Las continuas y contradictorias declaraciones de Donald Trump, así como los permanentes cambios de opinión sobre cuestiones relevantes de la política norteamericana, han convertido a Estados Unidos en un país imprevisible y caótico, especialmente en el ámbito de las relaciones internacionales. Es necesario, pues, remitirse más a los hechos que a las palabras de su presidente. Uno de los casos más paradigmáticos es la guerra de Ucrania, donde la realidad es muy nítida: Washington se ha situado mucho más cerca del Kremlin que de Zelenski, presidente de un país que lleva más de cuatro años resistiendo, casi de forma heroica, una invasión que, a pesar de haber comportado muerte, dolor y destrucción, no ha sido capaz de alcanzar el objetivo principal por el que fue llevada a cabo. Putin, se puede decir claramente, ha fracasado. Y la constatación de su fracaso, desgraciadamente, la han sufrido este verano en primera persona miles de ciudadanos de Kiev, que han padecido los misiles rusos en unas noches que han dejado decenas de muertos y cientos de heridos.
El cambio de Biden por Trump al frente de la administración norteamericana ha sido muy notorio. Sin ir más lejos, el actual inquilino de la Casa Blanca se comprometió a poner punto final al conflicto en 24 horas y, por el contrario, lo que ha hecho es reducir drásticamente el apoyo militar al país invadido y acercarse cada vez más a Rusia. Dan testimonio de ello dos encuentros: el primero es el tenso encuentro en el Despacho Oval, donde Trump, sin mostrar ni un ápice de empatía, humilló al presidente ucraniano; el segundo es la recepción institucional —con toda la pomposidad— a Putin en Alaska.
Desde hace tiempo, y solo hay que ceñirse a los hechos, Estados Unidos ha dejado de ser un socio fiable para la Unión Europea. La resistencia ucraniana está hoy prácticamente en manos de los europeos. Una responsabilidad que recae en sus élites políticas, pero también en su ciudadanía. En otras palabras, si los ucranianos han conseguido evitar la anexión por parte de Moscú ha sido, en buena medida, gracias al apoyo de la Unión Europea. Este apoyo se ha concretado en la aplicación de sanciones a Rusia y en el envío de recursos y armas para que el ejército ucraniano pudiera defenderse. Y esto no ha sido casual: en la inmensa mayoría de las capitales europeas hay gobiernos europeístas o, cuando menos, ejecutivos convencidos de que un hipotético triunfo ruso podría significar el regreso a un pasado de violencia y enfrentamiento que se daba por superado.
El vaso se puede ver medio vacío o medio lleno. Si se mira medio vacío, la realidad es que Volodímir Zelenski lleva semanas reclamando a los socios europeos más sistemas de defensa para interceptar los misiles balísticos rusos. La UE responde a las demandas del presidente ucraniano, pero lo hace a un ritmo más lento del que desearía el mandatario. En este contexto, el papel del Reino Unido ha sido especialmente relevante. Hace unos días, coincidiendo con la conmemoración del Día de la Independencia de Ucrania, Andy Burnham anunció que facilitaría al país eslavo información y tecnología para reforzar su capacidad de fabricar misiles de largo alcance. La noticia no es menor: constata que el líder laborista mantiene su apuesta por la Coalición de Voluntarios y, indirectamente, que quiere recuperar la fuerza internacional y exterior perdida después del Brexit.
Por otra parte, el año que viene hay elecciones en Francia, España, Italia y Polonia y, actualmente, los sondeos pronostican un auge reaccionario que podría traducirse en un triunfo de Le Pen en el país galo y en un ejecutivo de Feijóo y Abascal en España. Las encuestas también indican que la ultraconservadora Giorgia Meloni podría depender para gobernar de un partido situado a su derecha y que el polaco Donald Tusk ganaría las elecciones, pero que la oposición de extrema derecha y contraria a la UE tendría opciones de recuperar el poder.
La victoria de las opciones nacional-populistas o la formación de gobiernos conservadores con la participación de los ultras en estos países podría debilitar el apoyo europeo a Ucrania. Las elecciones regionales en Sajonia-Anhalt han sido un aviso de lo que puede suceder en otras zonas del continente. Una posible deriva iliberal, extremista y reaccionaria en estos países puede ser letal para Ucrania, pero también para Europa.
Hace falta mucha más pedagogía por parte de los dirigentes políticos, ya que a menudo la invasión rusa se sigue percibiendo en determinadas áreas geográficas como una realidad lejana. Esta situación se explica, en buena medida, por un factor que Pol Morillas, director del CIDOB, pone de manifiesto en su libro En el patio de los mayores: las diferencias en el grado de apoyo al compromiso europeo con Ucrania. Según un estudio de Bruegel de 2023, que recoge este ensayo, en Polonia el apoyo al envío de armas a Ucrania superaba el 90% de la población, mientras que en Italia se situaba alrededor del 50%. Esta diferencia, según relata Morillas, ha provocado una división entre quienes apuestan por un apoyo continuado y firme al país presidido por Volodímir Zelenski y quienes, conscientes de las limitaciones armamentísticas y económicas occidentales, abogan por negociar con Rusia un nuevo marco de seguridad.
Sin urnas con votos europeístas, Ucrania tendrá más dificultades para defenderse de las embestidas de Putin. Ser conscientes de ello es un primer paso. Pero no basta con una mayor pedagogía por parte de los dirigentes políticos: también hace falta una ciudadanía consciente de la responsabilidad que tiene. Si el vaso se mira medio lleno, es una certeza que el nivel de ayuda a los ucranianos está en nuestras manos. Y, con él, nuestra propia seguridad y nuestro modelo de vida. Tengámoslo presente cuando tengamos que depositar la papeleta en la urna. O, dicho de otra manera, evitemos que el vaso se vacíe por completo.
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