Abro Instagram y un reel blanquecino a punta de algoritmo me amenaza con un título en mayúsculas: HOY HABLAMOS DE LA EVOLUCIÓN DE CRUZ CAFUNÉ. Deslizo con el dedito y aparece otro reel salvaje: LA CARRERA DE DIEGO 900. Vuelvo a deslizar y otro: TE EXPLICO ESTA BARRA DE HOKE. Deslizo y… LA HISTORIA DE HIJOS DE LA RUINA. Maldita sea, ¿otra vez esto? Tengo la sensación de que veo los mismos reels de los creadores de contenido una y otra vez. Un déjà vu constante que me lleva a pensar que todo es un reciclaje perpetuo, comida de aprovechamiento, y que, en el fondo, siempre hablan de lo mismo. Cruz Cafuné, Diego 900, L’Haine, Ralphie Choo, Delaossa o C. Tangana son los artistas comodines para los creadores de reels cuando no saben de qué hablar. Los imagino en su casa pensando: «Mmmmm, no sé qué subir hoy. Ah, sí, otro vídeo repasando la carrera de Delaossa. ¡Ideaza top!». Están omnipresentes, como en la famosa escena de la película El sexto sentido, cuando Cole, asustado, le dice a su psicólogo Malcolm que ve muertos todo el tiempo, moviéndose por ahí como gente normal y por todas partes, sin saber que están muertos.

Hay otro requisito importante para que estos creadores elijan este tipo de artistas y vídeos, y no tiene nada que ver con la música ni la cultura, sino con la pura estética: que el contenido y los artistas de los que hablan sean ‘guays’ y encajables en el lifestyle y el feed del creador. Para ellos, sus reels son, simple y llanamente, una proyección identitaria y generacional de aquello de lo que hablan; todo lo que esté fuera de sus vivencias queda fuera porque, claro, para ello habría que dedicar horas a investigar música o historias que no sean de su tiempo. Y eso es incómodo porque requiere pensar y asentar conocimientos, y eso, para muchos de ellos, es casi un pecado porque no hay tiempo que perder. Es mejor hablar de alguien que ellos y su público conocen. Así ganan todos: el artista, por la promo gratuita; el creador, porque crea relaciones positivas con el artista, que incluso a veces le hace repost, otorgándole así una simbólica medalla validatoria; y, por consiguiente, por el número de visitas que alcanza el vídeo, que al final es la métrica definitiva de esta era digital: el capital social por el que una marca, artista o agencia te contacta para hacer colaboraciones y pagarte dinero.

Por eso Fabiola Zamorín, especialista en marketing, ve completamente normal hacer un infame vídeo diciendo que algunos creadores de contenido deberían cuidar más lo que dicen porque, si no, iban a perder la oportunidad de trabajar con los artistas. Zamorín insinúa a tumba abierta que la prioridad debe ser crear contenido blanco, sin fricción, y hacer de cheerleader porque, si no, al artista no le vas a caer bien, como si ese debiera ser el objetivo final de hacer vídeos. Sin pretenderlo, a Zamorín le salió el take por la culata y resumió en un TikTok el servilismo que hay en el mundillo.

En el fondo, parece que lo que le había molestado es que ya no podía engatusar a un creador de contenido porque había hablado de forma crítica sobre un artista de su círculo. El caso es que, si ella tacha de la lista a una persona por no ser un adulador, el problema es de ella y su nula tolerancia a la crítica, de nadie más. Quizás las agencias, los mánagers y las personas encargadas de las relaciones públicas de los artistas deberían empezar a entablar también relaciones con gente que alguna vez ha sido críticamente respetuosa con sus artistas; eso fortalecería el panorama y lo inyectaría de madurez, salud y altura de miras, siendo mejor para todos. Pero parece que ahí solo hay pastel para los masajes. Los demás estamos considerados casi como Bin Laden. Esto es, a grandes rasgos, cómo funciona el panorama de reels musicales de la mal llamada escena urbana. Sin trampa ni cartón. La música y la cultura no son prioridad: son viales de sangre que los creadores de reels al poner sus rostros, vampirizan para adquirir visibilidad en redes.

A esto se le añade la jerarquización de la belleza en la creación de contenido explicativo, de la que habla Ruby Thelot, diseñador y ciberetnógrafo: “Muchas de estas personas influyentes, para ser sinceros, son atractivas e inteligentes. Los formatos tradicionales (libros de texto, conferencias) que se impartían en la escuela quizás no eran tan atractivos como una persona guapa con un micrófono y una edición impecable”. Laura Pitcher, autora de un brillante artículo en DAZED que habla sobre la epidemia de vídeos explicativos cortos en la que estamos inmersos, añade una importante paradoja: “La ironía, por supuesto, reside en que las mismas plataformas que hacen que el conocimiento parezca más accesible suelen impulsar el contenido de personas consideradas ‘atractivas’ en el sentido convencional, lo que significa que ni siquiera la vida intelectual está completamente exenta de la jerarquía de belleza de internet”.

Uno de los venenos que más hemos interiorizado es que haya que aspirar a la síntesis, a los resúmenes, a dejarlo todo mascadito, como cuando tenías cinco años y tu madre te machacaba las papas con carne para que te las comieras. El informe PISA, termómetro que mide cómo está la educación de un país, dejó hace unos días un dato completamente revelador: somos un desastre en cuanto a comprensión lectora y nos cuesta leer textos de más de 400 palabras. Este drama es multifactorial, pero las pantallas y su dictadura de la fragmentación y el contenido dopamínico, corto y desechable de los reels y TikTok tienen su parte de culpa. Tenemos mucha menos capacidad de concentración, nos dispersamos más que antes y la única ilusión de aprender es a través de vídeos cortos. Pero, como diría Sergio del Molino en una columna de El País, “los reels son tenderetes de trileros donde han encontrado una buena fuente de ingresos haciendo creer a millones de personas que se puede aprender algo sin más esfuerzo que empujar con el dedito el siguiente reel [...] Protéjanse de ellos: no hay nada que merezca la pena que se pueda aprender en un minuto. Nada”.

Este tipo de creadores de contenido son los anuncios de una película; la pausa publicitaria necesaria para que todo siga circulando, pues lo verdaderamente importante siempre viene después de los anuncios; solo hay que tener paciencia. Como decía Pitcher, “aprender no se trata solo de tener algo que decir; también requiere la paciencia de asimilar las ideas de otros antes de hacerlas propias. Eso significa ver algo hasta el último segundo o leer un texto hasta el final; si sigues aquí, lo lograste”.

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