Donald Trump ha terminado sentado en el lugar que durante años prometió no ocupar. Después de denunciar el acuerdo nuclear de Barack Obama como una rendición ante Teherán, Washington acepta ahora con Irán una fórmula que recupera parte de aquella lógica: negociación, alivio económico, supervisión internacional y aplazamiento de los asuntos más difíciles. La Casa Blanca lo presenta como una victoria de fuerza. Sus críticos lo leerán como una rectificación encubierta.

El memorando de 14 puntos entre Estados Unidos e Irán contempla un alto el fuego de 60 días, la reapertura del estrecho de Ormuz, la retirada progresiva de presión militar estadounidense en la zona y una negociación posterior sobre el programa nuclear iraní. A cambio, Teherán reafirma que no desarrollará armas nucleares y acepta que los aspectos más sensibles de su programa queden bajo supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica.

La paradoja está servida. Trump abandonó en 2018 el pacto nuclear impulsado por Obama porque lo consideraba débil, insuficiente y demasiado generoso con la República Islámica. Ocho años después, su Administración vuelve a admitir una premisa parecida: Irán no va a desaparecer del tablero regional y su programa nuclear no puede gestionarse solo con sanciones, amenazas o bombardeos.

Del “peor acuerdo” al pacto inevitable

El trumpismo construyó durante años una parte de su identidad exterior sobre el rechazo al JCPOA, el acuerdo nuclear de 2015. Aquel pacto no eliminaba por completo la capacidad nuclear iraní, pero la limitaba y la sometía a inspecciones. Para Obama, era una forma de ganar tiempo, reducir riesgos y evitar una guerra mayor. Para Trump, era “el peor acuerdo”.

El nuevo entendimiento no es una copia exacta. Nace en otro contexto, después de una escalada militar y con el estrecho de Ormuz como centro de gravedad económico. Pero sí recupera un principio incómodo para Trump: la contención negociada. La Casa Blanca podrá vender (y su inmensa maquinaria mediática ya está en ello) que esta vez Irán llega más debilitado, bajo presión militar y obligado a aceptar condiciones. Pero el resultado provisional no se parece a una capitulación iraní. Se parece más a una transacción.

El borrador incluye alivio de sanciones, licencias para transacciones financieras, posibilidades de reconstrucción económica y la reapertura de vías comerciales. También deja para más adelante las grandes preguntas: qué ocurrirá exactamente con el uranio enriquecido, qué límites aceptará Teherán, cómo se verificará cada compromiso y qué papel tendrán sus misiles o sus aliados regionales.

Ahí está el punto débil del relato triunfalista. Si el acuerdo es tan sólido, ¿por qué lo esencial queda pendiente? Y si la presión máxima era suficiente, ¿por qué Washington vuelve a ofrecer incentivos?

Irán no gana la guerra, pero tampoco la pierde

La lectura más incómoda para Washington es que el acuerdo reconoce de facto la resistencia del régimen iraní. Teherán no obtiene una victoria limpia, pero sí evita el escenario que Trump había prometido durante años: aislamiento absoluto, estrangulamiento económico y retroceso estratégico irreversible.

Irán consigue algo fundamental: seguir siendo interlocutor. No es un detalle menor. Después de meses de tensión, sanciones y operaciones militares, Estados Unidos vuelve a tratar al régimen como una potencia con la que hay que pactar. Esa imagen tiene valor interno para Teherán y valor regional para sus aliados. Y no solo eso, sino que además ahora el régimen iraní goza de cierta simpatía dentro de Occidente.

También hay una lectura económica. Ormuz es una arteria del comercio energético global. Trump ha defendido el acuerdo como una forma de evitar un golpe mundial sobre los mercados y el petróleo. De hecho, en esta batalla del relato que ya ha comenzado Washington, Trump no tardó en presentar el pacto del alto al fuego como una medida para evitar una “depresión mundial”.

Israel, el socio incómodo

El otro foco de tensión está en Israel. Durante años, Netanyahu y Trump coincidieron en la crítica al acuerdo de Obama. Israel veía el JCPOA como una concesión peligrosa porque no desmantelaba por completo la infraestructura nuclear iraní ni resolvía el problema de Hezbollah, las milicias regionales o los misiles balísticos.

Ahora, Washington avanza hacia un pacto que tampoco parece cerrar todos esos frentes. Algunas críticas conservadoras en Estados Unidos y análisis de centros de seguridad advierten de que el memorando podría dejar a Irán en una posición estratégica más fuerte si el alivio económico llega antes de compromisos verificables y profundos.

Ese será uno de los grandes debates de los próximos días: si Trump ha impuesto una paz desde la fuerza o si ha aceptado una tregua cara para apagar un incendio que amenazaba con desbordarse.

El presidente estadounidense intentará marcar distancias con Obama. Dirá que este acuerdo no nace de la ingenuidad diplomática, sino de la presión militar. De hecho, ha advertido que si Irán no cumple, Estados Unidos puede volver a atacar. Pero la fotografía política es difícil de esquivar. Trump prometió romper la lógica de Obama y ha terminado regresando a una variante de ella: inspecciones, incentivos, sanciones reversibles y negociación por fases. La diferencia es que ahora el camino ha pasado por una guerra, por Ormuz y por una región aún más frágil.

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

 

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora