Donald Trump quiere comprar potasa más barata y ha encontrado un posible proveedor lejos de donde tradicionalmente la adquiere Estados Unidos. El presidente estadounidense ha anunciado que su Gobierno trabaja en un acuerdo con Bielorrusia para importar este mineral imprescindible para fabricar fertilizantes, en un momento en el que mantiene abierto un duro enfrentamiento comercial con Canadá, precisamente el país del que procede la mayor parte de la potasa que utiliza la agricultura estadounidense.
“Estados Unidos está trabajando en un acuerdo masivo para la compra de potasa de Bielorrusia”, anunció Trump a través de Truth Social. Según el presidente, el producto llegaría a un precio “sustancialmente inferior” al que actualmente paga a Canadá y supondría una buena noticia para agricultores y ganaderos. Por ahora, sin embargo, Washington no ha concretado las cantidades que pretende adquirir, el precio de la operación ni cuándo podrían comenzar las importaciones.
La propuesta coloca en una misma fotografía varios de los elementos que atraviesan la política exterior de la segunda Administración Trump. Estados Unidos busca abaratar costes para un sector agrícola sometido a una creciente presión, utiliza el comercio como instrumento de negociación con algunos de sus socios tradicionales y, al mismo tiempo, profundiza una incipiente apertura hacia el Gobierno de Alexander Lukashenko, estrecho aliado de Moscú y sometido durante años a sanciones occidentales por la represión interna y por su apoyo a Rusia en la guerra de Ucrania.
La elección de Bielorrusia resulta especialmente significativa porque Canadá no es un proveedor secundario. Según los datos correspondientes a 2024 del Servicio Geológico de Estados Unidos recogidos por Reuters y The Guardian, alrededor del 79% de las importaciones estadounidenses de potasa procedieron del país vecino, frente al 11% de Rusia y el 4% de Bielorrusia.
La dependencia se explica por la propia estructura del mercado. Estados Unidos necesita importar buena parte de la potasa que consume y Canadá dispone de algunas de las mayores reservas y explotaciones del planeta. Durante décadas, esa proximidad geográfica y la integración económica entre ambos países han convertido al mercado canadiense en la principal fuente de suministro para los agricultores estadounidenses. Ahora esa relación aparece atravesada por el deterioro comercial entre Washington y Ottawa.
Canadá, de socio imprescindible a objetivo de Trump
La búsqueda de una alternativa bielorrusa llega después de semanas de nuevas tensiones entre Trump y el Gobierno canadiense de Mark Carney. Las últimas negociaciones comerciales entre ambos países terminaron sin acuerdo y Washington impuso nuevos aranceles sobre productos procedentes de Canadá, una decisión a la que Ottawa ha respondido con represalias comerciales.
El enfrentamiento ya ha empezado a dejar huella sobre una relación económica enormemente interdependiente. En julio, las exportaciones canadienses hacia Estados Unidos cayeron un 6,6% y el superávit comercial bilateral de Canadá se redujo en más de un 40%, según los últimos datos recogidos por Reuters. Estados Unidos continúa siendo con diferencia el principal mercado para las empresas canadienses, pese a los esfuerzos de Ottawa por diversificar sus exportaciones.
La potasa había permanecido hasta ahora relativamente alejada de esa escalada. Canadá es consciente de que utilizar el mineral como instrumento de presión puede acelerar precisamente el proceso que Trump acaba de plantear: que Estados Unidos busque proveedores alternativos. El primer ministro de Saskatchewan, Scott Moe, una de las principales regiones productoras del mundo, ha defendido mantener abierto ese comercio incluso en los momentos de mayor tensión bilateral.
La posibilidad de sustituir una parte significativa de las compras canadienses tampoco parece sencilla a corto plazo. Bielorrusia es uno de los grandes productores mundiales, pero carece de salida propia al mar y sus exportaciones hacia Occidente están condicionadas por las sanciones europeas y por el cierre de rutas tradicionales a través de países vecinos. La Unión Europea mantiene, entre otras medidas, la prohibición de importar productos bielorrusos de potasa.
El propio Lukashenko ha añadido además una dificultad inesperada al anuncio estadounidense. Mientras Trump habla de un “acuerdo masivo”, el dirigente bielorruso ha asegurado que su país no dispone actualmente de grandes cantidades libres para ofrecer a nuevos clientes occidentales porque la producción ya está comprometida mediante contratos. Reuters también señala los elevados costes logísticos y las dificultades para sacar el producto desde Bielorrusia como obstáculos para una eventual operación.
El anuncio, por tanto, está todavía lejos de equivaler a una sustitución efectiva del suministro canadiense. Sí muestra, en cambio, hasta qué punto el enfrentamiento con Ottawa está llevando a Washington a explorar proveedores que hasta hace poco tenían un acceso mucho más restringido al mercado estadounidense.
El deshielo de Trump con Lukashenko
El movimiento tampoco aparece aislado. Washington lleva meses protagonizando un acercamiento progresivo a Minsk en paralelo a las negociaciones para conseguir la liberación de presos políticos bielorrusos.
El pasado 16 de septiembre, las autoridades de Bielorrusia pusieron en libertad a 25 detenidos después de una nueva ronda de conversaciones con el enviado estadounidense John Coale. Entre ellos había periodistas, activistas y otras personas encarceladas durante la campaña represiva que siguió a las protestas contra las elecciones presidenciales de 2020. Estados Unidos respondió con nuevas medidas de alivio económico, entre ellas el levantamiento de sanciones sobre dos compañías bielorrusas.
No se trata del primer intercambio de este tipo. La Administración Trump ha convertido las liberaciones de presos en uno de los ejes de su interlocución con Lukashenko mientras flexibiliza determinadas restricciones económicas. Washington ya había autorizado anteriormente determinadas operaciones relacionadas con Belaruskali y otras empresas del sector de la potasa. Una licencia general de la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro permitió determinadas transacciones con estas compañías.
La negociación ha permitido la salida de cientos de detenidos, aunque las organizaciones de derechos humanos advierten de que la estructura represiva permanece intacta. Viasna contabilizaba 889 presos políticos en Bielorrusia al terminar agosto y documentaba más de 10.000 personas sometidas a procesos penales por motivos políticos desde 2020. La organización sostiene, además, que continúan produciéndose nuevas detenciones al mismo tiempo que otras personas son excarceladas.
Lukashenko rechaza que existan presos políticos en el país y sostiene que las personas encarceladas han cometido delitos. La oposición bielorrusa en el exilio, por el contrario, acusa al Gobierno de utilizar las liberaciones como moneda de cambio para conseguir alivio de sanciones y recuperar relaciones económicas con Occidente.
La dirigente opositora Sviatlana Tsikhanouskaya ha calificado de “muy arriesgado” un eventual acuerdo estadounidense sobre la potasa. Su argumento es que los ingresos del sector pueden reforzar económicamente al Gobierno bielorruso y contribuir indirectamente al apoyo que Minsk presta a Moscú.
Washington y Bruselas empiezan a mirar a Minsk de forma distinta
El acercamiento estadounidense también amenaza con abrir una diferencia de estrategia con algunos países de la Unión Europea. Lituania, vecina de Bielorrusia y uno de los Estados miembros que mantiene una posición más dura hacia Minsk, ha pedido que las liberaciones de presos no conduzcan a una normalización prematura de las relaciones.
Su ministro de Exteriores, Kęstutis Budrys, defendió este lunes que todavía “no es el momento” de rebajar la presión y recordó que las autoridades bielorrusas continúan apoyando a Rusia y manteniendo la represión interna. La UE conserva las sanciones sobre el sector de la potasa y otras actividades económicas bielorrusas.
La diferencia no significa que Washington haya abandonado por completo la presión sobre Minsk. Estados Unidos continúa utilizando el levantamiento gradual de restricciones como contrapartida para conseguir nuevas liberaciones y su enviado prevé regresar al país para negociar la excarcelación de cientos de personas más. Pero sí muestra dos velocidades distintas entre aliados occidentales a la hora de decidir cuánto debe ofrecerse a Lukashenko a cambio de cada concesión.
En ese contexto, la potasa es mucho más que un fertilizante. Para Trump supone la posibilidad de exhibir una reducción de costes para los agricultores estadounidenses, uno de los sectores que viene acusando el impacto de las tensiones comerciales y del aumento de algunos insumos. Para Bielorrusia supone recuperar acceso a uno de los mercados occidentales más importantes después de años de aislamiento.
Y para Canadá constituye una nueva señal sobre la profundidad que está adquiriendo su disputa con Washington. La relación comercial entre ambos países se había construido durante décadas sobre cadenas de suministro compartidas y una dependencia mutua difícil de sustituir rápidamente. Ahora Trump explora la posibilidad de recurrir a un país sancionado por buena parte de Europa para reducir una dependencia de uno de los aliados más estrechos de Estados Unidos.
Queda por comprobar hasta dónde puede llegar esa intención. El acuerdo anunciado por Trump todavía no tiene cantidades, calendario ni condiciones públicas, Bielorrusia afirma que prácticamente toda su producción está contratada y la logística continúa siendo complicada. De momento, la trascendencia del movimiento está menos en las toneladas de potasa que puedan cruzar el Atlántico que en el nuevo escenario que dibuja: Washington presiona a Canadá mientras abre una vía económica con Minsk y pone a prueba hasta dónde puede separar sus intereses comerciales de la estrategia que durante años compartió con sus aliados europeos frente a Lukashenko.
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