La crisis de los Sudetes de 1938 es uno de esos episodios que los manuales de Historia utilizan para explicar por qué ceder ante la presión suele salir caro. Aquella fue la última gran concesión a Adolf Hitler por parte de una Europa débil, dividida y temerosa. Tras la anexión de Austria bajo el disfraz de una supuesta “reunificación”, el régimen nazi logró que Francia y el Reino Unido aceptaran el desmembramiento de Checoslovaquia.

Entonces, los gobiernos británicos y francés encabezados por Chamberlain y Daladier respectivamente, optaron por ceder. Creyeron que así evitarían una guerra. Fue un error monumental. Permitieron que Hitler se quedara con parte de Checoslovaquia pensando que se daría por satisfecho. No plantaron cara, miraron hacia otro lado y apostaron por el apaciguamiento. El resultado es sobradamente conocido: el dictador no solo no se calmó, sino que se envalentonó. Aquella debilidad fue el combustible que impulsó a Hitler a invadir Europa e instaurar uno de los regímenes más criminales y atroces de la historia. La flaqueza de entonces hizo fuerte a la Alemania nazi. Y la fragilidad actual de Europa evoca peligrosamente aquel momento.

Basta con no estar ciegos para percibir ciertas similitudes inquietantes en la forma de actuar de Donald Trump. Su manera de hacer política —basada en la amenaza, la presión y el desprecio explícito por el Derecho Internacional— presenta demasiadas concomitancias con aquella lógica autoritaria. Es imposición envuelta en espectáculo.

Próxima estación: Groenlandia ¡Europa!

En los Sudetes, el mensaje fue diáfano, invado porque puedo. Y los demás acaban cediendo. Con Trump ocurre algo parecido cuando secuestra a un presidente de un país soberano —por muy dictador que haya sido Nicolás Maduro—; cuando lanza advertencias graves sobre Groenlandia y, por extensión, sobre Dinamarca y Europa; cuando aborda y retiene petroleros con bandera rusa; o cuando amenaza con castigos económicos e incluso con intervenciones contra Colombia, México, Cuba o Panamá. En el colmo del delirio, ha llegado a sugerir que Canadá podría convertirse en el estado número 51 de la Unión.

Entonces, como ahora, muchos pensaron que ceder evitaría un conflicto mayor. Pero la historia demuestra justo lo contrario, que cuando no se fijan límites claros, quien presiona interpreta que puede ir siempre un paso más allá. A Hitler le funcionó. Y esa es la lección incómoda que sigue vigente, aunque el mundo actual parezca instalado en una peligrosa pusilanimidad.

Además, esta deriva no es improvisada. Está escrita negro sobre blanco en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, el documento aprobado por Trump a comienzos de diciembre de 2025. En él se prioriza la defensa del suelo estadounidense y de “su entorno hemisférico”. Ese “su”, ese posesivo, no es dato menor. El texto proclama el agotamiento del globalismo, subraya la soberanía nacional y apuesta por restaurar la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio occidental, con un enfoque que recuerda inquietantemente a la Doctrina Monroe de “América para los americanos”. Todo ello envuelto en una retórica de “disuasión mediante firmeza” que desprende un inconfundible tufo imperial.

La lógica del apaciguamiento vuelve a escena repitiendo el miedo al conflicto, las cesiones rápidas y la falsa creencia de que el problema se resolverá solo. La historia de los Sudetes enseña que ceder ante quien amenaza rara vez trae estabilidad; casi siempre trae el siguiente problema, un poco más grande.

Y si nadie planta cara, si Europa no actúa como Europa y vuelve a imitar a Chamberlain y Daladier, la próxima ficha caerá. Podría ser Groenlandia. Y Groenlandia es Dinamarca. Y Dinamarca es Europa.

La historia no se repite. Pero rima.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio