La respuesta de Irán a la ofensiva de Estados Unidos e Israel desde el sábado ha sido en la práctica un riego de ataques sobre las bases norteamericanas en países de Oriente Próximo. Más allá de responder al asesinato de casi un millar de personas en su suelo con bombardeos selectivos sobre objetivos exclusivamente militares, el régimen persa podría no estar tan acorralado como puede parecer después de que Donald Trump y Benjamin Netanyahu hayan descabezado a la República Islámica, asesinando al líder supremo Ali Jamenei. Irán está midiendo sus fuerzas y calculando cada movimiento en una guerra que, de alargarse, puede terminar costándole a Estados Unidos y sus aliados un alto precio.
Y es que Irán tiene la sartén por el mango en varios aspectos. En primer lugar, el comercial, con la consecuencia inmediata del cierre del Estrecho de Ormuz, la puerta del golfo Pérsico por la que pasa casi el 20% del petróleo mundial, y la amenaza de atacar a cualquier barco que trate de cruzarlo. Un movimiento económico de alcance que en el corto plazo ha disparado el precio del crudo, pero que de mantenerse tiene muchas aristas que podrían terminar volviéndose en contra de los intereses de Estados Unidos y Occidente.
La otra pata es la militar, en la que la estrategia de Irán es la saturación de sus enemigos: Resistir y estirar la guerra al máximo para obligar a sus agresores a agotar sus recursos. Los misiles balísticos iraníes, que el régimen fabrica a un coste notablemente bajo, son un desafío para las defensas antiaéreas de los países del Golfo a los que Irán está atacando desde el sábado. Algunos, como Catar, ya han hecho cálculos y han advertido de que sus cúpulas defensivas tienen un límite al que se podría llegar si la escalada bélica se mantiene mucho tiempo.
El armamento iraní, la clave para saturar a Occidente
Se trata de una táctica que Irán no ha perfeccionado de la noche a la mañana. El régimen persa sabía que era cuestión de tiempo que la situación en Oriente Próximo escalara, y han llegado a la hora preparados. Los bajos costes de producción de los misiles, les permiten fabricar los suficientes para llevar a cabo su estrategia de desgaste. En cada ataque, lanzan varias decenas de misiles, no para alcanzar varias decenas de objetivos, pero sí para obligar a las defensas antiaéreas a emplearse al máximo.
Por llevarlo a un ejemplo más conocido: el mundo está acostumbrado a ver la Cúpula de Hierro, el sofisticado escudo antimisiles de Israel, interceptando los misiles uno a uno. La forma de Irán de romper este tipo de defensas -que en otros casos no son tan efectivas como en el hebreo- es la pura saturación. Cuantos más misiles, más deben emplearse los escudos, y más recursos deben gastar los Estados en mantenerlos.
Y ahí está la clave. En los primeros días de conflicto la balanza de víctimas del conflicto está muy claramente del lado de Irán. Casi 800 personas han muerto en el país desde el sábado, mientras que sus represalias en los países del Golfo han acabado con las vidas de unas decenas. Sin embargo, si la guerra en Oriente se mantiene, las defensas de los aliados de Estados Unidos y Occidente irán mermandose, hasta el punto en el que Irán tenga la iniciativa en el conflicto.
Irán utiliza Ormuz como arma económica
Y luego está la dimensión económica, en la que hay mucho más que analizar. Los expertos apuntan a que Donald Trump busca el dominio mundial del petróleo con esta operación. Esa conclusión apunta a que, el cierre del Estrecho de Ormuz, a priori, beneficia sobre todo a Washington, ya que el suministro de crudo de algunos de sus socios, como Europa -que se niegan a comprar a otras alternativas como Rusia-, pasan a depender todavía más de Estados Unidos, que además ha aumentado sus reservas en otras intervenciones como la que hizo en Venezuela en enero.
Las consecuencias a corto plazo son que el barril de Brent, el índice de referencia del precio del crudo para Europa, está disparado y ronda ya los 82 dólares por barril, un 12% más que el viernes, antes de los ataques. El paso de Ormuz concentra también el 20% del gas licuado del mundo. Un serio golpe al comercio energético global en el que hay otra arista a tener en cuenta: China, que es el principal importador de petróleo de Oriente Próximo.
En Pekin también van a sufrir el impacto del cierre de Ormuz: "La seguridad energética reviste gran importancia para la economía mundial, y todas las partes deben garantizar un suministro de energía estable y fluido", advirtió su portavoz diplomática Mao Ning. China compra en torno al 80% del crudo que exporta Irán, y las consecuencias para su país pueden afectar al resto del mundo, ya que se trata de la primera potencia exportadora global y que suban los combustibles se traduce directamente en un aumento del coste de producción y, por ello, del precio de los productos. En resumen: Si China pierde, pierde Occidente.