Pedro Sánchez entró este martes en el Gran Salón del Pueblo con un objetivo muy concreto: reforzar la relación con China en un momento de sacudida internacional y hacerlo, además, con una imagen que en Pekín vale tanto como un comunicado. Xi Jinping le recibió con elogios poco habituales en la diplomacia china hacia un dirigente europeo. Le colocó, junto a España, “en el lado correcto de la historia” y le pidió cooperación para frenar la “ley de la selva” en un orden global que, según el propio presidente chino, se está resquebrajando. La escena acabó en un almuerzo oficial. No fue un trámite. Fue el remate político de una visita que ambas partes querían exhibir como algo más que una cortesía bilateral.

El mensaje de Xi no salió al azar. China buscó dar rango político a Sánchez en plena ofensiva de Pekín por tejer alianzas con países europeos menos alineados con la estrategia dura de Washington. España, por su parte, llegó a la cita con una hoja de ruta reconocible: defender el multilateralismo, pedir más implicación china en los conflictos abiertos y aprovechar la relación para ganar peso como interlocutor entre Pekín y la Unión Europea. Sánchez respondió en ese registro. Agradeció la hospitalidad, habló de entendimiento entre culturas y defendió que el sistema internacional necesita renovarse para reflejar un mundo más plural. No fue un discurso improvisado. Moncloa llevaba días preparando esa idea de España como país-puente.

Pekín subraya la sintonía con Moncloa

La visita del presidente del Gobierno a China, la cuarta en algo más de tres años, confirma una pauta. Sánchez insiste en tratar a Pekín como un actor central, no como un asunto periférico ni como una amenaza a gestionar desde la distancia. Ese enfoque le distingue dentro de la UE y también le expone. Reuters ya había adelantado antes del viaje que la nueva visita podía irritar a Donald Trump, en un contexto de roces entre Madrid y Washington por la guerra con Irán, el uso de bases militares y el gasto en defensa. En ese tablero, la foto con Xi tiene lectura exterior, pero también doméstica: Sánchez quiere presentarse como un dirigente que se mueve en las grandes ligas, incluso cuando la presión política en España aprieta por otros frentes.

Pekín cuidó cada detalle. No solo hubo reunión con Xi. También figuraban encuentros con otras autoridades chinas y una agenda pensada para subrayar confianza política y trato preferente. El almuerzo oficial, con presencia de Begoña Gómez y del ministro José Manuel Albares, encajó en esa liturgia. En lenguaje diplomático, estos gestos importan. Señalan proximidad. Marcan jerarquías. Y sirven para lanzar mensajes sin necesidad de firmar grandes acuerdos delante de las cámaras. Xi quiso dejar claro que ve en España un socio útil para estabilizar su relación con Bruselas. Sánchez, a cambio, recogió el guante y defendió un vínculo más estrecho entre China y la UE.

Comercio, tierras raras y una relación desigual

Debajo del protocolo hay intereses mucho más materiales. La relación económica crece, pero sigue muy desequilibrada. Según los datos difundidos en estos días, en 2025 el comercio bilateral superó los 58.000 millones de euros, con unas importaciones españolas desde China cercanas a los 50.000 millones. El agujero comercial ronda los 42.000 millones. Sánchez llegó a Pekín con ese dato en la carpeta. Ya el lunes, en la Universidad de Tsinghua, había reclamado a China que abra más su mercado y ayude a corregir un desfase que calificó de insostenible. No fue una frase de relleno. España necesita inversión china en sectores clave para la transición ecológica y la industria, pero también quiere vender más y depender menos de una relación tan asimétrica.

Ahí aparece otro asunto central: las materias primas críticas. En plena competencia global por las cadenas de suministro, España mira a China como proveedor decisivo de tierras raras y de componentes ligados a baterías, automoción y tecnologías estratégicas. La visita de Sánchez también se lee desde ahí. No se trata solo de mantener una buena sintonía política, sino de asegurar acceso, inversiones y margen de maniobra para la industria española y europea. Pekín lo sabe. Y juega con esa baza cada vez que recibe a un líder occidental dispuesto a hablar de cooperación sin recurrir al tono de confrontación que domina en otros foros.

En paralelo, Sánchez trató de llevar la conversación al terreno geopolítico. Durante su estancia en China pidió a las autoridades de ese país que se impliquen más en la defensa del derecho internacional en escenarios como Gaza, Ucrania o la guerra con Irán. No es una novedad total en su discurso, pero sí gana peso cuando se pronuncia en Pekín y delante de interlocutores con capacidad real de influencia. Xi respondió con una fórmula amplia, casi de bloque: rechazo a la ley del más fuerte, defensa del multilateralismo y apelación a una cooperación hispano-china en favor de la paz. Esa coincidencia verbal tiene límites evidentes. España y China no miran igual los conflictos ni comparten intereses estratégicos. Aun así, ambos encontraron este martes un terreno cómodo: denunciar el deterioro del orden internacional y presentarse, cada uno a su manera, como partidarios de un sistema basado en reglas.

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