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ANÁLISIS
Internacional

El ocaso del macronismo se escribe en las calles de Francia

Las multitudinarias protestas de este sábado, con la situación económica y el descontento político de fondo, amenazan con hacer que el macronismo pase a la historia

Sergio Ramiro
Protestas en Francia. EP

Protestas en Francia. EP

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El 17 de octubre de 2026, Francia volvió a tomar las calles en una jornada marcada por las manifestaciones contra el coste de la vida y la violencia policial, y los incendios y saqueos que se derivaron de las mismas. Imágenes que reflejan una mezcla de indignación, rabia y temor ante el futuro con una situación económica incierta, pero que también sirvieron para evidenciar el agotamiento del proyecto político de Emmanuel Macron. Su apuesta por ocupar el centro ideológico y frenar el crecimiento de los extremos no ha alcanzado los objetivos previstos y tras nueve años de mandato, los servicios públicos se han deteriorado, la deuda ha aumentado del 98 % al 119 % del PIB y los dos grandes polos políticos, La Francia Insumisa (LFI), en la izquierda, y Reagrupamiento Nacional (RN), en la ultraderecha, dominan el debate y se perfilan como protagonistas de las elecciones presidenciales de la próxima primavera.

En las protestas confluyeron quienes llevan años preocupados por llegar a fin de mes y quienes temen, además, el colapso del mundo que conocieron sus padres. Macron, que poco antes de las movilizaciones había asistido con su esposa a un concierto de Céline Dion, llegó al poder con 39 años. Era joven, ambicioso y convencido de poder reconducir un país a través de una transformación económica basada en la liberalización de la economía y la flexibilización laboral. Sin embargo, aquellas promesas quedaron lejos de cumplirse y Francia atraviesa ahora una profunda fragmentación y la extrema derecha, precisamente la fuerza que el macronismo pretendía contener, se encuentra más cerca del Elíseo que nunca desde la Segunda Guerra Mundial: las encuestas le atribuyen un 35 % de intención de voto en la primera vuelta.

Macron también prometió corregir los desequilibrios de una sociedad concebida en gran medida para los baby boomers, es decir, los nacidos entre 1946 y 1964. En sus primeras elecciones presidenciales obtuvo un respaldo mayoritario entre los votantes de 25 a 34 años. Sin embargo, cinco años después, los sondeos de Ipsos-BVA reflejan un rechazo creciente entre los treintañeros. En las legislativas de 2024, menos de uno de cada diez jóvenes respaldó a candidatos del bloque presidencial, según la misma encuesta. Aunque el presidente se rodeó de colaboradores jóvenes, no consiguió conectar con las preocupaciones y necesidades de esta generación, y en junio de 2025 reconoció al escritor Emmanuel Carrère que nunca había sido adolescente y que no comprendía ni le gustaban los adolescentes. Bajo este marco de desconexión, los jóvenes perciben una sociedad que les ofrece pocas oportunidades.

Todo se apaga

El deterioro de las finanzas públicas, el menor crecimiento económico y el aumento del desempleo han debilitado las expectativas de progreso y reabierto el conflicto generacional. Pocos dirigentes defienden de forma explícita los intereses de los jóvenes, que participan en las elecciones en una proporción mucho menor que las personas adultas y mayores. El primer ministro, Sébastien Lecornu, afronta dudas sobre su continuidad ante el próximo debate presupuestario, mientras que el presidente, a seis meses de abandonar el cargo, apenas se ha pronunciado sobre los disturbios y ha perdido buena parte de su autoridad. Expertos consideran que el movimiento estudiantil recuerda al de los chalecos amarillos, aunque destaca su carácter excepcional: las grandes protestas suelen producirse después de una reforma impopular o de unas elecciones, no en los meses previos a una campaña presidencial.

La situación económica limita todavía más la capacidad de respuesta del Ejecutivo. El Banco de Francia redujo su previsión de crecimiento para 2026 al 0,4-0,5 %, frente al 1 % que calculaba a finales de 2025. También elevó su estimación de inflación al 2,5 %. A caballo entre el débil crecimiento y el aumento de los costes de financiación, el déficit público francés podría alcanzar el 5,2 % del PIB, frente al 5,1 % registrado en 2025, y elevar la deuda hasta el 119,8 %. El politólogo Pascal Perrineau interpreta este escenario como una profunda crisis de confianza en las instituciones, donde la impopularidad presidencial y las dificultades del primer ministro para aprobar los presupuestos alimentan la percepción de que el sistema político está bloqueado. A su juicio, los jóvenes expresan un malestar que comparten con sus padres y anticipan una campaña electoral marcada por la indiferencia hacia los partidos tradicionales o el apoyo a las formaciones de protesta.

En este contexto, LFI, liderada por Jean-Luc Mélenchon, es la fuerza que mejor consigue canalizar políticamente el descontento estudiantil, con una intención de voto del 40 % entre los menores de 35 años. Por su parte, el RN de Marine Le Pen se presenta como una fuerza de extrema derecha con un discurso fuertemente atravesado por la inmigración. Perrineau sostiene que la estrategia de Macron, basada en superar la división entre izquierda y derecha para aislar a la ultraderecha, ha terminado coincidiendo con un fortalecimiento del RN. Con el presidente impedido de presentarse a un nuevo mandato, el macronismo se enfrenta a la posibilidad de quedar como una etapa pasajera de la historia política francesa.

La dimensión de las manifestaciones

Los saqueos, los episodios de violencia y los actos de sabotaje del sábado han tenido repercusión internacional. Desde el inicio de las movilizaciones, alrededor de 300 estudiantes de secundaria, 150 trabajadores del sector educativo y 900 agentes de las fuerzas de seguridad han resultado heridos. Se han practicado unas 9.000 detenciones, el 85 % de ellas de menores de edad, y la Inspección General de la Policía Nacional ha abierto una treintena de investigaciones sobre posibles irregularidades policiales. Manuel Valls, antiguo primer ministro y ministro del Interior durante la presidencia de François Hollande, considera que el Estado atraviesa una situación de debilidad inédita. Según explica, los manifestantes perciben un poder incapaz de afrontar los problemas y encontrar soluciones. La crisis de la policía, la influencia de LFI y el precedente de los chalecos amarillos alimentan, en su opinión, la sensación de pérdida de control y aportan un caldo de cultivo perfecto para que aflore el descontento social.

La inestabilidad se agravó tras la decisión de Macron de disolver inesperadamente la Asamblea Nacional en junio de 2024. La medida, desaconsejada por sus asesores, produjo el efecto contrario al esperado y multiplicó la fragmentación parlamentaria. Valls considera que el presidente no solo fracasó en dotar de rumbo a su segundo mandato, sino que debilitó aún más el sistema político francés. Recuerda que durante su etapa como primer ministro también tuvo que afrontar conflictos internos, estancamiento económico, presiones presupuestarias europeas y terrorismo, pero señala que no sentía que perdiese el control del Gobierno en ningún momento. A su juicio, abandonar el legado gaullista de estabilidad ha contribuido a la confusión actual. Sea como fuere, algo en lo que coinciden la mayoría de expertos es en que se avecinan unos meses complicados para el país galo.

Etiquetas Francia

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