La crisis en Líbano ha vuelto a colocar a Oriente Próximo al borde de una nueva escalada regional y amenaza con hacer descarrilar las conversaciones entre Estados Unidos e Irán en Suiza. Las delegaciones de Washington y Teherán han cerrado una nueva ronda de contactos en el complejo de Bürgenstock, a orillas del lago de Lucerna, con avances frágiles, muchas cautelas y un elemento desestabilizador recurrente: las nuevas amenazas de Donald Trump.

El presidente estadounidense ha endurecido el tono contra Irán al exigir que frene a sus aliados en Líbano, en referencia a Hezbolá, y ha advertido de que Washington responderá con dureza si continúan los ataques o las maniobras de presión en la región. El mensaje llega en el peor momento para una negociación que ya avanzaba sobre un terreno minado: el conflicto entre Israel y Hezbolá, la seguridad marítima en el estrecho de Ormuz, las sanciones contra Teherán y el futuro del programa nuclear iraní.

La diplomacia intenta abrirse paso entre los misiles, pero cada declaración de Trump parece diseñada para recordarle a Irán que la Casa Blanca sigue negociando con una mano mientras exhibe la amenaza militar con la otra. Esa doble estrategia, lejos de facilitar un acuerdo, refuerza a los sectores más duros del régimen iraní y debilita a quienes defienden mantener abierta la vía diplomática.

Líbano, el frente que contamina toda la negociación

Aunque las conversaciones entre EE UU e Irán tienen una agenda amplia, Líbano se ha convertido en el punto más urgente. La reactivación de los combates entre Israel y Hezbolá ha elevado la presión sobre Teherán, al que Washington responsabiliza de sostener política, financiera y militarmente al grupo chií libanés.

La prioridad de los mediadores, encabezados por Qatar y Pakistán, pasa ahora por consolidar un mecanismo de desescalada que impida que el conflicto libanés se convierta en una guerra regional directa. Entre las medidas discutidas figura la creación de una célula de coordinación para evitar incidentes militares y supervisar el cumplimiento de un alto el fuego sobre el terreno.

El problema es que ningún actor parece controlar completamente la situación. Israel mantiene su presión militar sobre posiciones vinculadas a Hezbolá; el Gobierno libanés carece de capacidad real para imponer su autoridad en todo el territorio; e Irán combina gestos negociadores con una retórica de resistencia que dificulta cualquier concesión pública.

En ese contexto, la crisis humanitaria en Líbano vuelve a quedar relegada a un segundo plano. Los desplazamientos, la destrucción de infraestructuras y el miedo a una ofensiva de mayor alcance se han convertido en parte del paisaje cotidiano de un país que arrastra años de colapso económico, bloqueo institucional y fragilidad social.

Trump negocia a golpe de amenaza

La actitud de Trump vuelve a mostrar los límites de una diplomacia basada en la intimidación. El presidente estadounidense quiere presentarse como el dirigente capaz de doblegar a Irán, contener a Hezbolá y proteger a Israel sin quedar atrapado en una nueva guerra abierta en Oriente Próximo. Pero su estilo imprevisible introduce un factor de riesgo añadido.

Cada amenaza pública complica el trabajo de los negociadores estadounidenses en Suiza. Si Washington busca garantías iraníes sobre Líbano, Ormuz o el programa nuclear, necesita ofrecer algún tipo de horizonte político. Sin embargo, el discurso de Trump reduce el margen para que Teherán acepte compromisos sin aparecer ante su opinión pública como un actor sometido a la presión estadounidense.

La delegación iraní ha utilizado esas amenazas para endurecer su posición y exigir garantías previas. Teherán reclama alivio de sanciones, desbloqueo de activos y garantías de que Israel no continuará utilizando el frente libanés como válvula de presión contra sus intereses regionales.

La Casa Blanca, por su parte, sostiene que no habrá concesiones sin pasos verificables por parte de Irán. Esa lógica de desconfianza mutua ha marcado durante años la relación entre ambos países y vuelve ahora a imponerse, pese a los esfuerzos de los mediadores por construir una hoja de ruta de 60 días.

El resultado es una negociación atrapada entre dos necesidades contradictorias: evitar una guerra mayor y no parecer débil ante el adversario. Esa tensión explica por qué los avances anunciados en Suiza son importantes, pero todavía insuficientes.

Una tregua frágil y demasiados frentes abiertos

La reunión en Suiza ha permitido mantener vivos los canales de diálogo, pero no despeja las dudas de fondo. El acuerdo para seguir negociando durante las próximas semanas puede interpretarse como un alivio momentáneo, no como una solución.

El estrecho de Ormuz sigue siendo otro foco de preocupación. Cualquier amenaza sobre esa ruta estratégica, clave para el comercio mundial de energía, dispara las alarmas en los mercados y en las cancillerías occidentales. Irán sabe que esa carta le otorga capacidad de presión, mientras Estados Unidos insiste en que garantizará la libre navegación.

La crisis libanesa, además, no puede separarse del tablero regional. Israel busca neutralizar a Hezbolá; Irán intenta preservar su red de influencia; Estados Unidos quiere evitar una escalada que dañe sus intereses y a la vez demostrar firmeza; y los mediadores tratan de impedir que el incendio se extienda.

Por ahora, Washington y Teherán siguen sentados —directa o indirectamente— en la mesa. La cuestión es cuánto resistirá esa mesa bajo el peso de las bombas, las sanciones y los mensajes incendiarios del presidente estadounidense.

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