La Unión Europea (UE) y la India han dado un nuevo impulso a las negociaciones para cerrar un ambicioso acuerdo de libre comercio que lleva años encallado y que ahora vuelve al centro de la agenda internacional. En un contexto marcado por la fragmentación del comercio global, la guerra en Ucrania, las tensiones entre Estados Unidos y China y la necesidad europea de diversificar socios estratégicos, Bruselas y Nueva Delhi buscan sellar una alianza económica con un fuerte componente geopolítico.

Las conversaciones entre ambas partes, reactivadas formalmente en 2022 tras casi una década de parálisis, han avanzado de forma significativa en los últimos meses, según fuentes comunitarias y del Gobierno indio. Aunque todavía no se ha anunciado un acuerdo definitivo, se espera que lo hagan este mismo martes desde Nueva Delhi, los negociadores destacan “progresos sustanciales” en capítulos clave como el acceso a mercados, los servicios, la inversión y la cooperación en cadenas de suministro críticas.

La UE es actualmente el tercer socio comercial de la India, mientras que el país asiático ocupa una posición más modesta en el comercio exterior europeo. Sin embargo, el potencial de crecimiento es enorme: la India es la economía grande que más rápido crece del mundo y aspira a convertirse en una potencia industrial y tecnológica en la próxima década. Para Bruselas, el acuerdo permitiría reducir su dependencia de China y reforzar su presencia en el Indo-Pacífico, una región cada vez más central en la economía y la política global.

La batalla por la apertura de mercados

Uno de los ejes centrales de la negociación es la reducción de aranceles. La India mantiene algunos de los gravámenes más elevados entre las grandes economías, especialmente en sectores sensibles como la automoción, los productos agrícolas, el vino y las bebidas espirituosas. La UE presiona para lograr una apertura gradual de estos mercados, mientras que Nueva Delhi busca proteger a su industria local y a millones de pequeños agricultores. El equilibrio entre liberalización y salvaguardas sociales es uno de los principales escollos del acuerdo.

En el ámbito de los servicios, la UE insiste en mejorar el acceso de sus empresas financieras, de telecomunicaciones y de transporte al mercado indio. A cambio, la India reclama mayores facilidades para la movilidad de profesionales cualificados, especialmente en el sector tecnológico. Este punto tiene una fuerte carga política, ya que toca de lleno el debate europeo sobre inmigración y empleo, y obliga a los Estados miembros a coordinar posiciones internas.

Otro capítulo delicado es el de la sostenibilidad. Bruselas quiere que el acuerdo incluya compromisos claros en materia laboral, medioambiental y climática, en línea con su estrategia de “comercio basado en valores”. La India, por su parte, rechaza lo que considera “condicionalidades encubiertas” y defiende su derecho a un desarrollo económico gradual, subrayando que su huella histórica de emisiones es muy inferior a la europea. Aun así, ambas partes han mostrado disposición a cooperar en energías renovables, hidrógeno verde y transición industrial.

El componente geopolítico del acuerdo es cada vez más evidente. Para la UE, estrechar lazos con la India significa reforzar un orden internacional multipolar y reducir riesgos en un escenario de bloques enfrentados. Para el Gobierno de Narendra Modi, el acercamiento a Europa permite ganar margen de maniobra frente a China y consolidar su imagen de actor global autónomo. No es casual que las negociaciones comerciales avancen en paralelo a diálogos sobre seguridad, tecnología y cooperación estratégica.

Desde el punto de vista social y político, el acuerdo genera también críticas. Organizaciones sindicales y ecologistas europeas advierten del riesgo de competencia desleal, debilitamiento de estándares laborales y aumento de emisiones si no se establecen mecanismos de control efectivos. En la India, sectores industriales y agrícolas temen que la apertura del mercado beneficie sobre todo a grandes multinacionales europeas en detrimento de productores locales. Estas resistencias internas explican, en parte, la lentitud del proceso.

Pese a todo, el clima actual es más favorable que en intentos anteriores. La voluntad política parece más sólida y ambas partes comparten la percepción de que el coste de no llegar a un acuerdo sería elevado. En un mundo cada vez más inestable, la UE y la India buscan convertir su relación comercial en un pilar estratégico de largo plazo.

Si las negociaciones culminan con éxito, el acuerdo podría convertirse en uno de los mayores tratados comerciales bilaterales del mundo, con impacto directo sobre más de 1.800 millones de personas. Más allá de cifras y aranceles, el pacto marcaría un giro relevante en la política comercial europea y en la proyección internacional de la India. El reto, ahora, es demostrar que el comercio puede ser compatible con derechos sociales, sostenibilidad y soberanía económica.

España celebra un “hito” comercial

A esta valoración general se suma la posición expresada por el Ministerio de Economía, Comercio y Empresa, que ha celebrado la conclusión de las negociaciones como “un hito de primer orden en la política comercial europea”. En una nota distribuida bajo embargo hasta el acto oficial de firma entre la Comisión Europea y el Gobierno indio, el departamento que dirige la política económica española subraya que el acuerdo envía “una señal política clara a favor del comercio abierto y basado en reglas”, en un momento de creciente fragmentación económica y tensiones geopolíticas. Según el Ministerio, el tratado UE-India podría convertirse en el mayor acuerdo comercial jamás firmado, al crear una zona económica de cerca de 2.000 millones de personas.

Desde la perspectiva española, el Gobierno destaca especialmente las oportunidades que se abren para las empresas europeas y nacionales en una de las economías más dinámicas del mundo. India, con una población de alrededor de 1.500 millones de habitantes y una clase media en rápida expansión, es considerada un mercado estratégico para la internacionalización empresarial. El Ministerio de Economía señala que el acuerdo facilitará el acceso a un mercado de enorme potencial, reforzando la diversificación de socios comerciales y reduciendo riesgos derivados de dependencias excesivas de otros mercados.

En términos concretos, el Ministerio pone el acento en la “apertura de mercado sin precedentes” que India concede a la Unión Europea. Según sus estimaciones, el acuerdo contempla reducciones o eliminaciones arancelarias sobre más del 90 % de las exportaciones europeas de bienes, lo que podría traducirse en ahorros anuales de hasta 4.000 millones de euros para las empresas de la UE. Sectores industriales clave como la maquinaria, los productos químicos o la automoción se beneficiarían de reducciones arancelarias significativas —aunque en algunos casos con cuotas—, junto a un mejor acceso en servicios, incluidos los financieros y marítimos. Además, el texto prevé importantes ventajas para el sector agroalimentario europeo, con fuertes rebajas de aranceles en productos como el vino, el aceite de oliva o los alimentos transformados, al tiempo que se preserva la protección de sectores sensibles dentro de la Unión.

Finalmente, el Ministerio subraya la dimensión de seguridad económica del acuerdo, al situar a la UE en condiciones comparables a otros socios estratégicos de India que ya cuentan con acuerdos preferenciales, como Japón o Corea del Sur. No obstante, recuerda que el tratado aún debe completar varios pasos antes de entrar en vigor, entre ellos la revisión jurídica, la traducción de los textos definitivos y el proceso formal de ratificación por parte de las instituciones europeas y los Estados miembros, que previsiblemente se desarrollará a lo largo del segundo semestre.

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