glucosa porque está empachada por gente que mercadea métricamente en redes con ella, llevándola a una diabetes gravísima. ¿No es esto otro síntoma más del veneno que ha degradado la conversación cultural?
Tampoco se trata de ir buscando enemigos por ahí gratuitamente, sino de defender la disposición a entrar en conflicto cuando uno considera que algo merece ser señalado, vigilado o criticado. Asumir que pueden aparecer enemigos eventuales es una de las formas más potentes a nivel simbólico de decir “no somos como esta gente”, es poner una línea y diferenciarnos entre lo tolerable y lo ruin; entre unos discursos y otros; entre la dignidad o la indignidad. Y hay que decirlo abiertamente y sin complejos: basta ya de pistolas que disparan flores, de bienquedismo y discursos cursis que no llevan a nada. Basta ya de callar por miedo a enfadar, si se enfadan pues que se desenfaden, es problema de ellos.
¿Quién no ha conocido a personas que hacen esfuerzos sobrehumanos para caerle sospechosamente bien a todo el mundo y luego han resultado ser una farsa con patas? ¿Quién intentó recientemente, sin éxito, ser equidistante y quedar bien con todo el mundo? ¿Os suena un pelirrojo llamado Ed Sheeran? El odio bien canalizado también puede ser una gasolina para tomar acción, como comenta Kiko Amat en su libro Los enemigos: o cómo sobrevivir al odio y aprovechar la enemistad: “Cuando uno tiene enemigos vive la vida en guardia. Tener enemigos nos obliga a estar despiertos y alerta, a cuidar de lo nuestro, a no dejarnos arrastrar por la vagancia, la negligencia, el hedonismo tontaina o la desatención [...] Tener enemigos nos tensa, nos alimenta y nos despierta”. La batalla y la crítica cultural y dialéctica suceden a cada segundo, a cada minuto, a cada hora, a cada día… Es una guerra eterna que trascenderá a todos, a mi muerte, a vuestra muerte y a todas las que vengan. Por ello, mientras estemos aquí, hay que tomársela muy en serio: hay que coger el boli, el ordenador o cualquier medio de expresión y ametrallar contundentemente con argumentos a quien o a lo que cada uno considere que haya que disparar.
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