Tenía muchas ganas de sentarme a charlar con Ángeles Caballero sobre su nueva novela, ‘Orfidal y Caballero’, editada bajo el ala del sello Arpa Editores, tras el éxito de ‘Los parques de atracciones también cierran’ (Arpa, 2023), y que la propia autora define como el “diario de una mujer con carro de la compra que escribe”. Quedo con la Caballero en Citynizer Plaza, en pleno Lavapiés y la verdad es que hace una tarde estupenda para charlar. Llegamos, charlamos y al acabar nos vamos dando un paseo poniéndonos al día hasta el Teatro de la Latina. ¿Acaso no es eso la vida? Pasear con una amiga mientras vas arreglando el mundo. Creo que en esta entrevista hay mucho de eso, de intentar hacer el mundo un poco mejor.

 

Pregunta: Tenemos sobre la mesa ‘Orfidal y Caballero’ (Arpa, 2026), es el vómito de una corresponsal de la vida diaria ¿Estás de acuerdo con esta definición?

Respuesta: Vómito es algo que no es muy agradable, pero bueno, te lavas luego los dientes y te echas un poquito de colutorio y ya. Sí es un desahogo, pero tienes razón, que tiene más parte de soltar las cosas que te provocan asco…

P: Es una reacción al final. En el libro hablas de muchas cosas que son sintomáticas del momento que estamos viviendo socialmente, de a donde hemos llegado como país, de qué cosas permitimos, de cómo vivimos infectados por este esta guerra de unos contra otros y de todo esto que al final atraviesa tu día a día y tu trabajo.

R: Sí, puede tener un punto de enmienda a la totalidad, pero también una enmienda totalidad con la mujer que yo soy y la que he construido, que se ha dado cuenta en los últimos años de la cantidad de cosas que tenía que desprogramarme y reprogramarme. Todo eso es un proceso que también te genera dolor y mucho vaivén. Cuando esto pasa puedes optar por el inmovilismo o puedes optar por decirte “esto va a doler, esto me va a hurgar, pero es a lo que me quiero abrazar”.

P: Esto que me cuentas entronca con una idea que tú planteas en el libro y que es algo que se dice mucho. Hablo de la idea de que cuanto más mayor te haces, más conservador te vuelves y tú, sin embargo, dices que estás cada vez más cerca de la revolución…

R: Sí, yo estoy echada a los montes permanentemente, siendo yo una persona muy urbana, pero estoy como una cabra montesa perdida (se ríe).  Sí, sí, sí, sí. Hay un punto cada vez más anarquista que desconocía que había en mí y que me genera muchas de las cosas que veo. Quizás también porque, y esto lo comentó el propio Ammar Bretos el día que presentamos este libro en Madrid, con él y con Paloma Rando, que el primer libro era una mirada hacia adentro y este es una mirada hacia afuera. Cada vez tengo más claro que las cosas que no me gustan no las quiero para mí ni para nadie que me importe. Que va mucho más allá de la gente con la que convivo, es la gente a la que os quiero. Que no quiero eso para mí y tampoco para vosotros.

P: Tus dos novelas tienen mucho de abrirte en canal y de alguna manera exponerte ¿Se paga algún peaje por ese nivel de exposición?

R: Sí que se paga un peaje, pero yo no sabía que sería este peaje. Cuando tienes un altavoz y tienes el privilegio de que te paguen por contar cosas y por dar tu opinión sobre determinados asuntos, sabes que hay gente que va a conectar contigo, a la que le vas a caer muy bien pero también lo contrario. He asumido ya que hay gente que no solo no le gusto, sino que me puede llegar a detestar, aunque no me conozca. Con ese peaje yo contaba, pero tanto con el primero como con el segundo libro he pagado un peaje más íntimo, un peaje de gente de un entorno mucho más próximo. Gente que no te lo dice a las bravas, pero sí se encarga de hacer que te enteres por terceros. No me gusta la palabra traición, pero me parece un poco sucio. Me parece un poco sucio no que me consideren exhibicionista, sino exhibicionista de otros. Y me duele mucho que gente a la que quiero pueda llegar a pensar que hablar de mis padres, hablar de mis hijos o hablar de mi marido tiene un punto de intentar buscarle una rentabilidad y un marketing. He pasado mucho duelo con eso.

P: El libro arranca el día en el que te desea una violación grupal. ¿Cómo de normalizado tenéis la gente que salís por televisión poder recibir este tipo de ataques?

R: Pues no sé si nosotros lo tenemos normalizado, lo que sí creo es que la gente que te rodea, probablemente con toda la buena intención, intenta quitarle el peso que supone el recibir ese tipo de mensajes. Entonces es un jardín peligrosísimo en el que adentrarse, porque en el momento en el que te dicen bueno mujer, esto va a ser un ratito malo, que vas a pasar. Y yo no quiero normalizarlo, pero no quiero normalizarlo en mí ni en otras.

P: En tu primera novela contaste de una forma muy honesta los problemas de tu madre con el alcohol y poco tiempo después tomaste la decisión de dejar de consumir alcohol. ¿Esa decisión te ha descubierto una nueva cara de la gente que te rodea?

R: Definitivamente sí. El alcohol en un país como el nuestro, en el que todo se celebra entorno a una mesa, tiene un punto de normalización bastante peligroso. Ahora mismo vengo de un viaje de trabajo y ayer a la hora de la comida estábamos cinco personas, vino el camarero y me pedí un refresco y la gente de la mesa “mujer, no es hora de tomar un refresco”, tuve que explicar que no quería beber alcohol. O hace poco, estuvimos en un programa maravilloso en Gijón con Aimar Bretos, en el Teatro Jovellanos. Allí, delante de mil personas, salió un señor que tiene un lagar a servir sidra. A mí me trajo un vaso. Yo le dije que no y me dio la sensación de que el hombre estaba profundamente ofendido de que yo no quisiera beber. Pero no se da cuenta de que la que estaba tensa era yo. Y también se me ha desarrollado una vena más empática al ver sobria a los que ya llevan una copa de más, los veo y pienso “no te pidas otra más”. Y con lo que no tengo ninguna tolerancia es con la gente que bebe en entornos laborales, me hace sentirme incómoda hasta límites insospechados.

P: Perteneces a un grupo muy concreto de nuestra profesión, que son los opinadores, colaboradores que lo mismo habláis del IVA que de Ábalos… ¡Háblame de esta fauna!

R: Pues es un mundo que se parece mucho al tuyo (a los programas de corazón). Fijaste si se parece que, si estuviéramos en un zoo, estaríamos en la misma zona todos juntos (se ríe). Antes se hablaba mucho sobre la “salvamización” de la televisión, algo que sabes que siempre me ha puesto muy nerviosa, pero de un tiempo a esta parte solo se sobrevive a la actualidad política salvamizándola. Y a mí personalmente muchas veces me interesa mucho más saber qué pasa entre la Pantoja y su hijo que hablar de los Presupuestos Generales del Estado. Pido perdón aquí Arcadi Espada y a Carlos Cuerpo (se ríe).

P: A propósito de esto de tu amor por el universo Sálvame… El día que se acababa ‘No somos nadie’ nos despertamos con un artículo precioso tuyo en El País que nos hizo sentirnos abrazados. ¿Qué encontrabas tú en ese universo?

R: Pues yo creo que es un universo en el que siempre he encontrado algo de lo que perdí cuando perdí a mis padres. Siempre recuerdo mis tardes en casa de mis padres con lo que echaran en ‘Telecinco’, porque a mi madre no le ibas a quitar esa cadena. Y asomarme a vuestro universo era una manera de estar ahí, con ellos. Pero son productos que consumía porque me gustan, no como dice otra gente “por no pensar”. No, teníais tramas que me interesaban y que me encantaba ver por cómo las tratabais. Hay cosas que yo veo ahora de una manera diferente después de ver qué opinaban sobre ellas Carlota Corredera o María Patiño.

Charlamos con la periodista Ángeles Caballero sobre su segunda novela y la televisión. El Plural.

P: ¿Y nunca un compañero te ha afeado que disfrutes asomándote a otros universos como el de ‘Sálvame’ hasta el punto de escribir sobre ellos en El País?

R: Nunca me han dicho nada, pero te digo una cosa: hay gente pata negra, pero un nivel de pata negra cinco jotas, jabugo, que me ha acabado preguntando discretamente por cosas de las que nos interesan a ti y a mí, pero no por personajes del corazón, sino de gente de la política (se ríe). Y yo les cuento lo que quieren saber, que compartir es de guapas.

P: De todos los programas en los que colaboras ¿a cuál no puedes ir sin coger el lanzallamas?

R: No lo saco en plató, lo dejo en el bolso (se ríe). No lo llevo a ninguno porque creo que jamás he discutido con nadie de una manera vehemente o feroz. O sea, yo para eso soy una señora que como soy tan presumida, digo con lo bien que me han peinado y maquillado, no voy a ponerme fea gritando. Luego vuelvo en el coche de producción hablando por teléfono raca, raca, raca, raca. A veces ves a gente matarse en plató y luego dices, detrás de cámaras es muy majo ¡yo prefiero lo contrario! Que digan “qué maja parece ¡pero es un bicho!”. (Se ríe).

P: Tengo la sensación, dime si me equivoco, que de todos los programas en los que colaboras, el que más disfrutas es ‘La cena de los idiotés’.

R: Totalmente, es algo que disfruto mucho y en el que más aprendo. Ocurre algo y es que parece un contenido liviano y siempre tiene más trasfondo que algunas críticas parlamentarias que parecen muy solemnes. La gente llega a la cena, donde no hay comida sino solo agua, y empieza a contar cosas que luego no recuerda que ha dicho. Es maravilloso. Jabois y yo siempre lo decimos, hemos dado ahí, especialmente es que él es muy tímido, información sobre nosotros mismos que no recordamos. Ahora todo el mundo sabemos que a Manuel le gusta hacer la cucharita cuando conoce a alguien o que Ion Aramendi ha conducido un coche sin carnet bajando el monte Igueldo cuando era joven. Menos mal que solo ponemos agua para beber…

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