La utilización de drones armados en el Sáhara Occidental y la muerte de varios miembros del Frente Polisario en operaciones atribuidas a las Fuerzas Armadas marroquíes han vuelto a poner sobre la mesa un conflicto que durante años ha permanecido en un segundo plano para la comunidad internacional. Aunque los enfrentamientos entre ambas partes no han desaparecido desde la ruptura del alto el fuego en 2020, la intensificación de los ataques selectivos y la creciente sofisticación tecnológica de las operaciones militares reflejan una nueva fase de una guerra que continúa desarrollándose lejos de los grandes focos mediáticos.

Desde la reanudación de las hostilidades, el Frente Polisario ha denunciado de manera recurrente la muerte de combatientes y responsables de la organización en ataques ejecutados mediante aeronaves no tripuladas. La capacidad de vigilancia y ataque de los drones ha modificado significativamente el equilibrio operativo sobre el terreno, especialmente en las extensas zonas desérticas situadas al este del denominado muro de defensa marroquí, una barrera fortificada de más de 2.700 kilómetros que divide el territorio.

Las autoridades marroquíes mantienen habitualmente una política de discreción respecto a este tipo de operaciones. Sin embargo, diversos informes especializados en seguridad regional señalan que Rabat ha reforzado durante los últimos años sus capacidades militares mediante la adquisición de drones de fabricación israelí, turca y estadounidense. Estos sistemas permiten localizar objetivos a gran distancia y realizar ataques de precisión en áreas donde anteriormente las operaciones resultaban más complejas.

La guerra que nunca terminó

El conflicto del Sáhara Occidental tiene su origen en el proceso de descolonización española. Tras la retirada de España en 1975 y la posterior ocupación del territorio por Marruecos y Mauritania, el Frente Polisario proclamó la República Árabe Saharaui Democrática e inició una guerra por la independencia. El enfrentamiento armado se prolongó hasta 1991, cuando ambas partes aceptaron un alto el fuego auspiciado por Naciones Unidas que contemplaba la celebración de un referéndum de autodeterminación que nunca llegó a celebrarse.

Durante casi tres décadas, la situación permaneció congelada. Aunque las diferencias políticas seguían intactas, la ausencia de grandes operaciones militares contribuyó a que el conflicto desapareciera progresivamente de la agenda internacional. Sin embargo, la crisis desatada en noviembre de 2020 en la zona de Guerguerat supuso un punto de inflexión.

La intervención de fuerzas marroquíes para despejar una carretera bloqueada por activistas saharauis fue interpretada por el Polisario como una violación del acuerdo de 1991. Desde entonces, el movimiento independentista considera roto el alto el fuego y sostiene que existe un estado de guerra abierto con Marruecos.

Los drones cambian las reglas del conflicto

La incorporación masiva de drones al escenario saharaui ha transformado la naturaleza de los enfrentamientos. A diferencia de las operaciones convencionales, estos aparatos permiten mantener una vigilancia permanente sobre amplias extensiones del desierto y atacar objetivos móviles con escaso margen de reacción.

Expertos en defensa consultados por distintos centros de análisis coinciden en que esta tecnología ofrece una ventaja considerable a Marruecos. El Polisario dispone de una estructura militar mucho más limitada y carece de medios comparables para responder a este tipo de amenazas. La asimetría tecnológica ha aumentado de forma notable en los últimos años, dificultando los desplazamientos de dirigentes y unidades saharauis en las zonas bajo su control.

Además de los combatientes, algunas organizaciones saharauis han denunciado que determinados ataques han afectado también a civiles o a actividades comerciales que operan en áreas próximas al frente. Estas acusaciones son rechazadas por Marruecos, que defiende la legalidad de sus acciones en el marco de la lucha contra objetivos militares.

La dimensión tecnológica del conflicto ha coincidido asimismo con importantes cambios geopolíticos. La normalización de relaciones entre Marruecos e Israel ha abierto nuevas vías de cooperación en materia de defensa, mientras que Rabat ha consolidado sus alianzas con socios occidentales interesados en la estabilidad regional y la cooperación en seguridad.

Un conflicto atrapado en el bloqueo diplomático

Mientras la tensión militar aumenta, las perspectivas de una solución política siguen siendo inciertas. Naciones Unidas continúa respaldando el trabajo de su enviado especial para intentar reactivar las negociaciones entre las partes, pero los avances son prácticamente inexistentes.

Marruecos defiende un plan de autonomía para el territorio bajo soberanía marroquí, una propuesta que cuenta con el apoyo explícito de varios países. El Frente Polisario, por su parte, insiste en la celebración de un referéndum de autodeterminación que permita a la población saharaui decidir entre integración, autonomía o independencia.

La posición de algunos actores internacionales ha evolucionado en los últimos años. Estados Unidos reconoció en 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental en el marco de los acuerdos de normalización entre Marruecos e Israel. Por su parte, España respaldó en 2022 la propuesta marroquí de autonomía como la base "más seria, creíble y realista" para resolver el conflicto, un giro diplomático que provocó críticas desde el Polisario y desde sectores políticos españoles.

En paralelo, los campamentos de refugiados saharauis situados en la región argelina de Tinduf continúan acogiendo a decenas de miles de personas que dependen en gran medida de la ayuda internacional. La prolongación del conflicto y la ausencia de avances políticos alimentan la frustración de una población que lleva décadas esperando una solución definitiva.

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