Drive, quince años después sigue circulando de madrugada, sin matrícula emocional, por una autopista iluminada con neones rosas y azules. Estrenada en 2011 y dirigida por Nicolas Winding Refn, la película parecía en su momento un artefacto extraño. Demasiado seca para ser un thriller convencional, demasiado violenta para ser un romance, demasiado elegante para ser serie B y demasiado simple, en apariencia, para no esconder algo venenoso bajo el capó.

Hoy, con la distancia que dan los años, Drive se entiende como una fábula criminal vestida de videoclip melancólico. Un western urbano donde el caballo es un Chevrolet, el pistolero apenas habla y la frontera no está en el desierto, sino en Los Ángeles, esa ciudad que el cine ha convertido tantas veces en promesa y cadáver. Ryan Gosling interpreta al Conductor, un especialista de cine durante el día y chófer para atracos por la noche. No sabemos casi nada de él. No hace falta.

Ese silencio es, precisamente, una de las grandes audacias de la película. Gosling construye un personaje a base de miradas, pausas y gestos mínimos. Sonríe como si le costara recordar cómo se hace. Ama como quien sabe que el amor es una avería. Y cuando la violencia aparece, no lo hace como espectáculo heroico, sino como un fogonazo desagradable, casi animal. La famosa escena del ascensor resume toda la película; ternura, amenaza, beso, cráneo reventado. El cuento de hadas y la pesadilla compartiendo el mismo plano.

Su puesta en escena tiene algo de liturgia pop con planos sostenidos, luces artificiales, encuadres calculados al milímetro y una ciudad convertida en estado mental. Los Ángeles no es aquí una geografía, sino una emoción. Un lugar donde todos parecen estar esperando algo que no va a llegar. La película bebe del cine negro, de Michael Mann, de Walter Hill, de los thrillers ochenteros y de la tradición del antihéroe solitario, pero lo filtra todo por una sensibilidad moderna, casi abstracta.

El resultado fue un icono inmediato. La chaqueta satinada con el escorpión bordado en la espalda dejó de ser vestuario para convertirse en símbolo. El Conductor era un samurái de garaje, un ángel de la guarda con tendencias homicidas, un hombre incapaz de salvarse a sí mismo pero dispuesto a destruir el mundo por proteger a Irene y a su hijo. Carey Mulligan aporta a la película una fragilidad luminosa, una especie de calidez doméstica que contrasta con el ecosistema criminal que se va cerrando sobre ellos. Bryan Cranston, Albert Brooks, Ron Perlman y Oscar Isaac completan un reparto donde nadie parece estar de paso, todos cargan con una derrota previa.

Una banda sonora para conducir de noche con el corazón roto

Si Drive sigue latiendo con tanta fuerza quince años después es, en gran medida, por su inolvidable banda sonora. Pocas películas han entendido tan bien que la música no debe acompañar las imágenes, sino poseerlas. Desde los primeros compases de Nightcall, de Kavinsky y Lovefoxxx, el filme deja claro que no habla solo de coches, sino de soledad, deseo y noches interminables. La mezcla entre canciones como A Real Hero, de College y Electric Youth, y la partitura de Cliff Martinez construye una identidad sonora inseparable de la propia película, convirtiendo cada escena en una experiencia emocional suspendida entre el romanticismo y la amenaza.

Temas como Under Your Spell, de Desire, o Tick of the Clock, de Chromatics, ayudaron además a definir una estética que después sería imitada hasta la saciedad. Sin embargo, el secreto de Drive no estaba únicamente en sus sintetizadores, sino en la forma en que equilibraba lo frío y lo profundamente melancólico. La música de Martinez, hecha de pulsaciones, ecos y texturas, no subraya las emociones, las envuelve. Cada nota parece surgir de algún lugar entre el corazón y el motor, reforzando el aura hipnótica de una película que sigue sonando tan única como el día de su estreno.

El Conductor no es un modelo a seguir, aunque medio internet decidiera vestirse como él. Es una figura trágica, casi vacía, definida por la función que cumple para otros. Conduce, protege, golpea, desaparece. Su romanticismo no está en conseguir a la chica, sino en renunciar a ella para que pueda vivir.

Ahí reside la grandeza final de Drive. Bajo su superficie cool, bajo la chaqueta, los guantes, el palillo y los neones, late una tristeza enorme. Es una película sobre alguien que solo sabe amar haciendo daño a quienes amenazan aquello que ama. Un melodrama disfrazado de thriller. Una balada electrónica con estallidos de violencia. Un cuento de hadas donde el príncipe no puede entrar al castillo porque lleva demasiada sangre en los zapatos.

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