"Es distinto, tiene una autoestima exacerbada, se cree monarca". En estos términos definía el periodista Jon Lee Anderson, del The New Yorker, el gigante político que encarna Donald Trump en el tablero internacional. Una figura que se ha situado en el centro del orden geopolítico con amenazas directas a Estados soberanos, desde la reciente incursión militar Venezuela hasta tener en el punto de mira a Groenlandia. Pero, mirando hacia dentro, su gestión del frente de la Casa Blanca ha dejado tras de sí un Estados Unidos más crispado, más fracturado en lo económico y con el que afronta un horizonte cada vez más incierto ante la próxima cita en las urnas.

El regreso de la Doctrina Monroe y un Trump enfrascado en manejar los hilos de la política mundial a su antojo marcaron en buena parte el escenario del 2025 pero, sin duda, lo ha ratificado al comienzo de este año con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y el aumento de su afán de poder por si más allá con otros territorios clave. No obstante, su ambición exterior puede analizarse con dos caras de la misma moneda: ¿Demostración de fuerza o huida hacia adelante por posible debilidad?

La imagen que proyecta es de absoluto control, pero cierto es que su gestión al frente de Estados Unidos deja a su paso un escenario lejos de positivo: el incremento en los combustibles, la inflación disparada, la política migratoria basada en redadas –ejecutadas por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés)-, deportaciones –más de 600.000 personas- y violencia, la imposición de la guerra arancelaria, el despliegue de la Guardia Nacional en zonas demócratas y un escenario político cada vez más fracturado también están marcando el paso de su segundo mandato en el Despacho Oval.

Elecciones legislativas, el horizonte incierto a la vuelta de la esquina

Quizás un escenario poco conocido en torno a la política estadounidense, centrada en sus operaciones en el plano exterior, reside en la próxima cita en las urnas con las primeras legislativas en junio, en las que se renovarán los 435 escaños del Congreso y 33 de los 100 del Senado, además de la elección de 24 gobernadores de distintos Estados.

Y es que en su última comparecencia en la Casa Blanca, el magnate deslizó un argumentario mostrando cierta incertidumbre sobre esta cuestión: “Tenemos que ganar las de mitad de mandato porque si no ganamos… Encontrarán una excusa para destituirme. Me van a destruir”, avanzó. Pese a su holgada victoria en las urnas presidenciales hace un año atrás, ahora Trump atiende a un marco más ajustado por el que la presión en torno a su liderazgo podría estrecharse.

De acuerdo con un sondeo de la CNN, seis de cada diez estadounidenses no aprueban la gestión de Trump. Asimismo, uno de cada tres ciudadanos sigue apoyando a Trump y el 69% -siete de cada diez- percibe que quiere ejercer más poder que sus antecesores en la Casa Blanca, según reflejan los estudios de Pew Research Center. En clave migratoria, otro sondeo de la misma fuente apunta a que la comunidad latina en Estados Unidos desaprueba en un 70% el mandato del presidente.

Afán imperialista en auge

“Lo de Venezuela acaba de envalentonarlo más, el próximo objetivo podría ser un país como Cuba”, deslizó el periodista estadounidense Jon Lee Anderson en declaraciones este jueves a RTVE en clave de análisis sobre los futuros pasos que podría dar Trump. Y es que las pistas ya apuntan a Groenlandia como inminente punto de mira, pero su vista podría ampliarse a otros países del espectro caribeño, como bien son Cuba –“a punto de caer”, dijo el propio magnate- o naciones latinoamericanas como Colombia –“suena bien”, añadió-.

Las negociaciones con autoridades danesas para conseguir sus intereses en Groenlandia, capturar un petrolero ruso en aguas al sur de Islandia o la misma captura de Maduro en su país prueban que las acciones de Trump podrían no tener límite, pese a los esfuerzos de mediación de Europa o aplicando incansablemente la vía de la diplomacia.

En este punto, entra en juego el papel de la Corte Penal Internacional (CPI), pero tan solo en la teoría. Este tribunal internacional, pese a su relevancia en cuestiones diplomáticas mundiales, no es reconocido ni actúa sobre potencias como Estados Unidos, China o Rusia, tampoco sobre Israel –teniendo en cuenta las denuncias y la investigación que pesa en torno al primer ministro Benjamín Netanyahu por su cruenta ofensiva en Gaza-, por lo que las recientes actuaciones de Trump sobre Venezuela no tendrían la consiguiente condena.

La CPI puede actuar sobre cuatro escenarios concretos: genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y crimen de agresión; siendo este último el que podría aplicarse a lo acontecido entre Estados Unidos y Venezuela, puesto que pena el uso ilegal de la fuerza armada por un Estado contra otro contra su soberanía, integridad territorial o su independencia política. Así reza su artículo 8 bis: “Estando en condiciones de controlar o dirigir efectivamente la acción política o militar de un Estado, dicha persona planifica, prepara, inicia o realiza un acto de agresión que por sus características, gravedad y escala constituya una violación manifiesta de la Carta de las Naciones Unidas".

Pese a esta premisa internacional, lo cierto es que, por el momento, Trump tiene vía libre, en teoría para actuar por esta vía. Y en teoría porque, en la práctica, el Senado de Estados Unidos ha formalizado un primer intento de freno a las aspiraciones imperialistas del mandatario, debido a que este jueves aprobó una resolución que bloquea nuevas acciones de este calibre sobre Venezuela; una medida por la que está obligado a pedir permiso antes de atacar al país latinoamericano.

Pese a este obstáculo, Trump dejó caer que su control sobre Venezuela durará “años”. Según desgranó a The New York Times, su poder de decisión sobre el país latinoamericano se prolongará “mucho más tiempo” que el previsto desde un primer momento bajo la premisa de utilizar los recursos petroleros a su favor el tiempo que estime oportuno.

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