Hay una forma especialmente amarga de perder el poder: conservar el despacho, el coche oficial y los honores mientras desaparece el país que alguna vez creyó en ti. Emmanuel Macron todavía es presidente de Francia. Sigue recibiendo a dirigentes extranjeros, viajando en nombre de la República y pronunciando discursos sobre el futuro de Europa. Pero en las calles de París se habla otro idioma político. Uno hecho de salarios que no alcanzan, servicios públicos deteriorados y una desconfianza que ya no distingue demasiado entre promesas. El hombre que llegó al Elíseo para inaugurar una época contempla ahora cómo aquella época amenaza con terminar sin esperar a que él se marche.
El pasado 18 de octubre, Macron apareció ante los franceses desde la solemnidad de su despacho presidencial. El país acababa de vivir una de las jornadas de protestas más violentas de los últimos años, con enfrentamientos policiales, comercios saqueados y edificios públicos incendiados. El presidente condenó los disturbios y reconoció la legitimidad de parte de las reivindicaciones sociales. Pero el discurso de autoridad contrastaba con la fragilidad política de quien lo pronunciaba. Una fragilidad que ya no se mide únicamente en escaños o derrotas parlamentarias, sino en la distancia acumulada entre el Elíseo y una sociedad cada vez más difícil de convencer.
El dato tiene algo de epitafio anticipado. Según el barómetro de Ifop publicado el 19 de octubre, solo el 17% de los franceses se declara satisfecho con la actuación de Macron. El 56% se manifiesta muy descontento. Son cifras recogidas antes de los graves disturbios del día 17, que reflejan hasta qué punto su desgaste precedía a la última explosión social. En 2017, Francia encontró en él a un dirigente joven que prometía escapar del pasado. En 2026, el macronismo lucha por evitar convertirse en una de sus ruinas.
El joven que quiso reinventar la República
Hubo un tiempo en que Emmanuel Macron parecía tener todas las respuestas. Tenía 39 años, una trayectoria que combinaba la banca de inversión con los despachos ministeriales y una capacidad poco habitual para presentarse como un recién llegado a una política que conocía desde dentro. Había trabajado con François Hollande, pero supo distanciarse del desgaste socialista. Había formado parte de las élites económicas francesas, pero consiguió proyectar una imagen de renovación. Era un hombre del sistema que había aprendido a hablar como si viniera a sustituirlo.
En mayo de 2017 derrotó a Marine Le Pen y se convirtió en el presidente más joven de la Quinta República. Su movimiento, En Marche, había nacido apenas un año antes. Francia, agotada por la alternancia entre socialistas y conservadores, pareció aceptar su propuesta de superar la división tradicional entre izquierda y derecha. Macron no prometía simplemente gobernar mejor. Prometía cambiar las reglas del juego.
Aquella victoria tenía algo de revolución sin revolucionarios. La renovación llegaba desde los despachos, con traje oscuro y modales de tecnócrata, en lugar de hacerlo desde las fábricas o las barricadas. Su proyecto combinaba liberalismo económico, europeísmo, modernización institucional y la aspiración de reconstruir una mayoría política alrededor del centro. Durante un tiempo, la fórmula funcionó. Pero el problema de las promesas de futuro es que, tarde o temprano, llega el momento de comprobar si se han cumplido.
Macron quiso ser el presidente de una Francia que avanzaba hacia la modernidad. Sin embargo, sus reformas económicas, su concepción del poder y su relación con los movimientos sociales acabaron alimentando la percepción de que aquella transformación no beneficiaba a todos por igual. La distancia entre el país que imaginaba desde París y el que vivía fuera de los grandes centros de poder comenzó a hacerse visible. Y esa distancia terminó por tener nombre propio.
Los chalecos amarillos y la primera gran fractura
En noviembre de 2018, miles de franceses se pusieron un chaleco reflectante y salieron a las carreteras. Lo que comenzó como una protesta contra el aumento de los impuestos sobre los carburantes terminó convirtiéndose en una movilización contra el coste de la vida, las desigualdades territoriales y la forma de gobernar del presidente. Los chalecos amarillos fueron la primera gran advertencia de que la Francia de Macron no era la Francia de todos.
El movimiento reunió sensibilidades políticas diversas, desde votantes de izquierda hasta sectores próximos a la extrema derecha. Pero compartían un sentimiento de abandono y la convicción de que las decisiones se tomaban demasiado lejos de sus vidas. Macron respondió con concesiones económicas y un gran debate nacional, aunque la crisis dejó al descubierto una dificultad que acabaría acompañándolo durante sus dos mandatos: la de transformar el rechazo social en confianza política.
La reforma de las pensiones de 2023 profundizó esa fractura. El Gobierno impulsó el retraso de la edad legal de jubilación de los 62 a los 64 años, una medida defendida como necesaria para sostener el sistema, pero rechazada por sindicatos y millones de manifestantes. La utilización del artículo 49.3 de la Constitución para sacar adelante la reforma sin una votación final ordinaria en la Asamblea Nacional reforzó las críticas a su forma de ejercer el poder.
Macron siguió gobernando, pero cada victoria institucional parecía tener un coste político mayor. Su proyecto reformista conservaba objetivos económicos reconocibles, mientras su capacidad para construir consensos se debilitaba. El presidente que había prometido reconciliar a Francia con sus instituciones terminó protagonizando algunas de las mayores movilizaciones contra ellas.
El error de cálculo que cambió su presidencia
El 9 de junio de 2024, tras la victoria de la extrema derecha en las elecciones europeas, Macron tomó una de las decisiones más arriesgadas de su carrera: disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones legislativas anticipadas. Buscaba una clarificación política. Lo que obtuvo fue un Parlamento fragmentado y la pérdida definitiva de la mayoría relativa que había sostenido a su bloque.
La apuesta convirtió la incertidumbre en el estado habitual de la política francesa. La izquierda se reorganizó, el Reagrupamiento Nacional consolidó su fuerza electoral y el espacio presidencial quedó atrapado entre ambos. Desde entonces, la formación de gobiernos y la aprobación de presupuestos se han convertido en ejercicios de negociación permanente.
Aquella decisión también alteró la relación entre Macron y sus aliados. El movimiento que nació alrededor de su liderazgo comenzó a enfrentarse a una pregunta incómoda: qué quedaría del macronismo cuando desapareciera Macron. Porque el presidente no podrá presentarse a un tercer mandato consecutivo en 2027 y, hasta ahora, ningún dirigente de su espacio ha conseguido reproducir el atractivo político que tuvo su candidatura en 2017.
La paradoja resulta difícil de ignorar. El hombre que llegó para superar los viejos partidos construyó un proyecto cuya supervivencia depende, en buena medida, de encontrar a alguien capaz de sucederlo. Y mientras sus posibles herederos calculan sus opciones, el país continúa acumulando tensiones que su mayoría parlamentaria ya no puede resolver por sí sola.
Una generación que no recuerda aquella promesa
La crisis de octubre ha añadido una dimensión especialmente amarga al final de su mandato. Las protestas comenzaron con estudiantes que denunciaban la falta de profesores, el deterioro de los centros educativos y unas condiciones de aprendizaje cada vez más difíciles. Después se sumaron sindicatos, trabajadores y otros sectores afectados por el encarecimiento de la vida. El 17 de octubre, cientos de miles de personas se manifestaron por toda Francia. La mayoría lo hizo pacíficamente, aunque algunas concentraciones derivaron en graves episodios de violencia.
Entre quienes han participado en las movilizaciones hay jóvenes que apenas eran niños cuando Macron llegó al poder. Para ellos, el presidente de la renovación no es una promesa de futuro, sino una figura que ha acompañado buena parte de su vida política. No conocieron el entusiasmo inicial de En Marche ni la sensación de ruptura que representó su victoria. Han crecido, en cambio, entre reformas discutidas, dificultades económicas y una sucesión de crisis.
Macron ha condenado los ataques contra edificios públicos y las agresiones a los agentes, al tiempo que ha admitido la existencia de reivindicaciones legítimas. También ha encargado al primer ministro, Sébastien Lecornu, nuevas consultas con organizaciones sindicales y representantes políticos. Pero su intervención del 18 de octubre no ofreció respuestas concretas a las principales reclamaciones estudiantiles, lo que provocó críticas tanto a su izquierda como a su derecha.
La juventud no constituye un bloque político uniforme, ni las protestas representan a toda Francia. Sin embargo, el movimiento revela una fractura que trasciende los disturbios. La generación a la que Macron prometió un país renovado reclama ahora que ese futuro se traduzca en condiciones materiales de vida. Es una exigencia mucho más difícil de responder con un discurso sobre la grandeza de Europa o la modernización de la economía.
El poder de un presidente al que Francia empieza a dar la espalda
Francia todavía tiene un presidente con importantes atribuciones constitucionales. Macron sigue representando al país en el exterior, interviene en las decisiones estratégicas del Estado y conserva una base política que respalda su proyecto. Dar por terminada su influencia sería confundir el desgaste con la desaparición. Pero la autoridad institucional y la autoridad política no siempre envejecen al mismo ritmo.
Su popularidad se encuentra cerca de mínimos históricos, su espacio parlamentario ha perdido fuerza y el horizonte de 2027 ha trasladado buena parte de la atención hacia quienes aspiran a sustituirlo. La izquierda le reprocha haber debilitado el Estado social y haber gobernado de espaldas a las demandas ciudadanas. La extrema derecha le acusa de no haber garantizado la seguridad y el control del país. Sus defensores, por el contrario, reivindican su papel europeo, las reformas económicas y su resistencia frente al avance de los extremos.
En medio de esas interpretaciones contrapuestas queda un personaje que parece cada vez más atrapado por su propia biografía política. Macron fue elegido para demostrar que Francia podía escapar de sus antiguas divisiones, pero termina su mandato en un país donde esas divisiones se han multiplicado. Quiso situarse por encima de la izquierda y la derecha, y ahora ambas cuestionan su legado desde posiciones opuestas. Prometió recuperar la confianza en la política y afronta una contestación social que también expresa desconfianza hacia las instituciones.
Tal vez ahí resida la dimensión más trágica de su historia. No en haber perdido unas elecciones, ni siquiera en haber provocado una crisis parlamentaria, sino en descubrir que el tiempo puede volver irreconocible el proyecto sobre el que se construyó una presidencia. Macron conserva las llaves del Elíseo, pero ya no controla el relato sobre la Francia que dejará atrás.
En 2017, un hombre de 39 años convenció a millones de franceses de que una nueva época estaba comenzando. Nueve años después, mientras la juventud ocupa las calles y sus antiguos aliados miran hacia las elecciones de 2027, el presidente parece condenado a contemplar el final de aquella ilusión desde el mismo palacio en el que la convirtió en poder.
Quizá Emmanuel Macron no haya perdido Francia. Quizá lo que ha perdido sea la capacidad de reconocerla.
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