La polarización estadounidense ya no es solo ideológica: también es moral. El último estudio del Pew Research Center revela que Estados Unidos es el único país encuestado donde la mayoría de los adultos cree que sus conciudadanos son éticamente “malos”. En un contexto global donde incluso sociedades con fuertes tensiones internas mantienen una percepción mayoritariamente positiva de su tejido social, el caso estadounidense destaca como una anomalía. Más que un juicio sobre comportamientos concretos, el dato sugiere una erosión de la confianza básica entre ciudadanos, un deterioro del capital social que históricamente ha sido uno de los pilares de las democracias estables.
La cifra es elocuente: el 53% de los estadounidenses considera que la moral y la ética de los demás habitantes del país son malas, frente a un 47% que las califica como buenas. En los otros 24 países incluidos en el estudio, la tendencia es justo la contraria. En Canadá, por ejemplo, el 92% cree que sus compatriotas son moralmente buenos. En Suecia y en India, el 88% comparte esa percepción positiva. Incluso en países con profundas divisiones políticas o dificultades económicas, como Brasil o Grecia, la mayoría mantiene una visión favorable de su sociedad.
¿Qué explica entonces la singularidad estadounidense? El propio informe apunta a un factor determinante: la política partidista. Los demócratas y los independientes que se inclinan hacia el Partido Demócrata son mucho más propensos que los republicanos a describir a sus conciudadanos como moralmente malos (60% frente a 46%). La brecha no es menor y refleja un clima en el que la identidad política condiciona de forma creciente la percepción ética del otro. Estudios previos ya habían advertido de este fenómeno: cada vez más votantes de ambos partidos consideran que los simpatizantes del adversario no solo están equivocados, sino que son inmorales.
We asked people around the world to rate the morality and ethics of others in their country.
— Pew Research Center (@pewresearch) March 5, 2026
The U.S. is the only place we surveyed where more adults describe the morality and ethics of others living in the country as bad than good. See our full morality report here:… pic.twitter.com/e185eBRERH
El espejo incómodo de Estados Unidos
Este patrón no es exclusivo de Estados Unidos. En más de la mitad de los países encuestados, quienes no apoyan al partido gobernante tienden a emitir juicios más severos sobre la moral de sus compatriotas. Sin embargo, en ningún otro caso esa desconfianza alcanza el punto de invertir la balanza general y situar la valoración negativa por encima de la positiva. Es ahí donde el caso estadounidense se convierte en una excepción.
Una hipótesis alternativa podría ser que los estadounidenses sean, en términos generales, más moralistas que otros pueblos; es decir, más proclives a juzgar conductas como inmorales o pecaminosas. Sin embargo, los datos del propio estudio no respaldan esa idea. Cuando se pregunta por comportamientos concretos —aborto, homosexualidad, consumo de alcohol, juego o uso de anticonceptivos—, Estados Unidos suele situarse en posiciones intermedias. No es el país más conservador ni el más permisivo.
Por ejemplo, el 39% de los adultos estadounidenses considera que la homosexualidad es moralmente incorrecta. La cifra es muy inferior a la de países como Indonesia (93%) o Nigeria (96%), pero superior a la de Alemania o Suecia (5% en ambos casos). En el debate sobre el aborto, las diferencias internacionales también son marcadas: en muchos países latinoamericanos y africanos, al menos la mitad de la población lo considera moralmente inaceptable, mientras que en la mayoría de los países europeos predomina la aceptación. Estados Unidos vuelve a situarse en un punto intermedio, reflejo de su diversidad cultural y religiosa.
Donde sí destaca es en la condena de las relaciones extramatrimoniales. Nueve de cada diez estadounidenses afirman que tener una aventura fuera del matrimonio es moralmente incorrecto, una proporción similar a la registrada en Indonesia y Turquía. A escala global, esta es la conducta que genera mayor consenso negativo: una mediana del 77% en los 25 países la considera inaceptable. En el extremo opuesto, el uso de anticonceptivos y el divorcio son ampliamente aceptados en casi todo el mundo.
En cuestiones como el consumo de marihuana o el juego, Estados Unidos se encuentra entre los países más permisivos. Solo el 23% considera moralmente inaceptable el consumo de cannabis y el 29% opina lo mismo del juego, porcentajes inferiores a los de la mayoría de países analizados. Estos datos refuerzan la idea de que el problema estadounidense no radica tanto en un exceso de rigor moral hacia determinadas conductas, sino en una percepción negativa del carácter colectivo.
Una democracia bajo sospecha
El estudio no permite saber si esta desconfianza moral es un fenómeno reciente o una constante histórica en Estados Unidos, ya que es la primera vez que el Pew Research Center plantea la pregunta en estos términos. Sin embargo, el contexto político de la última década —elecciones extremadamente polarizadas, tensiones institucionales, protestas sociales y una creciente radicalización del debate público— sugiere que la percepción negativa puede haberse intensificado en los últimos años.
El ecosistema mediático y el papel de las redes sociales han contribuido a consolidar cámaras de eco ideológicas donde el adversario político no solo es visto como alguien equivocado, sino como moralmente reprobable. En este clima, la discrepancia deja de ser una expresión normal de pluralismo democrático para convertirse en prueba de mala fe, y la identidad partidista pasa a definir el marco ético desde el que se juzga al otro.
Esta transformación tiene implicaciones profundas para la calidad democrática. Las democracias no solo descansan sobre instituciones formales, sino también sobre una confianza básica entre ciudadanos. Cuando esa confianza se erosiona y la mayoría percibe que sus compatriotas actúan sin principios, el margen para el consenso se reduce y el conflicto político adquiere un carácter más existencial que programático.