El conato de ataque sufrido este domingo por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, es ya el tercero contra su persona desde que volvió a tomar las riendas de la Casa Blanca en 2024. El tiroteo del hotel Hilton es la tercera ocasión en la que el mandatario estadounidense experimenta una situación de esta índole, tras los dos primeros, acaecidos en 2024, uno de ellos ampliamente recordado en el imaginario colectivo.

A los tiroteos y a la violencia armada nadie puede acostumbrarse, pero la elevadísima recurrencia con la que ocurren en Estados Unidos ha generado cierta desensibilización alrededor de este fenómeno. En un país en el que la población civil puede portar armas por derecho constitucional, suceden varios tiroteos masivos al año e incontables heridos y fallecidos por arma de fuego. De esto no se libra ni la persona más protegida del país, el presidente, que ya ha experimentado el tercer ataque de su segundo mandato.

El primero se dio en plena carrera presidencial: el 13 de julio de 2024, el todavía candidato ofrecía un mitin en Butler (Pensilvania) cuando una serie de disparos resonaron durante su discurso, mientras el magnate se echaba al suelo. Los presentes, asustados, se temían lo peor, pero la situación se diluyó en cuanto volvió a levantarse y los agentes del Servicio Secreto se lo llevaron del escenario con la cara ensangrentada y al grito de '¡Fight!' después de que una bala le rozara la oreja. El tirador, identificado posteriormente como Thomas Matthew Crooks, era un hombre de 20 años de Bethel Park (Pensilvania), sin antecedentes, ni afiliación política ni tan siquiera una motivación clara.

En esa misma campaña, apenas dos meses después, un agente del Servicio Secreto detectó el cañón de un rifle AK-47 oculto entre los arbustos de la residencia de Mar-a-Lago y abrió fuego contra los presentes. El republicano, no obstante, regresó a la residencia y no estuvo en peligro directo en ningún momento. La policía localizó el arma del sujeto, así como dos mochilas, tras detener al sospechoso. El individuo responde al nombre de Ryan Routh, un contratista de construcción de Carolina del Norte que, a diferencia de Crooks, sí tenía un currículum criminal previo, incluyendo una condena por posesión de armas. El tirador acampó durante casi 12 horas en la arboleda del campo de golf del magnate en West Palm Beach y confesó en una carta sus intenciones, además de ofrecer 150.000 dólares a quien completara su misión de asesinar al presidente estadounidense.

Ahora, en esta tercera ocasión, ha sido en el hotel Hilton de Washington, donde se encontraba toda la plana mayor de la Administración Trump, incluido el propio presidente, en la habitual Cena de Corresponsales de la Casa Blanca. El Servicio Secreto se ha visto obligado a intervenir para evitar que Cole Allen, un californiano de 31 años, se adentrara en el salón donde se celebraba el evento. Los agentes evacuaron de inmediato tanto al inquilino de la Casa Blanca, la primera dama, Melania Trump, y el resto de miembros de su Gabinete, después de que el sospechoso abriera fuego en el vestíbulo del edificio. En pleno estado de shock e incertidumbre, las autoridades detuvieron al sujeto y lo pusieron a la espera de comparecer ante el juez este próximo lunes.

Según las primeras informaciones, Allen se alojaba en el citado hotel. Trump fue el primero en publicar una imagen del detenido en la que se le ve en el suelo, con el torso desnudo, tras ser reducido por las autoridades. Después de que el nerviosismo se apoderara de toda la sala, el presidente dio una rueda de prensa de urgencia desde la Casa Blanca para informar sobre lo sucedido. El magnate trasladó las actualizaciones a los medios de comunicación, informando que el individuo portaba "varias armas" y precisando que se trataba de un "hombre solitario", sin dar nada por cerrado: "Pero no está claro. Veremos".

Tres episodios muy distintos entre sí

El primer intento de asesinato a Trump fue un claro punto de no retorno en la campaña. Apenas una semana después, el presidente Joe Biden se retiró de la carrera para la reelección por motivos de salud y lo reemplazó su vicepresidenta, Kamala Harris, en lo que también se pudo leer como un intento de frenar la tremenda inercia con la que venía el republicano tras lo sucedido. Fue insuficiente y Trump terminó convirtiéndose de nuevo en inquilino del Despacho Oval. Algunos analistas consideran que el momento en el que ganó las elecciones fue, de hecho, cuando sobrevivió al disparo en Butler. "¡Fight! ¡Fight! ¡Fight!", proclamaba Trump con la cara ensangrentada, en una imagen con una carga comunicativa con pocos precedentes.

En esa misma campaña vino el segundo intento de asesinato, aunque en este caso sin que existiera en ningún momento peligro directo para el tycoon. Apenas dos meses después del atentado de Butler, el 15 de septiembre, un agente del Servicio Secreto vio asomar el cañón de un rifle AK-47 oculto entre los arbustos tras la valla de seguridad y disparó. El candidato presidencial regresó a su residencia de Mar-a-Lago, la policía localizó el arma de fuego y dos mochilas en los arbustos y detuvo a un sospechoso, identificado como Ryan Routh, de 58 años, un contratista de construcción de Carolina del Norte con un historial criminal previo, incluida una condena por posesión de armas.

Este sábado, los disparos en el vestíbulo del Hilton marcan el tercer presunto intento de asesinato contra Donald Trump en los últimos dos años, en un país, como se ha escrito en las primeras líneas de este texto, en el que las armas de fuego son legales por derecho constitucional y en el que los tiroteos masivos y atentados de esta índole se están convirtiendo, inexorablemente, en una costumbre de fondo.

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