El presidente del Gobierno está decidido a nadar contracorriente hacia la orilla de 2027. Cuando la inercia del conservadurismo, el neoliberalismo y los tecnócratas inunda el mundo, Sánchez se erige como el último faro progresista que ilumina de esperanza a Occidente. La fragmentación parlamentaria, el caucus de las derechas y el momentum de la legislatura invitan a Moncloa a buscar un enemigo de rango mayor, externo y poderoso. Una pugna entre antagonistas que desplace el juicio de la moral en favor de Sánchez, aunque pelee en solitario y en desigualdad de condiciones.

Sánchez sabe que confrontar con el trumpismo le beneficia. Más aún cuando tecno-oligarcas ―como Elon Musk, dueño de la plataforma X― le reconocen la categoría de enemigo molesto al lanzarse al ruedo. La beligerancia de la Administración Trump ha supuesto un shock en lo político, económico, social y emocional en decenas de países soberanos. Quien fue socio por antonomasia de todo un continente, se ha convertido en el hermano mayor gamberro que abusa de la inoperancia y la dependencia de sus hermanos pequeños.

La distancia ideológica de los delirios imperialistas es un activo político que cotiza al alza. Un enemigo exterior cohesiona, el miedo empuja al voto útil y las gentes se decantan por opciones que les generan tranquilidad y estabilidad, sin apuestas de riesgo.

En las generales de 2023, Sánchez tiró del miedo al tándem Feijóo-Abascal y logró una recuperación notable, consiguiendo un escaño más que en las previas y mejorando varios puntos porcentuales en las encuestas en el sprint final, en el que el temor se coló entre un segmento de votantes. En Génova saben que se perdieron cinco escaños por Madrid y Barcelona en la última semana de campaña.

Al año siguiente, en la campaña de las europeas, el cuco elegido fue, otra vez, la ultraderecha global sumado a las fake news y los emisores de bulos aliados con la judicatura reaccionaria. Otra vez hubo una mejoría con respecto a lo que marcaban las encuestas varias semanas antes. Pero en ninguna de las dos citas electorales del bienio anterior se produjo una subida similar a la de Carney en Canadá.

Canadá, el espejo en el que España se mira

El gabinete del presidente Sánchez ansía un “efecto Carney” que simule la resurrección del Partido Liberal de Canadá, políticamente progresista y económicamente centrista. La aparición de Trump trastocó de una manera inédita las encuestas y Mark Carney, el nuevo candidato de oxigenación de los liberales pasó de rozar el 20 por ciento durante meses a alcanzar un impactante 43 por ciento. En una sociedad que hace gala de su multiculturalismo, el sentimiento patriota ha irrumpido con fuerza en el pueblo canadiense.

Carney ha logrado capturar con más éxito que su oponente del Partido Conservador ese sentimiento, además de mostrarse como el líder que hace falta para ese momento. De hecho, los liberales basaron toda la campaña electoral en la disputa soberanista con Trump y la necesidad de un líder experimentado y ajustado para la situación global. Solo un factor muy anómalo, disruptivo y profundamente emocional, como la embestida imperial de Trump a su vecino y socio histórico, puede generar esos giros copernicanos demoscópicos.

En España coincide el entorno adverso para el Gobierno, escorado a la derecha belicista y radical, con una oposición a su izquierda atomizada y consciente de que nunca ganará unas elecciones. La izquierda de la izquierda solo aspira a ser un compañero de viaje que condicione el rumbo y marque perfil propio.

Otro elemento de coincidencia entre ambos casos bien puede ser el liderazgo de la derecha: tanto Poilievre como Núñez Feijóo ―líderes de la oposición―, no se presentan como un claro defensor de la democracia liberal y de valores progresistas por sus silencios o sus emulaciones con respecto al discurso trumpista.

El caso del PP es todavía más elocuente, ya que barones con mando en plaza como Isabel Díaz Ayuso envidian los tics autoritarios de Trump y sus secuaces. Tampoco esconde su admiración idolatrada a Milei, Netanyahu y el resto del grupo de los 5 ultraderechistas del globo.

El vanguardismo sanchista

Con un Sánchez acostumbrado a no resignarse nunca, el PSOE tomó nota de la remontada sobrenatural de sus homólogos al otro lado del charco. Este último episodio de bronca virtual entre Sánchez y Musk ―a raíz de que el presidente anunciase la prohibición de las redes sociales para menores de 16 años, entre otras medidas regulatorias para las plataformas digitales, durante una conferencia en Dubái― ha sido espontáneo, pero el Gobierno lo va a explotar hasta el final, porque tienen un villano al que enfrentarse.

Como hizo con la invasión de Ucrania, el genocidio en Gaza, el aumento del PIB en defensa, la intervención en Venezuela o las amenazas sobre Ucrania, Sánchez ha marcado perfil propio para acaparar interés y provocar empatía por el Robin Hood que sacrifica su comodidad política por la salvaguardia del orden internacional y la prosperidad de las democracias occidentales.

El uso de la política tecnológica como arma de guerra interna favorece la perspectiva vanguardista del Ejecutivo. Simultáneamente, la estrategia arrebata banderas revolucionarias a la izquierda izquierdista y retrata a una derecha inmóvil, incapaz y desalineada en estos términos.

En la última semana, Sánchez ha compartido publicaciones y vídeos en inglés con sendas indirectas veladas hacia “la tecnocasta”, incluidas una entrevista a la CNN y una tribuna en el New York Times. Desde la defensa de la regulación de migrantes residentes en España hasta refritos de “El Quijote”: Moncloa cabalga a contracorriente, pero en buena dirección.

En La Moncloa han vivido los recientes ataques de los magantes de X y Telegram, como un síntoma de que Sánchez ha acertado al plantear un problema real: el enorme poder, casi absoluto, que estos “tecnooligarcas”, tal como los llama el presidente español, tienen sobre el debate público y la información, o más bien desinformación, que reciben millones de personas en el mundo, especialmente los más jóvenes. Los miembros del Gobierno creen que están acusando a los poderosos de verdad y que van por buen camino.

Además, la irrupción de Musk en la política española reabre la brecha entre Feijóo y Abascal sobre Trump. Con todo, Sánchez se convierte en el tercer presidente de la democracia con más días en el cargo (2.805) y, en mayo, superará a José María Aznar.

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