Los dos terremotos que han sacudido Venezuela en apenas 40 segundos han vuelto a evidenciar una de las grandes paradojas de la sismología. La ciencia sigue siendo incapaz de anticipar cuándo se producirá un gran seísmo, pero sí dispone desde hace décadas de herramientas para identificar qué zonas presentan un mayor riesgo y cuál podría ser la intensidad de las sacudidas. Esa información queda reflejada en los denominados mapas de peligrosidad sísmica, documentos técnicos que sirven de base para diseñar edificios, planificar infraestructuras o elaborar normas urbanísticas con el objetivo de reducir el número de víctimas cuando la tierra tiembla.

El doble terremoto registrado en Venezuela ha vuelto a situar el foco sobre una herramienta poco conocida fuera del ámbito científico, pero presente en la planificación territorial de numerosos países. Lejos de ser simples mapas geológicos, estos documentos condicionan desde la resistencia que debe tener un hospital hasta las exigencias estructurales de una vivienda o la ubicación de determinadas infraestructuras estratégicas. Su utilidad, sin embargo, depende de que la información científica termine trasladándose a la normativa y a las políticas públicas.

No dicen cuándo ocurrirá un terremoto, pero sí dónde puede ser más devastador

Una de las ideas más extendidas tras cada gran seísmo es que, si los científicos conocen las fallas activas de una región, deberían ser capaces de anticipar el siguiente terremoto. Sin embargo, la comunidad científica insiste desde hace años en que no existe ningún método capaz de predecir con precisión el momento, el lugar exacto y la magnitud de un terremoto. Lo que sí puede hacerse es calcular la probabilidad de que determinadas zonas registren movimientos sísmicos de una determinada intensidad durante periodos prolongados de tiempo.

Para elaborar esos mapas, los investigadores combinan información sobre el movimiento de las placas tectónicas, la localización de las fallas activas, los registros históricos de terremotos, estudios geológicos y modelos matemáticos que permiten estimar cómo se propagará la energía sísmica en cada territorio. El resultado no es una predicción, sino una estimación del peligro sísmico que sirve como referencia para las administraciones.

El caso de Venezuela ilustra bien esa diferencia. Su ubicación sobre el límite entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana hace que el riesgo sísmico de buena parte del país sea conocido desde hace décadas. Los especialistas sabían que esa región podía registrar terremotos importantes, pero no era posible anticipar que dos seísmos de gran magnitud se producirían con apenas 40 segundos de diferencia.

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Las placas tectónicas del planeta. Venezuela se sitúa sobre el límite entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana, una de las zonas con mayor actividad sísmica del norte de Sudamérica. Wikimedia Commons.

Por qué los terremotos no matan tanto como los edificios

La verdadera utilidad de estos documentos comienza cuando abandonan el ámbito científico y se convierten en una herramienta para arquitectos, ingenieros y administraciones públicas. Los mapas de peligrosidad sísmica sirven para establecer códigos de construcción, definir los requisitos estructurales que deben cumplir los edificios o determinar qué infraestructuras necesitan mayores medidas de protección.

En la práctica, un mismo edificio no tiene por qué construirse igual en todos los lugares. Las exigencias técnicas cambian en función del riesgo sísmico de cada zona, lo que explica que países con una elevada actividad tectónica, como Japón, Chile o Nueva Zelanda, hayan desarrollado algunas de las normativas de construcción más estrictas del mundo.

Infografía con los terremotos superiores a magnitud 7 registrados en todo el mundo desde el año 2000. Europa Press.

Infografía con los terremotos superiores a magnitud 7 registrados en todo el mundo desde el año 2000. Europa Press.

Los expertos recuerdan desde hace años que la magnitud de un terremoto no explica por sí sola el número de víctimas. La calidad de las construcciones, la antigüedad del parque inmobiliario, el cumplimiento de las normas técnicas o incluso el tipo de suelo sobre el que se levantan los edificios pueden marcar diferencias sustanciales entre dos terremotos de características similares.

No es casual que uno de los mensajes más repetidos entre ingenieros y sismólogos sea que los terremotos no suelen matar por sí mismos, sino por el colapso de las construcciones. Esa afirmación, aunque simplificada, resume el motivo por el que la prevención sigue siendo el principal instrumento para reducir el impacto de estos fenómenos naturales.

Lorca, el aviso que recordó a España que también tiembla

Aunque la actividad sísmica en España es menor que la de otros países situados sobre grandes límites de placas tectónicas, el territorio español también cuenta con zonas donde el riesgo es significativamente más elevado. El Instituto Geográfico Nacional elabora desde hace años la cartografía oficial de peligrosidad sísmica, utilizada como referencia para la normativa que regula el diseño de nuevas edificaciones.

Terremotos registrados en la Península Ibérica. La distribución de los epicentros refleja que el sureste español concentra buena parte de la actividad sísmica histórica.

Terremotos registrados en la Península Ibérica. La distribución de los epicentros refleja que el sureste español concentra buena parte de la actividad sísmica histórica. Instituto Geográfico Nacional.

Ese mapa muestra que el riesgo no es uniforme. El sureste peninsular, con provincias como Granada, Murcia, Almería o Alicante, concentra algunos de los niveles de peligrosidad más elevados, mientras que otras zonas presentan una actividad sísmica considerablemente inferior. También los Pirineos y Canarias cuentan con características geológicas que obligan a un seguimiento específico.

La existencia de esta cartografía hace que las exigencias estructurales aplicadas a un edificio no sean las mismas en todo el país. Hospitales, colegios, puentes o infraestructuras críticas deben diseñarse teniendo en cuenta el comportamiento esperado del terreno, una planificación que busca minimizar daños en caso de que se produzca un terremoto.

El caso de Lorca sigue siendo la referencia más reciente en España para entender por qué un terremoto moderado puede causar daños graves si se combina con poca profundidad, cercanía al núcleo urbano y vulnerabilidad de los edificios. El 11 de mayo de 2011, la ciudad murciana sufrió un seísmo de magnitud 5,1, precedido por otro de magnitud 4,5 menos de dos horas antes. El balance fue de nueve muertos, 324 heridos y cuantiosos daños materiales, según los datos recogidos entonces por los servicios de emergencia y los informes técnicos posteriores.

La magnitud no fue extrema en términos globales, pero el impacto fue elevado porque el terremoto tuvo un foco muy superficial y se produjo muy cerca de la ciudad. El episodio afectó a viviendas, edificios públicos, infraestructuras y patrimonio histórico. El casco histórico de Lorca sufrió daños importantes y decenas de inmuebles tuvieron que ser demolidos o reparados, lo que convirtió la reconstrucción en un proceso largo y costoso.

Lorca dejó una lección que encaja con el debate abierto tras Venezuela: el riesgo sísmico no depende solo de la magnitud del terremoto. También influyen la profundidad del seísmo, el tipo de suelo, la proximidad al epicentro, el estado del parque inmobiliario y el grado de aplicación de la normativa constructiva. Por eso los mapas de peligrosidad sísmica no son documentos abstractos: sirven para decidir cómo deben levantarse los edificios, qué infraestructuras deben reforzarse y qué zonas necesitan una planificación más exigente.

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