La única diferencia entre el canto de las sirenas en La Odisea y el canto de las comandas de Mónica y su equipo de La Fría es que eres tú el que acaba devorando lo que pides en vez de las sirenas a ti. Un cuarto de acedías de La Fría pone en pie a un hombre. Media de langostinos te reconcilia con la especie humana. Las guerras, las injusticias y las batallas del día a día quedan relegadas a un segundo plano cuando escuchas tu nombre por megafonía y te levantas de tu silla verde, de tu mesa caoba, para recoger el fruto de tu esfuerzo durante todo el año. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, dice la Biblia. Yo gano algo más, gracias a Dios. De la tapa de atún aliñao no quiero ni hablar para que siga siendo mi secreto mejor guardado.
Llevo viniendo a La Fría en religiosa peregrinación desde que tengo uso de razón. No recuerdo ningún buen verano sin ella. Las historias que marcaron mi infancia, ver arreglarse a mis tíos con Nivea, CK One y Levi’s 501 después de volver de la playa, de largos días de playa, las noches de verano, siempre empezaban allí. Tampoco desmerecen a los grandes nombres los altramuces y las papas aliñás. Es todo sencillo y es todo genial. La Fría me aleja de la decepción; no comulga con el mal gusto. No puedes venir al Puerto y pedir una smash burger. Las cosas importantes te hacen rendirte a ellas. La Fría lo es. Hace honor a su nombre y pone las mejores macetas de toda España. Vaso fino y helado. Burbuja corta. Casi, casi te hacen olvidarte de los jereces. Casi, casi.
Junto a la cocina de mi abuela, que, como la cocina de La Fría, siempre habrá que encontrarla en Valdelagrana, han conformado mi paladar, mi buen gusto. No hace falta gastar mucho dinero para ser feliz. Mi madre siempre dice “yo no habré comido mucho lenguao, pero he comido muchas acedías” cuando prueba algo que quieren vendernos como supuestamente rico por ser solo demencialmente caro. Siempre son las mismas acedías, las únicas, las de La Fría. A los que pasamos por aquí es difícil darnos gato por liebre.
El otro día me preguntaban cuáles eran los momentos que habían marcado el paso del niño que fui al hombre que soy. Pensé en firmar mi primer contrato de alquiler, en la primera jornada de trabajo que me devolvió demolido a casa, en la primera vez que sostuve en mis brazos a una mujer y pensé que me sobraba un brazo para sostener a nuestro hijo. La lista estaría incompleta sin la primera vez que Mónica o cualquier otro camarero de La Fría me abrió una cuenta a mi nombre y le dije a mi familia que no, que hoy pagaba yo.
Los novatos y los turistas pagan al contado porque no saben que después del primer bocado querrán más. Y porque, como todas las cosas importantes, abrir una cuenta en La Fría, con tu nombre garabateado con una letra que firmaría el mejor calígrafo de palacio, una letra antigua y auténtica, requiere de tiempo y devoción.
No hay calculadoras ni TPV. Papel y boli. Es un buen requisito que tu gente sepa sumar. Cada día y cada noche, aunque estemos los de siempre, se cierra de una forma distinta. Hoy Mónica advierte de que hoy hace una tarde de playa increíble y de que merece ir a echarse la siesta a la arena. Mañana nos advertirá del Levante y nos esperará aquí para el turno de tarde, con los cortavientos echados y el viento y el calor rebotando contra ellos y el marisco fresquísimo y la sonrisa en la cara.
Incluso cuando vengo al Puerto y descanso mis espinas en casa ajena por lances de la vida o el amor. Incluso cuando deja de ser verano y en noviembre me escapo de Madrid a que me pegue un sol que no me enfría. Hasta cuando tengo que volver solo después de haber compartido mis secretos con alguien que recordará el sabor de los langostinos tigre en su boca, más que mi propio recuerdo en su boca, vuelvo a La Fría. Porque La Fría es un canto de sirena cumplido, que suena mucho más allá de cualquier otro recuerdo.
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