El encuentro entre Benjamin Netanyahu y Donald Trump tendrá lugar en la Casa Blanca, pero una parte esencial de su audiencia estará a miles de kilómetros de Washington. El primer ministro israelí llega a Estados Unidos con una extensa agenda regional, encabezada por la guerra con Irán, aunque también con una necesidad política mucho más inmediata: regresar a Israel con una imagen capaz de reforzar su candidatura ante las elecciones del próximo 27 de octubre.

Para Netanyahu, una fotografía junto al presidente estadounidense nunca es solamente una fotografía. Es una demostración de acceso, influencia y poder. También es una herramienta electoral con la que puede presentarse ante los ciudadanos israelíes como el único dirigente capaz de hablar de igual a igual con el principal aliado del país. En esta ocasión, además, esa imagen resulta especialmente valiosa: las encuestas anticipan dificultades para la coalición nacionalista y religiosa que sostiene al actual Gobierno, mientras figuras de la oposición como el exjefe militar Gadi Eisenkot han comenzado a disputarle el terreno de la seguridad.

El viaje ofrece así a Netanyahu la posibilidad de desplazar la conversación política. En lugar de responder únicamente por el coste de las guerras, por el futuro de Gaza o por los objetivos que Israel todavía no ha alcanzado, el dirigente del Likud puede aparecer en el centro de las grandes decisiones internacionales. La escenografía de la Casa Blanca le permite recuperar uno de los argumentos que ha utilizado durante años para justificar su permanencia en el poder: nadie representa los intereses de Israel ante Washington como él.

Una fotografía para recuperar la iniciativa

El problema para Netanyahu es que sus tradicionales credenciales de seguridad ya no resultan incuestionables. Los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, la prolongación de la ofensiva sobre Gaza y la apertura de sucesivos frentes han erosionado la imagen del dirigente que prometía mantener a Israel protegido mediante una combinación de fuerza militar, inteligencia y relaciones internacionales.

El desgaste también ha alcanzado zonas que fueron importantes para su base electoral. En el norte del país, especialmente castigado por los ataques de Hezbolá, la popularidad del primer ministro ha descendido mientras una parte del electorado reclama resultados más contundentes y garantías reales para poder regresar a sus hogares. La política regional coloca así a Netanyahu ante una contradicción: cualquier contención puede ser interpretada por sus votantes más duros como una concesión, pero la prolongación indefinida de los conflictos tampoco asegura una victoria clara que pueda presentarse ante las urnas.

En ese contexto, el respaldo de Trump adquiere un valor especial. Netanyahu necesita demostrar que sigue siendo un interlocutor imprescindible, que conserva la confianza de Washington y que puede influir en las decisiones estadounidenses sobre Irán, Líbano, Gaza o las relaciones con Arabia Saudí. No se trata únicamente de obtener compromisos concretos. Se trata también de escenificar que Israel continúa ocupando un lugar central en la estrategia de Estados Unidos y que él sigue siendo el hombre que administra esa relación.

La propia agenda del encuentro favorece esa construcción. Netanyahu ha señalado que Irán será el principal asunto de la conversación. Ambos mandatarios también abordarán las tensiones con Líbano, la posible ampliación de los Acuerdos de Abraham y otros equilibrios regionales. Cada uno de esos temas permite al primer ministro proyectarse como un estadista indispensable, precisamente cuando sus adversarios intentan presentarlo como un dirigente desgastado, condicionado por sus socios ultraderechistas y más preocupado por su supervivencia que por el futuro del país.

El abrazo de Trump ya no es incondicional

La paradoja es que Netanyahu necesita explotar electoralmente una relación que atraviesa visibles tensiones. Aunque Trump continúa siendo un aliado fundamental de Israel, las discrepancias entre ambos han aumentado alrededor de la estrategia que debe seguirse en Oriente Próximo.

El presidente estadounidense ha mostrado interés en preservar vías diplomáticas con Irán y ha cuestionado algunas decisiones militares israelíes, especialmente aquellas que podían desestabilizar los acuerdos alcanzados en otros frentes. También ha pedido a Netanyahu una actitud más moderada en Líbano, un mensaje incómodo para un primer ministro que necesita exhibir firmeza ante sus votantes y sus socios de coalición.

La reunión, por tanto, tendrá una doble lectura. En público, ambos dirigentes tratarán de ofrecer una imagen de coordinación y cercanía. Netanyahu necesita esa apariencia para reforzar su campaña, mientras Trump difícilmente querrá proyectar una ruptura abierta con un aliado estratégico. Pero detrás de las cámaras se negociará quién marca el ritmo de la guerra, hasta dónde debe llegar la presión sobre Irán y qué margen conserva Israel para actuar sin comprometer los planes de Washington.

Esta diferencia entre la imagen pública y la negociación privada puede convertirse en uno de los elementos más reveladores de la cita. Netanyahu buscará que el encuentro sea interpretado en Israel como una ratificación de su liderazgo. Trump, por su parte, puede utilizarlo para recordarle que la ayuda militar, la protección diplomática y la capacidad de sostener una campaña regional dependen en gran medida de Estados Unidos.

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