El clima de tensión que se vivió entre Estados Unidos y China durante los primeros compases del segundo mandato de Donald Trump parece estar calmándose progresivamente, aunque siguen quedando algunos coletazos de lo que fue el conflicto económico que mantuvieron. Las políticas arancelarias impulsadas por el presidente de EEUU provocaron una situación especialmente convulsa a nivel internacional, debido a la gran cantidad de países sobre los que decidía imponer estos tributos. Ahora bien, fue con el Estado asiático con el que el líder de los republicanos estadounidenses se mostró más severo, dando lugar a una importante crisis entre ambas naciones, consideradas dos de las principales potencias económicas internacionales.
La tirantez existente entre Estados Unidos y China comenzó a abordarse poco a poco, empezando a dar pasos más grandes hacia la normalización de las relaciones en la tregua acordada entre Donald Trump y Xi Jinping en Corea del Sur en el mes de octubre del pasado año. Un primer punto de encuentro en el que se siguió trabajando y que está dejando momentos de relevancia para las relaciones internacionales, como fue la visita que el presidente estadounidense hizo a China en el mes de mayo de este año o la visita que, tal y como se ha confirmado en el inicio de esta semana, hará el líder del Ejecutivo chino a Washington a finales de este mes.
El encuentro en Washington podría consolidar el retorno a la senda del diálogo
El Gobierno chino anunciaba este lunes que el presidente del país, Xi Jinping, viajará a Estados Unidos entre el 23 y el 25 de septiembre para realizar una visita de Estado, durante la cual está previsto que mantenga un encuentro con el presidente estadounidense, Donald Trump. El Ministerio de Exteriores de China ha confirmado el desplazamiento en un breve comunicado, en el que señala que Xi acudirá al país norteamericano por invitación del propio Trump. Por el momento, las autoridades chinas no han ofrecido más información sobre los actos o reuniones que compondrán la agenda del mandatario durante su estancia.
La reunión entre Xi y Trump, anunciada por el propio presidente estadounidense el pasado 23 de julio, será la segunda que ambos líderes mantengan este año. El anterior encuentro tuvo lugar en Pekín en mayo y concluyó con el compromiso de ambos gobiernos de trabajar para construir "una relación constructiva de estabilidad estratégica".
Trump ya había adelantado en julio que su homólogo chino viajaría a Washington el 24 de septiembre. El anuncio se produjo después de que el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, mantuvieran conversaciones al margen de una cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) celebrada en Filipinas.
Durante aquel encuentro, ambos responsables abordaron la necesidad de encontrar ámbitos en los que Estados Unidos y China puedan cooperar y avanzar así hacia unas condiciones que permitan que la visita de Xi a territorio estadounidense sea "muy positiva".
¿Qué se abordó en Pekín?
En los capítulos que componen la historia de la política internacional quedó marcada hace unos meses la primera visita en nueve años que un presidente estadounidense realizaba a China. Trump aterrizaba junto a la delegación que componía la expedición en el país asiático para reunirse con su homólogo, Xi Jin Ping, un encuentro que se daba, a pesar de los halagos expresados por el nortamericano en los primeros compases de aquella cita, en un momento de especial tensión entre ambos países marcado por una tirante situación comercial entre ambas superpotencias económicas.
El apretón de manos entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín resultaba especialmente llamativo por el momento en el que tenía lugar, ya que el contexto en el que sucedía no era sino de un gran alto voltaje político y económico. El encuentro se organizaba con el objetivo principal de rebajar las tensiones existentes entre ambos países, así como para abordar vías para mejorar las relaciones comerciales entre ambas naciones. En aquellos días, Pekín acusaba a Washington de intentar frenar su desarrollo mediante restricciones a la exportación de chips y tecnologías avanzadas, mientras Estados Unidos observaba con preocupación la capacidad china para controlar minerales estratégicos y tierras raras esenciales para su industria.
“La relación entre China y Estados Unidos va a ser mejor que nunca antes”, aseguró Trump en sus primeras declaraciones ante la prensa junto al mandatario chino. El presidente republicano insistió en mayo en el tono cordial que ha mantenido históricamente con Xi Jinping y llegó a definirse como su “amigo”. “Cuando teníamos un problema, lo solucionábamos muy rápido y vamos a tener un futuro fantástico juntos”, afirmó.
Xi, mucho más contenido, volvió a recurrir a su discurso habitual sobre un mundo inmerso en “cambios sin precedentes en un siglo”. El líder chino advirtió acerca de la situación que atraviesa el panorama internacional, inmerso en una etapa de “turbulencias y transformaciones entrelazadas”, lanzando una reflexión dirigida tanto a Washington como al resto del planeta, preguntando si “¿podrán China y Estados Unidos superar la llamada trampa de Tucídides y abrir un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?”.
La imagen de ambos mandatarios caminando juntos por la plaza de Tiananmen y estrechándose la mano en medio de la solemne ceremonia organizada por Pekín pretendía transmitir estabilidad. El Gobierno chino volvió a hacer gala de una escenografía reservada a las grandes visitas de Estado, hallando los ambos presidentes en su camino salvas de honor, himnos militares y decenas de niños agitando banderas de ambos países al grito de bienvenida.
La visita de Trump a China concluyó con mejoras en las relaciones entre ambas superpotencias y, aunque no se alcanzó un gran acuerdo que resolviera las diferencias estructurales entre ambas potencias, sí se anunciaron varios compromisos concretos.
Uno de los principales beneficiados fue Boeing. China asumió un compromiso inicial para adquirir 200 aviones de la compañía, con la posibilidad de ampliar la operación hasta 750 aeronaves. El acuerdo, todavía pendiente de concretarse en su totalidad, supondría una importante oportunidad para Boeing, que llevaba años sin cerrar grandes pedidos en el mercado chino. También beneficiaría a GE Aerospace, cuyos motores equipan parte de estos aviones.
El sector agrícola estadounidense obtuvo igualmente compromisos relevantes. Pekín acordó mantener compras de productos agrícolas estadounidenses por al menos 17.000 millones de dólares anuales durante 2026, 2027 y 2028, además de facilitar el acceso al mercado chino de productos como la carne de vacuno y las aves. Empresas como Cargill se encuentran entre las principales beneficiarias de esta reapertura.
En el ámbito tecnológico, Nvidia buscaba recuperar el acceso al mercado chino para sus chips de inteligencia artificial H200. Washington había autorizado determinadas ventas, pero durante la visita no se materializó un gran contrato. Apple y Tesla tampoco anunciaron grandes operaciones, aunque sus ejecutivos participaron en las reuniones con las autoridades chinas para defender sus intereses en un mercado estratégico.
Los grandes bancos y fondos estadounidenses, como BlackRock, Blackstone, Goldman Sachs y Citigroup, trataron de conseguir mayores oportunidades de inversión y acceso al mercado financiero chino.
Además, ambos Gobiernos acordaron crear mecanismos permanentes de diálogo sobre comercio e inversión y avanzar en la cooperación sobre tierras raras y otros minerales críticos. En conjunto, las empresas obtuvieron principalmente mayor acceso y previsibilidad, mientras que Boeing y el sector agrícola fueron los que consiguieron compromisos comerciales más concretos.
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