No hay comentaristas que narren las mejores jugadas, ni cámaras que las guarden para la posteridad. Ni siquiera suele haber público, salvo alguna novia voluntariosa o un crío que una vez le pide a su padre que le lleve a su partido de fútbol de los lunes, quizá creyendo que va a encontrarse a alguno de los jugadores que ve por la tele. Desde la ausencia de ego y atiborrados de las endorfinas que nos siguen acompañando desde que teníamos tres o cuatro años, controlamos un balón por primera vez y encaramos sobre el asfalto del patio del colegio o la arena del parque a un rival inexistente, todos los lunes por la noche nos juntamos quince o veinte tipos a jugar al fútbol en el Centro Deportivo Municipal Marqués de Samaranch, porque siempre quedan goles por marcar y derrotas que aprender a encajar.
Jugamos blancos contra rojos, como en una revolución rusa de mentira. No tenemos equipaciones y cada uno puede venir con la camiseta que más le guste. A veces, ni siquiera se respeta el código de vestimenta y un tipo de cuarenta y cinco años baja ilusionado las escaleras que dan al campo, con su mochila al hombro, llevando una camiseta preciosa de color negro del Chelsea o del Albacete que le han regalado por su cumpleaños, pretendiendo incorporarse como si nada al equipo rojo. Y claro que lo consigue; pagando un par de bromas de peaje, por supuesto. Aquí todos tenemos claro que hemos venido a divertirnos como cuando el fútbol era lo más importante del mundo y llegábamos a clase muy ufanos con la equipación nueva de nuestro equipo favorito.
Los equipos cambian cada vez, pero siempre somos los mismos. Gon, que el día antes de su cumpleaños número 65 marcó tres goles con la clase que nunca abandona a los verdaderos jugones y se hizo una foto posando con el balón. Domi, que lleva el fútbol en su cabeza brillante mejor que cualquier jugador de primera división y que nos busca siempre en largo, por encima de la defensa, a los que todavía podemos esprintar por mucho que el fin de semana haya sido toledano. Alfredo, gambetero ambidiestro de Burgos, que me ha enseñado regates que no había visto jamás y que, por supuesto, jamás podré ejecutar, porque hay cosas que solo se aprenden cuando eres un niño. Juan, que de tan rápido corre hacia la portería contraria, a veces marca gol entrando en ella. Juanjo, que siempre pide que le pongan en el equipo de Nacho, su hijo y el mejor de todos nosotros, creo que por miedo a no poder hacer su trabajo como pilar de cualquier defensa sin remordimientos de chafarle un gol a quien más quiere.
Jorge y Héctor, hermanos salidos de un episodio de Oliver y Benji, que llevan el peso de los goles del equipo con el que vayan y que no paran de discutir cariñosamente entre ellos, jueguen juntos, separados o con su padre, Raúl, que lleva el gol en la sangre y se lanza desde la defensa una y otra vez contra las líneas enemigas. Fer, que desde hace un par de años solo viene a las cenas de despedidas de la temporada porque estaba feo que un tipo que podría ser tu padre sea el más rápido del campo y porque nos quiere dejar alguna noche de gloria a los que intentamos tomar el relevo. Quique, Edu, Juanma, Chema, Carlos y Rulo -con la mejor zurda dentro de la M-30-. Isaac, granaíno británico y rockero, que siempre sabe donde tiene que estar en el campo y aún así siempre se lleva un mal golpe que le lleva al suelo. Para la historia quedará su golazo el día que vino directo de una comida de trabajo a las 10 de la noche. Chus, que mientras más veces pierde su sitio en la defensa y se juega un pase horizontal con más peligro que una mala cornada, más le queremos (cuando termina el partido, claro) siempre en nuestro equipo. Pika, Pablo, David, Ben. Y muchos más que acuden a la llamada cuando la vida adulta -los críos, el curro, las cosas- les deja.
Poco a poco los más jóvenes vamos ocupando posiciones y llenando las convocatorias, pero todavía somos incapaces de regatear con soltura a ninguno de estos maravillosos veteranos de guerra, curtidos en mil partidos de barrio. Algunos de ellos llevan jugando juntos desde antes de que yo naciera, y eso que hace tiempo que dejé de ser el benjamín del futbol de los lunes. Puedo recitar la alineación de memoria como si se tratara del once que ganó el Mundial con España, pero esta me gusta más. Sin contar alguna caña puntual postpartido esos días en los que entra el picorcillo del tercer tiempo el primer día de la semana, nos hemos hecho colegas simplemente jugando al fútbol. Yo siempre que puedo voy, y siempre escucho atento y siempre aprendo de los seniors, y les admiro porque quiero ser como ellos: jugadores de fútbol para siempre.
Esta historia no estaría completa sin mencionar la paciencia que me tienen mis compañeros de vestuario. Yo, que juro por lo más sagrado que siempre intento llegar a tiempo, acabo llegando siempre al filo del pitido inicial. A veces cuando ya ha comenzado el partido. Lo siento. Sobre todo por mí, que cuando estoy lesionado como ahora mataría por dos minutos más de fútbol a la semana. Lo intento remediar corriendo hasta el final y siendo generoso con el balón, pero uno se dio cuenta muy pronto de que nunca sería titular en el Madrid y a veces los pases no llegan adonde tienen que llegar, y a veces la fe que me tienen en los contragolpes se desvanece cuando piso el área contraria.
Hace ya seis años que empecé a jugar el fútbol de los lunes con los Rockipunkies, y desde entonces el lunes ha dejado de ser el peor día de la semana. En eso estamos todos de acuerdo. Nos imagino, a veces, como si fuera un documental, haciendo la bolsa de deporte por las mañanas antes de irnos a trabajar, cada uno en su casa, lavándonos los dientes mirándonos al espejo, diciéndole adiós a las esposas, pendientes de que los críos se terminen el desayuno a tiempo, incluso absortos a las batallitas del finde que cuenta el compañero de mesa en el café de la oficina, pensando en el partido de la noche.
Cuando juegas al fútbol no existen los sinsabores de la vida normal. Me han despedido, me han roto el corazón… He tenido apenas unos céntimos en la cuenta y muchos días por delante para cobrar, incluso ha muerto mi padre, y siempre, siempre, siempre, he celebrado y cerrado el puño en alto con un gol de mi equipo, o he sonreído con una falta mal pitada o un agarrón torticero en plena arrancada. El balón sirve de placebo durante un ratito a la semana antes de coger cansado y dolorido la calle Gil Imón hacia Puerta de Toledo, de camino al mundo real.
El futbol de los lunes se ha hecho uno conmigo; tan mío como el lunar que tengo sobre el labio, como los recuerdos de los veranos en el mar, mucho más que mi propio equipo de fútbol. Al que he dejado de ver cientos de noches por jugar con gente que apenas conozco. Se ha convertido en la rutina definitiva. Como los antiguos medían con las cosechas el paso de las estaciones, me doy cuenta yo de que llega el verano cuando miro al cielo detrás de la portería y es el primer lunes que empieza el partido y todavía no es de noche cerrada.
Estos días de Mundial maravillosos, donde los mejores jugadores del mundo se parten la cara por alcanzar la gloria, vuelvo la mirada hacia mis pachangas y mis goles de rebote, hacia la intrascendencia última de ganar y perder cuando apagan las luces del campo y todos nos chocamos la mano y nos despedimos, absolviéndonos de nuestros errores, hasta la semana siguiente. Ojalá no se acabe nunca.
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