Jensen Huang estuvo a punto de no formar parte de la foto. O, al menos, eso parecía cuando su nombre no aparecía entre los ejecutivos esperados en la visita de Trump a China. Pero el jefe de Nvidia terminó viajando a Pekín, y su presencia añadió a la cumbre una carga mucho más profunda. Si Musk y Cook representaban el peso empresarial de Silicon Valley, Huang llevaba consigo algo más sensible: los chips que pueden decidir la carrera global por la inteligencia artificial.
La visita de Donald Trump a China dejó una imagen de negocios, pero el trasfondo era mucho más estratégico. Junto al presidente estadounidense viajaron algunos de los nombres más poderosos del capitalismo tecnológico: Elon Musk, al frente de Tesla y SpaceX; Tim Cook, consejero delegado de Apple; y Huang, responsable de una compañía convertida en pieza central de la nueva economía de la IA. En una cumbre marcada por los gestos de cordialidad, la presencia de Nvidia recordaba que la guerra fría tecnológica entre EEUU y China se libra, sobre todo, en los semiconductores.
The two sides discussed ways to enhance economic cooperation between countries, including expanding market access for American businesses into China and increasing Chinese investment.
— The White House (@WhiteHouse) May 14, 2026
Leaders from many of the United States’ largest companies joined a portion of the meeting. pic.twitter.com/i3Q1ogde2E
Nvidia, el gigante de Silicon Valley que Pekín quiere cerca
Nvidia no es una compañía más en esta historia. Sus chips son esenciales para entrenar modelos avanzados de inteligencia artificial, alimentar centros de datos y sostener la capacidad de cálculo que necesitan gobiernos y grandes corporaciones para competir en la nueva economía digital. Por eso Huang no acudió a Pekín solo como empresario: llegó como representante de una firma que China necesita, que Washington vigila y que ha quedado atrapada en el centro de la rivalidad entre las dos mayores potencias del mundo.
Los números explican esa relevancia. Nvidia cerró su ejercicio fiscal 2025 con 130.500 millones de dólares de ingresos, un 114% más que el año anterior, impulsada por la explosión de la inteligencia artificial. Su negocio de centros de datos, donde se concentran los chips más demandados para IA, alcanzó 115.200 millones de dólares, con un crecimiento del 142%. La compañía no vende simplemente componentes: vende la infraestructura sobre la que se está construyendo buena parte de la nueva economía digital.
Su peso bursátil también da la medida del fenómeno. Nvidia ha llegado a superar los 5,5 billones de dólares de capitalización, una cifra superior al PIB anual de economías como Alemania y que la sitúa entre los activos más valiosos del mundo. Pocas empresas resumen tan bien la fiebre inversora por la inteligencia artificial y la convicción de los mercados de que los chips serán una de las grandes fuentes de poder económico en los próximos años.
Ese dominio no se limita al valor en Bolsa. Nvidia controla buena parte del mercado de los aceleradores de IA, con estimaciones que le atribuyen entre el 80% y el 90% del segmento de GPU para inteligencia artificial. Su ventaja, además, no está solo en el hardware: también descansa en su ecosistema de software, especialmente CUDA, convertido en una especie de idioma común para muchos desarrolladores y empresas que trabajan con IA. Cambiar de Nvidia no es solo cambiar de chip; es cambiar de arquitectura tecnológica.
Para China, acceder a esa tecnología es una prioridad. Pekín quiere competir en inteligencia artificial, reducir su dependencia exterior y acelerar el desarrollo de sus propias capacidades. Pero para lograrlo necesita tiempo, inversión y componentes avanzados. Ahí reside la importancia de Nvidia: sus productos pueden marcar la diferencia entre avanzar al ritmo de los líderes globales o quedar varios pasos por detrás.
Para Estados Unidos, el cálculo es muy distinto. Washington no ve los chips avanzados como una mercancía cualquiera, sino como un activo estratégico. En manos chinas, pueden acelerar avances industriales, científicos, militares o de vigilancia. Por eso la Administración estadounidense ha impuesto restricciones para limitar el acceso de Pekín a determinadas tecnologías sensibles. La supremacía tecnológica ya forma parte de la seguridad nacional.
Nvidia queda así en una posición incómoda. Quiere vender en China, pero no puede desbordar los límites impuestos desde Washington. De hecho, la propia compañía reconoció en su informe anual que sus ingresos de centros de datos en China crecieron en el ejercicio fiscal 2025, pero seguían “muy por debajo” de los niveles anteriores a los controles de exportación aprobados en octubre de 2023. La empresa ha intentado adaptar productos específicos para el mercado chino que no requieran licencias de exportación, una muestra clara de hasta qué punto su negocio depende de equilibrios políticos.
La guerra fría ya no va solo de aranceles
Durante años, la tensión entre Estados Unidos y China se explicó sobre todo a través de los aranceles, el déficit comercial o las fábricas que se trasladaban de un país a otro. Todo eso sigue importando, pero ya no basta para entender el momento. La nueva rivalidad se juega también en terrenos menos visibles: chips, centros de datos, inteligencia artificial, cadenas de suministro y control tecnológico.
La inteligencia artificial necesita capacidad de cálculo. Y esa capacidad depende de semiconductores avanzados, software especializado, materiales estratégicos, maquinaria de precisión y una red global de proveedores que no se improvisa. Quien controle esa arquitectura tendrá ventaja en la economía, en la industria y también en la defensa.
Por eso Nvidia se ha convertido en símbolo de esta guerra fría tecnológica. Sus chips no solo sirven para mejorar productos o acelerar procesos: pueden ayudar a definir quién lidera la próxima revolución productiva. La IA promete transformar sectores como la sanidad, la energía, las finanzas, la automoción, la educación, la investigación científica o la seguridad. Dominar la infraestructura que la hace posible equivale a ganar poder.
China lo sabe. Estados Unidos también. Y las empresas, aunque prefieran hablar de innovación y oportunidades, se ven arrastradas por esa lógica. En el mundo actual, un chip puede ser a la vez un producto, una fuente de ingresos, un arma diplomática y una línea roja de seguridad nacional.
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