Durante casi dos años, miles de estudiantes serbios abandonaron las aulas para reclamar que alguien respondiera por la muerte de dieciséis personas. Ocuparon facultades, caminaron kilómetros, organizaron asambleas y llenaron las calles de un país que llevaba más de una década gobernado por el mismo hombre. Este domingo, cuando Aleksandar Vučić reconoció su derrota electoral, Belgrado volvió a llenarse de jóvenes. Pero esta vez no habían salido a protestar. Habían conseguido lo que durante años parecía reservado a una oposición incapaz de ponerse de acuerdo: derrotar al dirigente que había convertido Serbia en su particular fortaleza política.
La escena tiene algo de ajuste de cuentas con el tiempo. Vučić llevaba dominando la política serbia desde 2014. Viktor Orbán, que perdió las elecciones húngaras el pasado abril, había gobernado durante dieciséis años. Ambos habían construido poderosas maquinarias políticas, cultivado relaciones con grandes empresarios y favorecido sistemas mediáticos próximos a sus intereses. Los dos habían aprendido a presentarse como garantes de una estabilidad que sus adversarios supuestamente no podían ofrecer. En apenas seis meses, los dos han descubierto que la permanencia también tiene fecha de caducidad.
No son los únicos dirigentes europeos obligados a mirar el calendario con inquietud. Emmanuel Macron consume sus últimos meses en el Elíseo entre protestas, crisis presupuestarias y una popularidad hundida. Pedro Sánchez afronta unas elecciones anticipadas el 29 de noviembre, mientras el PP y Vox encabezan las expectativas de la mayoría de los sondeos. En Portugal, la consolidación de Chega ha alterado un sistema que durante décadas pareció reservado a socialistas y socialdemócratas. Rumanía acaba de salir de una prolongada crisis de Gobierno y Francia se prepara para elegir a un presidente que ya no podrá ser Macron.
Europa cambia, aunque no lo hace siguiendo una sola dirección. Mientras algunos poderes nacionalistas se desploman, la extrema derecha encuentra oportunidades en otros países. Y mientras una generación de estudiantes reclama instituciones más transparentes, dirigentes como Giorgia Meloni conservan una considerable fortaleza electoral. El continente no está protagonizando una revolución común. Está atravesando una disputa mucho más incierta sobre quién merece gobernarlo y quién ha dejado de hacerlo.
El día que dejaron de tener miedo a los intocables
La caída de Vučić comenzó lejos de las urnas. El 1 de noviembre de 2024, la marquesina de una estación ferroviaria de Novi Sad se desplomó sobre varias personas. La tragedia, que dejó dieciséis muertos, despertó sospechas sobre las obras de rehabilitación, los contratos públicos y la falta de controles independientes. Los estudiantes no se conformaron con exigir responsabilidades por el accidente. Empezaron a cuestionar un entramado político que, según sus denuncias, había convertido la corrupción y el clientelismo en parte del funcionamiento cotidiano del Estado.
Aquellas protestas terminaron reuniendo a profesores, agricultores, trabajadores y ciudadanos que llevaban años desconfiando de la oposición tradicional. La candidatura estudiantil que nació de ese movimiento obtuvo este domingo el 52,7% de los votos, según el escrutinio provisional, y una mayoría absoluta de 139 diputados.
La historia de Hungría resulta diferente, aunque conduce a un desenlace parecido. Orbán había levantado su poder sobre una transformación profunda de las instituciones, con reformas constitucionales, restricciones sobre determinados contrapesos y una extensa red de intereses económicos y mediáticos. Su modelo de democracia iliberal terminó convertido en referencia para parte de la derecha radical europea y para el movimiento de Donald Trump.
Sin embargo, el deterioro económico y las denuncias de corrupción fueron erosionando una hegemonía que parecía inexpugnable. La alternativa llegó desde el propio universo conservador. Péter Magyar, antiguo integrante del entorno de Fidesz, consiguió reunir a votantes desencantados con el Gobierno y a sectores de una oposición que llevaba años acumulando derrotas.
A Orbán no lo desalojó una revolución socialista, del mismo modo que a Vučić no lo ha derrotado un partido de izquierdas convencional. En ambos casos, el cambio llegó cuando sectores sociales muy distintos coincidieron en que el principal problema había dejado de ser quién debía gobernar y había pasado a ser quién no debía seguir haciéndolo.
Ese hartazgo también permite comprender la caída de Milo Đukanović en Montenegro. Después de décadas como protagonista casi permanente de la política nacional, su partido perdió el Gobierno en 2020 y él fue derrotado en las presidenciales de 2023. La alternancia no resolvió las disputas identitarias ni eliminó las viejas redes de influencia, pero terminó con una forma de entender el poder que parecía inseparable de su figura.
Cuando gobernar deja de ser suficiente
La erosión de los liderazgos no siempre termina con una derrota electoral. En ocasiones empieza mucho antes, cuando un dirigente conserva su cargo, pero pierde la capacidad de imponer el rumbo político de su país.
Macron representa bien esa transformación. Llegó al Elíseo en 2017 prometiendo superar la división tradicional entre izquierda y derecha, modernizar Francia y construir una alternativa frente al nacionalismo. Nueve años después, su espacio político aparece debilitado, el Parlamento está fragmentado y las protestas por los salarios, los servicios públicos y las condiciones de vida han deteriorado todavía más la autoridad presidencial.
El mandatario francés no puede presentarse a un tercer mandato consecutivo en 2027. Su marcha está prevista constitucionalmente, pero el proyecto político que levantó alrededor de su figura llega a ese momento sin un sucesor capaz de reproducir el entusiasmo de sus primeros años. La extrema derecha de Marine Le Pen, que acaba de lanzar su campaña presidencial, pretende aprovechar ese vacío. La izquierda de Jean-Luc Mélenchon también busca convertir el malestar social en apoyo político.
Francia refleja una de las grandes contradicciones de esta Europa cambiante: el agotamiento del centro político no garantiza que sus antiguos votantes se desplacen hacia posiciones progresistas. El descontento puede alimentar movilizaciones por los derechos sociales o reforzar proyectos que proponen restringir la inmigración y endurecer la respuesta policial.
Algo parecido sucede, con sus particularidades, en Portugal. El país ha visto cómo Chega rompía el equilibrio tradicional entre el Partido Socialista y el Partido Social Demócrata. André Ventura ha convertido su formación en un actor central de la política nacional, utilizando el discurso contra la corrupción, las posiciones antiinmigración y la confrontación con las élites para ampliar sus apoyos.
El cambio no reside únicamente en el crecimiento electoral de la extrema derecha. También está en la dificultad de los partidos que durante décadas dominaron la vida portuguesa para seguir representando por sí solos a una sociedad más fragmentada.
España afronta su propia prueba dentro de apenas cinco semanas. Sánchez ha demostrado una notable capacidad de supervivencia política desde su llegada a la Moncloa, pero el adelanto electoral del 29 de noviembre se produce después de perder apoyos parlamentarios esenciales. El PSOE llega a la cita con una izquierda alternativa dividida, mientras los sondeos sitúan al bloque de PP y Vox por delante.
La comparación con otros países tiene límites evidentes, pero existe una coincidencia: la fortaleza de un liderazgo ya no puede medirse únicamente por su capacidad para conservar el Gobierno, sino también por la de mantener viva una mayoría social que lo sostenga. En España, además, la fragmentación territorial y el sistema parlamentario hacen que esa mayoría dependa de una aritmética mucho más compleja que la simple suma de votos.
El malestar no siempre cambia de bandera
Hay otra Europa que no cabe en el relato de los gobernantes derrotados. Edi Rama continúa al frente de Albania después de trece años y cuatro mandatos consecutivos, pero las universidades y las calles se han convertido en escenarios de contestación contra su Gobierno socialista. Las denuncias de corrupción, la precariedad juvenil y el rechazo a determinados proyectos urbanísticos han alimentado unas protestas que recuerdan, por su origen social, a las que precedieron a la derrota de Vučić.
En Rumanía, la crisis ha adquirido una forma más institucional. Tras meses de dificultades para construir una mayoría, el Parlamento acaba de investir a un Gobierno encabezado por el diplomático Luca Niculescu. Su Ejecutivo depende de acuerdos con partidos que no forman parte de la coalición ministerial, mientras la ultraderechista Alianza para la Unión de los Rumanos intenta capitalizar el desgaste del sistema tradicional.
La desconfianza hacia los partidos establecidos y las dificultades económicas están presentes en ambos escenarios, aunque sus consecuencias políticas sean distintas. El malestar contra quienes gobiernan puede provocar una alternancia, pero también alimentar a fuerzas que cuestionan los consensos democráticos sobre los que se construyó la Europa posterior a la Guerra Fría.
Eslovaquia ofrece otro ejemplo de esa tensión. Robert Fico conserva el Gobierno pese a sus conflictos con parte de la sociedad civil, sus dificultades parlamentarias y sus posiciones controvertidas respecto a Rusia. En República Checa, las protestas contra los planes de Andrej Babiš para modificar la financiación de los medios públicos muestran que la independencia institucional continúa siendo un campo de batalla.
Y en Polonia, la derrota gubernamental de Ley y Justicia en 2023 no acabó con la influencia del nacionalismo conservador. La victoria presidencial de Karol Nawrocki en 2025 devolvió a esa corriente una poderosa herramienta institucional desde la que bloquear reformas del Ejecutivo de Donald Tusk.
No basta, por tanto, con cambiar a quien ocupa el despacho. Las redes políticas, los intereses económicos y las instituciones moldeadas durante años pueden sobrevivir a una alternancia electoral.
Los que todavía no han encontrado su techo
Frente a las derrotas de Orbán y Vučić, Giorgia Meloni representa otra realidad. Cuatro años después de llegar al Palacio Chigi, Hermanos de Italia continúa encabezando las encuestas con alrededor del 27% o el 28% de los votos. Su Gobierno ha conseguido mantener una estabilidad poco habitual en la política italiana y consolidar un espacio conservador que combina posiciones de derecha radical en inmigración y seguridad con una relación pragmática con Bruselas.
Su fortaleza contrasta con el desgaste de antiguos aliados ideológicos. La caída de Orbán ha privado a la derecha radical europea de uno de sus grandes referentes institucionales, pero no ha desarticulado una corriente política que continúa disputando el poder en algunas de las principales democracias del continente.
Le Pen en Francia y Vox en España participan de esa misma disputa, aunque con estrategias, electorados y situaciones institucionales diferentes. No representan una continuidad automática del modelo húngaro, pero sí forman parte de un espacio político que cuestiona elementos fundamentales de la agenda europea sobre inmigración, derechos y soberanía.
Ucrania introduce una excepción de otra naturaleza. Volodímir Zelenski continúa en la Presidencia en un país sometido a la invasión rusa y a la ley marcial, que impide celebrar elecciones ordinarias. La guerra ha alterado profundamente las condiciones de la representación política y plantea problemas extraordinarios para garantizar el voto de millones de desplazados, militares y ciudadanos que viven en territorios ocupados.
No se puede analizar su continuidad con el mismo criterio que la de otros gobernantes europeos. Mientras unos presidentes se enfrentan al desgaste de las urnas, Ucrania afronta el problema de cómo recuperar plenamente la competición electoral sin comprometer la seguridad ni excluir a una parte de su población.
El continente que ya no reconoce a sus antiguos dueños
La historia política europea suele explicarse mediante grandes familias ideológicas, pero la fotografía de 2026 resulta bastante más desordenada. Un antiguo colaborador derrota al gran referente de la derecha iliberal húngara. Un movimiento estudiantil desaloja al nacionalismo serbio. Una formación de extrema derecha altera el equilibrio portugués. Un presidente centrista consume sus últimos meses en Francia sin haber conseguido consolidar su sucesión. Y una primera ministra procedente de la derecha posfascista mantiene una posición sólida en Italia.
La vivienda, los salarios, la corrupción, la calidad de los servicios públicos y la desconfianza hacia las instituciones atraviesan muchos de estos conflictos. Pero las respuestas que encuentran los ciudadanos son distintas. Unos reclaman más protección social, otros exigen regeneración democrática y otros se identifican con discursos nacionalistas y antiinmigración.
Lo que comparten no es una misma ideología, sino el cuestionamiento de sistemas políticos que durante años parecieron tener asegurada su continuidad. Los partidos tradicionales ya no monopolizan las alternativas y las nuevas generaciones intervienen en la política a través de movimientos que no siempre nacen con vocación electoral.
Serbia afronta ahora el desafío de convertir una victoria estudiantil en un Gobierno capaz de reformar las instituciones. Hungría debe comprobar hasta dónde puede desmontarse el sistema construido por Orbán. Francia busca un relevo para el macronismo, mientras España se aproxima a unas urnas que decidirán la continuidad de Sánchez y el papel que puede desempeñar Vox en el próximo Ejecutivo.
En Belgrado, las celebraciones de este domingo dejaron una imagen poco habitual: miles de jóvenes que habían dedicado casi dos años a reclamar responsabilidades podían, por primera vez, festejar una victoria electoral. Vučić había perdido. Su partido, sus votantes y buena parte de las estructuras que lo sostuvieron seguían allí. En Budapest, Orbán también había abandonado el Gobierno sin desaparecer de la vida política.
Los viejos liderazgos europeos no están siendo sustituidos por una misma generación ni por un proyecto común. Algunos caen, otros resisten y otros apenas comienzan a construir su poder. Las próximas elecciones seguirán decidiendo cuál de esas historias se escribe en cada país.
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